Escucha este cuento
Gratis · elige una vozDon Anselmo trabajaba en la morgue del hospital. Era un trabajo silencioso, muy silencioso. Tanto que a veces Don Anselmo sentía que hasta sus pensamientos hacían eco. Pasaba los días rodeado de un profundo silencio, organizando documentos y preparando el lugar. No era un trabajo para cualquiera, pero a Don Anselmo, en su soledad, le daba cierta paz.
Un martes, mientras acomodaba unas sábanas, escuchó una voz. Era una voz suave, casi un susurro.
"Siempre quise tener un gato", dijo la voz.
Don Anselmo se sobresaltó. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. ¿Se estaría volviendo loco?
"¿Hola?", preguntó tímidamente.
"Hola", respondió la voz. "Soy… bueno, ya no soy".
Don Anselmo tardó un momento en comprender. La voz… venía de una de las camillas. De uno de los… que ya no estaban.
"¿Quién eres?", preguntó Don Anselmo, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
"Me llamaba Eduardo", dijo la voz. "Y, como te dije, siempre quise un gato. Uno gordo y perezoso".
Don Anselmo, a pesar del miedo inicial, sintió curiosidad. Su trabajo era tan solitario… tener a alguien con quien hablar, aunque fuera… de esa manera, era tentador.
"Yo tuve un perro una vez", dijo Don Anselmo. "Se llamaba Sultan. Era muy juguetón".
Así empezó todo. Don Anselmo y la voz de Eduardo se hicieron compañeros. Don Anselmo le contaba sus preocupaciones: que si el café estaba muy aguado, que si la señora de la limpieza no dejaba de tararear canciones tristes, que si le dolía la espalda por estar tanto tiempo de pie. Eduardo, a su vez, le contaba sobre su vida: su trabajo como carpintero, su amor por el ajedrez, su sueño de viajar a la Patagonia.
Juntos oían podcasts de misterio (a Eduardo le encantaban), noticias (a Don Anselmo le preocupaba el precio del tomate) y hasta programas de debate (aunque a veces terminaban discutiendo sobre política, pero de forma amistosa). La morgue ya no era un lugar tan silencioso. Se había llenado de conversaciones, de risas (silenciosas, por supuesto) y de compañía.
Un día, Eduardo dejó de hablar. Don Anselmo le contó sobre un nuevo programa de cocina que había descubierto, pero no hubo respuesta. Le preguntó sobre su opinión sobre la nueva ley de tránsito, pero solo hubo silencio. Don Anselmo se preocupó. ¿Le habría pasado algo? (Aunque, pensándolo bien, ya le había pasado lo peor…).
Los días siguientes fueron difíciles. El silencio volvió a llenar la morgue, pero esta vez era un silencio diferente. Era un silencio pesado, lleno de vacío. Don Anselmo sentía la falta de Eduardo. Le hacía falta su voz, sus historias, sus opiniones.
A pesar de que Eduardo ya no respondía, Don Anselmo siguió hablando. Le contaba sobre su día, sobre las flores que había visto en el parque, sobre el nuevo libro que estaba leyendo. Sabía que Eduardo no lo escuchaba, pero necesitaba hablar. Era como si al hablar, mantuviera viva la memoria de su amigo invisible.
Así pasaron las semanas. Don Anselmo seguía trabajando, seguía hablando, seguía sintiendo el vacío de la ausencia de Eduardo. Un día, mientras le contaba sobre un partido de fútbol particularmente emocionante, escuchó una risita.
"¡Eso fue un golazo!", dijo la voz de Eduardo.
Don Anselmo sintió que el corazón le daba un vuelco. ¡Eduardo había vuelto!
"¡Eduardo!", exclamó Don Anselmo, con una alegría que hacía mucho tiempo no sentía. "¡Has vuelto!".
"Claro que volví", dijo Eduardo. "¿Pensabas que me iba a perder el final del partido?".
Lleno de emoción, Don Anselmo corrió por los pasillos de la morgue, tratando de encontrar el origen de la voz. Revisó cada camilla, cada rincón, cada armario. Pero no encontró nada. La voz parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez.
Finalmente, Don Anselmo se detuvo, exhausto. Se dio cuenta de que no importaba de dónde viniera la voz. Lo importante era que Eduardo había vuelto. Aceptó que nunca entendería cómo era posible, pero decidió que no importaba. Tenía a su amigo de vuelta, y eso era lo único que importaba.
Después de todo, la amistad, a veces, se encuentra en los lugares más inesperados. Y a veces, las voces que más necesitamos son las que menos esperamos escuchar. Don Anselmo aprendió que la soledad puede ser vencida incluso en el lugar más silencioso, y que la amistad puede florecer incluso en los lugares más oscuros. Y aunque nunca supo dónde se escondía Eduardo, sabía que siempre estaría ahí, con él, compartiendo historias, risas y, sobre todo, compañía.
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