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Gratis · elegí una vozTomás era un niño muy curioso y aventurero, ¡pero a veces un poco impaciente! Tenía cuatro años y le encantaba salir a pasear con su mamá, Sofía. Vivían en una ciudad llena de colores, coches, bicicletas y, por supuesto, ¡semáforos!
Un día soleado, Sofía y Tomás decidieron ir al parque a jugar. Tomás, con su gorra roja y sus zapatos deportivos, estaba listo para correr. "¡Vamos, mamá, vamos!" exclamó, tirando de la mano de Sofía.
Llegaron a la primera esquina. El semáforo estaba en rojo para los peatones. La luz roja mostraba un hombrecito quieto. Sofía se detuvo. "Tomás, cariño, debemos esperar. El semáforo está en rojo. Significa ¡Para!. No podemos cruzar hasta que el hombrecito se ponga verde."
Tomás frunció el ceño. "¡Pero yo quiero ir al parque ahora! El hombrecito está muy lento." Miró a ambos lados. No venía ningún coche, al menos no cerca. "¡No hay coches, mamá! ¡Podemos cruzar!" Y sin esperar a Sofía, Tomás dio un paso hacia la calle.
"¡Tomás, no!" Sofía lo agarró rápidamente de la mano. Un coche, aunque lejos, se acercaba. El conductor tocó la bocina suavemente. Tomás se asustó un poco.
Sofía se arrodilló para estar a la altura de Tomás. "Tomás, mira. Aunque no veamos coches cerca, siempre debemos respetar el semáforo. El semáforo nos protege. Si cruzamos con la luz roja, podríamos tener un accidente. Es muy peligroso."
Tomás miró el semáforo. Seguía rojo. Esperó, aunque con impaciencia. Finalmente, ¡el hombrecito se puso verde! "¡Verde, mamá, verde! ¡Ahora sí podemos!"
Cruzaron la calle con cuidado, mirando a ambos lados. Sofía le explicó: "La luz verde significa ¡Adelante!. Pero incluso con la luz verde, debemos mirar siempre a la izquierda y a la derecha para asegurarnos de que no viene ningún coche."
Llegaron a otra esquina. Esta vez, el semáforo estaba en verde. Tomás, recordando la lección, miró a ambos lados antes de cruzar. "¡Mira, mamá, lo estoy haciendo bien!" dijo con orgullo.
En la siguiente calle, no había semáforo, pero sí una señal de "Ceda el Paso" para los coches. Sofía le explicó: "Aquí no hay semáforo, pero debemos tener aún más cuidado. Debemos mirar y escuchar atentamente para asegurarnos de que no viene ningún coche antes de cruzar. Los coches tienen que cedernos el paso, pero siempre debemos estar seguros."
Tomás se detuvo en la acera y miró a ambos lados. Escuchó atentamente. Vio un coche a lo lejos que estaba reduciendo la velocidad. "¡El coche se está deteniendo, mamá! ¡Podemos cruzar!"
Sofía asintió. "Muy bien, Tomás. Recuerda siempre mirar a ambos lados y escuchar con atención."
Finalmente, llegaron al parque. Tomás corrió hacia los columpios, feliz de haber llegado sano y salvo. Jugó durante horas, recordando las lecciones de seguridad vial que su mamá le había enseñado.
De regreso a casa, Tomás fue mucho más cuidadoso. Esperó pacientemente en los semáforos, miró a ambos lados antes de cruzar y recordó siempre escuchar atentamente.
En una esquina, Tomás vio a otro niño que intentaba cruzar la calle con la luz roja. "¡No, no! ¡Espera!" gritó Tomás. El niño se detuvo sorprendido. Tomás se acercó a él. "El semáforo está en rojo. Debemos esperar a que el hombrecito se ponga verde. Es peligroso cruzar con la luz roja."
El niño escuchó a Tomás y esperó pacientemente. Cuando la luz se puso verde, cruzaron juntos la calle. El niño le dio las gracias a Tomás.
Tomás se sintió muy orgulloso de sí mismo. Había aprendido una valiosa lección sobre seguridad vial y, lo que es más importante, había ayudado a otro niño a estar seguro. Desde ese día, Tomás siempre respetó las normas de tránsito y se convirtió en un pequeño embajador de la seguridad vial. Entendió que esperar un poco y ser cuidadoso era mucho mejor que correr riesgos y tener un accidente. Y cada vez que veía un semáforo, ya no lo veía como un obstáculo, sino como un amigo que lo protegía.
Esa noche, antes de dormir, Tomás le dijo a su mamá: "¡Mamá, quiero ser policía de tráfico cuando sea grande! ¡Así puedo ayudar a todos a estar seguros!" Sofía sonrió y le dio un beso. Sabía que Tomás había aprendido una lección muy importante y que, a partir de ahora, siempre sería un niño responsable y cuidadoso en la calle. Y el semáforo travieso, ahora, era el mejor amigo de Tomás.
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