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Hace mucho, mucho tiempo, en un bosque tan antiguo que los árboles susurraban secretos olvidados, vivía un leñador llamado Elías. Elías era un hombre fuerte, de barba espesa y manos curtidas por el trabajo. Pero incluso Elías sentía un escalofrío en la nuca cuando el sol comenzaba a esconderse tras las copas de los árboles más altos.
El bosque, conocido por los aldeanos como el Bosque Olvidado, tenía una leyenda. Se decía que una criatura, llamada el Silbador, vagaba entre los árboles, alimentándose del miedo y la soledad. Su presencia se anunciaba con un silbido agudo y penetrante, que helaba la sangre incluso al más valiente. Elías, aunque no era supersticioso, siempre aceleraba el paso al oír el viento gemir entre las ramas, intentando ignorar la posibilidad de que no fuera el viento.
Una tarde, Elías se adentró más de lo habitual en el bosque. Necesitaba un tipo especial de madera para construir una cuna para su primer hijo, que estaba por nacer. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de tonos anaranjados y morados, cuando Elías encontró el árbol perfecto. Comenzó a trabajar con diligencia, el sonido de su hacha resonando en el silencio del bosque.
De repente, un silbido agudo cortó el aire. No era el viento. Era un silbido largo, penetrante, que parecía provenir de todas partes a la vez. El corazón de Elías dio un vuelco. Ignorándolo, intentó concentrarse en su trabajo, pero el silbido se hizo más fuerte, más cercano.
Elías levantó la vista. La oscuridad se estaba apoderando del bosque, y las sombras bailaban a su alrededor. Sintió un miedo frío que le recorrió la espalda. Decidió que era hora de irse. Recogió sus herramientas y comenzó a caminar rápidamente hacia el camino.
El silbido lo siguió.
Elías corrió. Tropezó con raíces y ramas caídas, pero siguió corriendo, su respiración entrecortada, el silbido resonando en sus oídos. Miró hacia atrás por un instante, y lo que vio lo paralizó de terror.
Entre los árboles, en la penumbra, vio una figura alta y delgada. Era difícil distinguirla con claridad, pero parecía estar hecha de sombras y ramas retorcidas. No tenía rostro, solo una boca oscura y abierta de la que salía el silbido.
Elías gritó y corrió aún más rápido. Sabía que no podía escapar, que la criatura era más rápida, más fuerte. Pero no se detendría. Tenía que llegar a casa, tenía que proteger a su familia.
Llegó al borde del bosque, casi sin aliento. La luz de la luna brillaba sobre el claro que conducía a su cabaña. Estaba a salvo... ¿o no?
El silbido sonó justo detrás de él.
Elías se giró y vio a la criatura. Estaba a solo unos metros de distancia, su forma oscura y amenazante contra la luz de la luna. Elías cerró los ojos, esperando lo peor.
Pero nada sucedió.
Abrió los ojos lentamente. La criatura seguía allí, pero no se acercaba. Estaba parada al borde del bosque, como si no pudiera cruzar la línea entre la oscuridad y la luz. El silbido se desvaneció, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
Elías comprendió. La criatura se alimentaba del miedo. Mientras Elías corriera, mientras sintiera terror, la criatura lo perseguiría. Pero ahora, de pie en la luz de la luna, sintiendo la seguridad de su hogar cerca, su miedo había disminuido.
Elías miró fijamente a la criatura. No sintió miedo, solo una profunda tristeza por la criatura atrapada en el bosque, condenada a alimentarse de la soledad y el temor. Lentamente, dio un paso adelante, hacia la criatura.
La criatura retrocedió, sus sombras se agitaron con inquietud. Elías siguió avanzando, con la mano extendida. La criatura dio media vuelta y se adentró en el bosque, desapareciendo entre los árboles. El silbido se apagó por completo.
Elías regresó a su cabaña, con el corazón latiendo con fuerza. Abrazó a su esposa y le contó lo que había sucedido. Ella lo escuchó en silencio, con los ojos llenos de preocupación.
Esa noche, Elías no pudo dormir. Se quedó mirando al techo, preguntándose si la criatura regresaría. Se preguntaba si alguna vez podría volver a entrar en el bosque sin sentir miedo.
Por la mañana, Elías regresó al bosque. Necesitaba terminar la cuna para su hijo. Caminó con cuidado, prestando atención a cada sonido, a cada sombra. Pero el silbido no volvió. La criatura no apareció.
Elías trabajó todo el día, sintiendo una paz extraña y nueva. Terminó la cuna y la llevó a casa, sintiéndose orgulloso de su trabajo.
Pero mientras se acostaba esa noche, oyó un sonido suave, casi inaudible, que provenía del bosque. No era un silbido. Era un sollozo.
Elías se estremeció. Sabía que la criatura seguía ahí, atrapada en su propia soledad. Y se preguntó si alguna vez podría encontrar la paz. El sonido se hizo más fuerte hasta convertirse en un grito desgarrador que heló la sangre de Elías. No supo que hacer solo cerro las ventanas y se tapo los oídos. Luego, todo quedó en silencio nuevamente...
¿Volvería a oír el grito?
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