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En las profundidades del campo, donde el sol parece esconderse más rápido entre los matorrales, vivía un hombre llamado Ricardo. Ricardo era un granjero robusto y trabajador, pero tenía un defecto: era testarudo y no creía en las historias que los ancianos del pueblo contaban sobre el monte. Para él, los susurros sobre el Pomberito, ese ser pequeño y velludo que protege la naturaleza, no eran más que cuentos para asustar a los niños traviesos.
Su granja era próspera, llena de maíz dorado y animales sanos. Sin embargo, los vecinos siempre le advertían: 'Ricardo, no olvides dejar un poco de tabaco y miel en el linde del bosque. El Karai Pyhare, el Señor de la Noche, gusta de los regalos. Si lo respetas, cuidará tus cultivos; si lo ignoras, conocerás su travesura'. Ricardo solo se reía, sacudiendo la cabeza mientras seguía arando su tierra.
Todo comenzó una tarde de calor sofocante, justo cuando el sol estaba en su punto más alto. Mientras Ricardo descansaba bajo la sombra de un frondoso lapacho, escuchó un silbido. No era el canto de un pájaro, ni el sonido del viento entre las hojas. Era un silbido largo, agudo y humano que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez. Ricardo se levantó de un salto, buscando con la mirada, pero no vio a nadie. 'Será el calor que me hace alucinar', pensó, aunque un escalofrío recorrió su espalda.

Esa noche, el caos se desató en la granja. Al amanecer, Ricardo encontró que sus herramientas, que siempre dejaba ordenadas en el galpón, estaban colgadas de las ramas más altas de los árboles. Las puertas del gallinero estaban abiertas de par en par, pero no faltaba ninguna gallina; en cambio, todas tenían las plumas de las alas trenzadas con una habilidad imposible. Ricardo, furioso, culpó a los bromistas del pueblo, sin querer admitir que los nudos eran demasiado pequeños para manos humanas.
Los días siguientes fueron un tormento creciente. El silbido lo perseguía a todas horas. A veces sonaba justo detrás de su oreja, y cuando Ricardo se giraba bruscamente, solo encontraba el aire vacío. Una tarde, mientras recolectaba miel de sus colmenas, sintió que algo le tiraba de la camisa. Al mirar hacia abajo, vio una sombra pequeña y veloz desaparecer entre los matorrales de café. Era una figura baja, cubierta de pelo oscuro, que llevaba un sombrero de paja deshilachado.
Desesperado y con los nervios de punta, Ricardo decidió finalmente seguir el consejo de los ancianos. Una noche, colocó un plato con miel espesa y un poco de tabaco sobre un tronco viejo cerca del bosque. 'Aquí tienes, Señor del Monte', susurró con voz temblorosa. 'Déjame en paz'. Se retiró a su casa y cerró todas las puertas con llave, esperando que el tributo fuera suficiente.

Esa noche no hubo silbidos. El silencio era absoluto, un silencio pesado que parecía apretar las paredes de la pequeña casa de madera. Ricardo intentó dormir, pero el crujido de las tablas del suelo lo mantenía alerta. De repente, escuchó un sonido suave: *clac, clac, clac*. Alguien, o algo, estaba caminando por el techo. Luego, el silencio volvió, seguido de un golpe rítmico en la puerta principal.
Ricardo se acercó a la ventana y miró hacia afuera. El plato de miel estaba volcado y el tabaco había desaparecido. En el centro del patio, bajo la luz de la luna llena, vio una huella pequeña, como de un pie humano pero con los dedos muy largos. El golpe en la puerta se repitió, esta vez más fuerte. Con el corazón latiéndole en la garganta, Ricardo se acercó a la entrada. No había nadie del otro lado de la mirilla, pero al bajar la vista, notó que el pomo de la puerta comenzaba a girar lentamente, muy lentamente, desde afuera.
La puerta, que él estaba seguro de haber cerrado con doble cerrojo, se entreabrió apenas unos centímetros. Una mano pequeña, muy velluda y con uñas afiladas, se asomó por la rendija, sujetando el borde de la madera. Ricardo retrocedió, tropezando con una silla. Desde la oscuridad del exterior, un silbido suave y melodioso llenó la habitación, y una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas pronunció su nombre: 'Ricardo... ¿crees ahora?'.
El granjero se quedó paralizado en el rincón más oscuro de su sala, viendo cómo la puerta seguía abriéndose hacia un patio que ahora parecía un bosque interminable. ¿Era una invitación o una advertencia? El Pomberito no busca solo regalos, a veces busca compañía, y Ricardo acababa de abrir una puerta que ya no sabía cómo cerrar.
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