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La abuela Elena siempre decía: "Nunca, ¡nunca!, abras la ventana después de medianoche." Lucía, una niña curiosa con dos coletas traviesas, vivía con su abuela en una casita antigua al borde del bosque. La casa crujía con cada soplo de viento y las sombras bailaban en las paredes a la luz de la luna. Lucía adoraba las historias que su abuela le contaba, pero la advertencia sobre la ventana la intrigaba más que ninguna otra.
"¿Por qué no, abuela?" preguntaba Lucía cada vez que la abuela mencionaba la prohibición. La abuela Elena suspiraba, con los ojos llenos de un brillo extraño. "Porque después de medianoche, el bosque se despierta. Y a veces, cosas…cosas que no son buenas…quieren entrar."
Una noche, Lucía no podía dormir. La luna llena iluminaba su habitación, proyectando figuras fantasmales en el techo. El viento aullaba suavemente, como un lobo perdido. De repente, escuchó un sonido. Un silbido suave, casi imperceptible, que parecía venir de la ventana.
Lucía se incorporó en la cama, con el corazón latiendo a mil por hora. El silbido se hizo más fuerte, más insistente. Parecía una melodía triste, una canción olvidada. La curiosidad de Lucía era más fuerte que el miedo. Se levantó de la cama, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos. Caminó lentamente hacia la ventana, con la mano temblorosa extendida hacia el pestillo.
Recordó las palabras de su abuela: "Nunca, ¡nunca!, abras la ventana después de medianoche." Pero el silbido era tan insistente, tan melancólico… Lucía no pudo resistirse. Con un clic silencioso, abrió la ventana.
Una ráfaga de viento frío entró en la habitación, apagando la vela que ardía sobre la mesita de noche. La habitación quedó a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna. Y entonces, Lucía lo vio.
Una figura oscura, alta y delgada, se recortaba contra el fondo del bosque. Tenía largos brazos y una cabeza pequeña, casi invisible. La figura no se movía, solo estaba allí, silbando suavemente. El silbido era ahora claro y nítido, una melodía inquietante que le helaba la sangre a Lucía.
Lucía sintió un miedo paralizante. Quería gritar, pero no podía. Quería cerrar la ventana, pero sus piernas no respondían. Estaba atrapada, petrificada por el terror. La figura del bosque comenzó a moverse lentamente hacia la ventana. Sus largos brazos se extendían hacia ella, como si quisieran abrazarla.
De repente, una luz brillante iluminó la habitación. La abuela Elena apareció en la puerta, con una vela encendida en la mano. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con determinación. "¡Vete, criatura de la noche!" gritó la abuela Elena, con voz firme. "¡Esta casa está protegida!"
La figura del bosque se detuvo. Pareció dudar por un momento, y luego, con un silbido agudo y doloroso, se desvaneció en la oscuridad del bosque. El silencio volvió a reinar en la habitación, roto solo por la respiración agitada de Lucía.
La abuela Elena corrió hacia Lucía y la abrazó con fuerza. "Estás bien, mi niña," dijo la abuela Elena, con la voz temblorosa. "Estás a salvo ahora." Cerró la ventana con un golpe seco y la aseguró con el pestillo.
"¿Qué era eso, abuela?" preguntó Lucía, con la voz apenas audible.
La abuela Elena suspiró. "Era un alma perdida, una criatura que busca compañía en la oscuridad. Le gusta silbar, para atraer a los curiosos."
"¿Y por qué no podía abrir la ventana después de medianoche?"
"Porque después de medianoche, las barreras entre nuestro mundo y el suyo se debilitan. Y es más fácil para esas criaturas entrar."
Desde esa noche, Lucía nunca más sintió curiosidad por abrir la ventana después de medianoche. Aprendió a respetar las advertencias de su abuela y a entender que algunas cosas son mejor dejarlas en la oscuridad. Y aunque a veces, cuando el viento aullaba fuerte, creía escuchar un silbido lejano, Lucía se acurrucaba en su cama, sabiendo que estaba a salvo en los brazos de su abuela y bajo la protección de la casita al borde del bosque. Nunca olvidaría la lección aprendida aquella noche, la noche del silbido en la ventana. Y siempre recordaría las palabras de su abuela: "Nunca, ¡nunca!, abras la ventana después de medianoche." El bosque guarda secretos, y algunos secretos es mejor no descubrirlos. El silencio, a veces, es la mejor compañía.
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