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Ayer mi papá tiró el cenicero contra la pared, así, de la nada, y se rompió todo menos la costumbre. Nadie dijo nada, ni mi mamá ni mi hermano ni yo. Solo se hizo un silencio raro, como si hubieran apagado el mundo por un rato, y después siguieron comiendo. Yo no tenía hambre, pero igual me acabé el arroz. Acá nadie pregunta si estás bien, solo te sirven y tú comes. La casa huele a cigarro viejo, sopa recalentada y ese ruido que hacen las palabras cuando no salen. A veces gritan, a veces no, pero yo ya me acostumbré a que no me hablen. Es como si viviera acá de paso, nomás, esperando a que alguien me diga que ya puedo irme.
Afuera es peor. La calle es un laberinto de piedras y basura, donde los perros flacos pelean por un hueso y los niños más grandes te roban la pelota. Yo casi no salgo. Prefiero quedarme en la ventana, mirando las nubes que cambian de forma. A veces veo un barco, a veces un dragón, a veces solo un borrón gris.
Un día, mientras miraba las nubes, lo vi. Estaba tirado en la esquina, temblando de frío y con una pata lastimada. Era un perro flaco, con el pelo sucio y los ojos tristes. Parecía que lo habían olvidado ahí, como un juguete roto.
Bajé sin que nadie me viera. Me acerqué despacio, con miedo de que me mordiera. Pero él solo me miró, como pidiendo ayuda. Le di un pedazo de pan que había guardado en el bolsillo. Lo comió despacio, como si fuera lo más rico del mundo.
Desde ese día, empezamos a vernos todos los días. Yo le llevaba comida, y él me seguía a todas partes. Le puse Kuska, que significa "juntos" en la lengua de mi abuela. Kuska era mi amigo, mi compañero, mi familia.
Con Kuska, la calle ya no era tan fea. Jugábamos a la pelota, corríamos por los parques, y a veces hasta nos escapábamos al río. Me contaba sus secretos con ladridos y lamidas, y yo le contaba los míos en susurros, para que nadie más escuchara.
Kuska entendía cuando estaba triste. Se acurrucaba a mi lado, y me lamía la cara hasta que se me pasaba. Con él, el silencio de la casa ya no era tan pesado. Tenía a alguien que me escuchaba, aunque no entendiera mis palabras.
Un día, Kuska desapareció. Lo busqué por todas partes, llamándolo a gritos. Pregunté a los vecinos, pero nadie lo había visto. Sentí un hueco en el pecho, como si me hubieran arrancado un pedazo de mi alma.
Pasé días buscándolo, sin comer ni dormir. Ya no sabía si era de día o de noche. La casa volvió a oler a cigarro viejo y sopa recalentada, y el silencio se hizo aún más grande.
Lo encontré al final de la calle, tirado en un charco de sangre. Alguien lo había atropellado y se había escapado. Kuska estaba inmóvil, con los ojos cerrados y la pata torcida.
Lo levanté con cuidado, y lo llevé a mi casa. Lo acosté en mi cama, y lo abracé con todas mis fuerzas. Lloré hasta que se me secaron las lágrimas, pero Kuska no se movió.
Lo enterré en el patio trasero, debajo del árbol de naranjas. Cavé la tumba con mis propias manos, y le puse una cruz de madera con su nombre.
Antes de enterrarlo, recordé la carta que le había escrito hace tiempo, un día que me sentía muy solo. La había guardado debajo de mi colchón, esperando el momento perfecto para dársela.
Te escribí esta cartita por si un día ya no estabas.
No sé leer bonito, pero igual la voy a leer despacito, para que me escuches desde ahí, ¿sí, Kuska?
Solo quédate un rato más, aunque sea inmóvil.
Yo te leo.
Nadie me encontró. Pero es que nadie me estaba buscando.
Kuska me enseñó a seguir, incluso cuando nadie te espera.
Y yo seguí.
No sé a dónde.
Pero seguí.
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