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Doña Alegría era conocida en todo el pueblo de Colores Vivos por su risa contagiosa y su huerto lleno de flores que parecían bailar al son del viento. Cada mañana, se levantaba con el sol y cantaba melodías que espantaban las nubes grises. Su casa, pintada de un alegre color amarillo, era un refugio para las mariposas y un imán para las sonrisas. Doña Alegría amaba la vida con todo su corazón. Le encantaba hornear galletas de jengibre con forma de sol, regar sus petunias moradas y leer cuentos a los niños del vecindario. Era, sencillamente, feliz.
Un día, mientras preparaba un pastel de fresas para celebrar el cumpleaños de su gato, Bigotes, sonó el teléfono. Era su hermana, Doña Tristeza, que vivía en el pueblo vecino. La voz de Doña Tristeza era apagada y temblorosa. "Alegría, mi querido nieto, Pedrito, se ha enfermado. Tiene una tos muy fuerte y no quiere comer nada. Estoy muy preocupada y necesito tu ayuda."
Doña Alegría sintió que su corazón se encogía. Amaba a su hermana, pero Doña Tristeza siempre era… bueno, triste. Y Pedrito, aunque era un niño dulce, prefería los videojuegos a las flores y las aventuras al aire libre. Además, Doña Alegría tenía planeado un picnic con sus amigos del club de jardinería. La idea de dejar su huerto radiante y su vida llena de alegría para cuidar de un niño enfermo y a una hermana melancólica no le entusiasmaba en absoluto.
"Oh, Tristeza," dijo Doña Alegría, tratando de sonar comprensiva. "Lo siento mucho. Pero… tengo tantos planes. El picnic, las flores, Bigotes…"
Doña Tristeza suspiró al otro lado de la línea. "Lo entiendo, Alegría. Siempre estás ocupada. Pero no sé qué hacer. Pedrito me necesita y yo… yo no soy suficiente."
Las palabras de su hermana resonaron en el corazón de Doña Alegría. Sintió un tirón entre su deseo de mantener su felicidad intacta y la necesidad de ayudar a su familia. Sabía que Doña Tristeza no era la persona más optimista del mundo, pero también sabía que amaba a Pedrito con todo su ser.
Después de un largo silencio, Doña Alegría respondió: "Está bien, Tristeza. Iré. Empacaré algunas galletas de sol y mi libro de cuentos favoritos. Llegaré mañana por la mañana."
Colgó el teléfono y sintió una mezcla extraña de alivio y decepción. Sabía que estaba haciendo lo correcto, pero una sombra había caído sobre su sol particular. Esa noche, durmió mal, preocupada por Pedrito y por cómo cambiaría su vida en los próximos días.
A la mañana siguiente, Doña Alegría cerró la puerta de su casa amarilla, dejando atrás su huerto floreciente y a Bigotes dormido en su cojín favorito. Viajó al pueblo de Doña Tristeza en un autobús lleno de gente que parecía tan seria como su hermana. El pueblo era gris y las casas parecían cansadas. Incluso el aire tenía un dejo de tristeza.
Al llegar a la casa de Doña Tristeza, Pedrito la recibió con una tos seca y una mirada apagada. Doña Tristeza tenía los ojos rojos de tanto llorar. Doña Alegría abrazó a ambos con fuerza y les regaló una sonrisa brillante.
"¡Hola, Pedrito! ¡Hola, Tristeza! Traje galletas de sol para iluminar este día gris!"
Pedrito sonrió tímidamente y aceptó una galleta. Doña Tristeza la miró con gratitud. Durante los siguientes días, Doña Alegría se dedicó a cuidar de Pedrito. Le contó cuentos divertidos, le preparó sopas nutritivas y le cantó canciones alegres. Al principio, Pedrito se mostraba apático, pero poco a poco, la alegría de Doña Alegría comenzó a hacer efecto. Empezó a comer más, a sonreír con más frecuencia y a jugar con los juguetes que Doña Alegría había traído.
Doña Alegría también ayudó a Doña Tristeza a encontrar pequeñas alegrías en el día a día. La animó a salir a caminar por el parque, a leer un libro divertido y a bailar al son de la música. Lentamente, la tristeza de Doña Tristeza comenzó a disiparse.
Un día, Pedrito corrió hacia Doña Alegría, riendo a carcajadas. "¡Abuela Alegría, ya no me duele la garganta! ¡Puedo jugar al fútbol!"
Doña Alegría abrazó a Pedrito con alegría. La tristeza en la casa de Doña Tristeza había desaparecido, reemplazada por risas y alegría. Doña Alegría se dio cuenta de que su propia felicidad no había disminuido al compartirla con los demás. Al contrario, se había multiplicado.
Cuando llegó el momento de regresar a casa, Doña Alegría se despidió de Doña Tristeza y de Pedrito con el corazón lleno de alegría. Sabía que había hecho lo correcto. Había ayudado a su familia y había descubierto que la verdadera felicidad reside en compartir el amor y la alegría con los demás, incluso cuando no es lo que más deseas en ese momento. Al regresar a su casa amarilla, el sol brillaba con más fuerza que nunca, y el huerto parecía saludarla con una explosión de colores. Había recuperado su sol, y ahora brillaba aún más fuerte, gracias a la alegría que había compartido con su familia.
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