Escucha este cuento
Gratis · elige una vozMateo tenía diez años y un sueño tan grande como el universo: ¡viajar a Marte! No le interesaban los videojuegos ni los partidos de fútbol. En su habitación, las paredes estaban tapizadas con pósteres de cohetes, planetas y astronautas. Pasaba horas leyendo libros sobre el espacio, memorizando los nombres de las constelaciones y dibujando sus propias naves espaciales.
Su nave, la "Estrella Fugaz", era la más moderna y rápida que jamás se había imaginado. Tenía asientos de gelatina de fresa (para mayor comodidad durante el viaje), ventanas que mostraban vistas panorámicas de las nebulosas y un robot asistente llamado Chispa, que era experto en preparar batidos de plátano y resolver problemas de matemáticas.
Un día, Mateo decidió que ya era hora de empezar a construir la Estrella Fugaz. Sacó una caja de cartón gigante del garaje, la pintó de rojo brillante y le pegó alas hechas con platos desechables. Chispa, en realidad una lámpara de escritorio con ojos saltones pegados, lo observaba con una luz parpadeante.
"¡Listo para el despegue, Chispa!" exclamó Mateo, poniéndose un casco de cartón que había decorado con estrellas de papel.
Chispa parpadeó intensamente. "¡Sistema de navegación activado! ¡Preparando motores!"
Mateo se sentó en su asiento de gelatina imaginaria y cerró los ojos. Imaginó el rugido de los motores, la vibración de la nave y la sensación de dejar atrás la Tierra. En su mente, la Estrella Fugaz se elevó hacia el cielo, atravesando las nubes y adentrándose en la oscuridad del espacio.
El viaje fue emocionante. Mateo esquivó asteroides gigantes con la ayuda de Chispa, observó las brillantes auroras boreales de Júpiter y saludó a unos amigables extraterrestres que le ofrecieron galletas espaciales. Finalmente, después de muchos días de viaje imaginario, vio a lo lejos el planeta rojo: Marte.
"¡Marte a la vista!" gritó Mateo. "¡Preparando el aterrizaje!"
Aterrizó suavemente en la superficie marciana y abrió la escotilla de la Estrella Fugaz. La arena roja brillaba bajo la luz del sol. El aire era frío y seco, pero Mateo no le importó. ¡Estaba en Marte!
Caminó por la superficie, dejando huellas en la arena. Vio rocas de formas extrañas y cráteres gigantes. Imaginó que era el primer humano en explorar este planeta misterioso.
De repente, escuchó un ruido. Se escondió detrás de una roca y espió con cuidado. Vio a una criatura pequeña y peluda, con grandes ojos brillantes, que se acercaba a él.
La criatura se detuvo frente a Mateo y lo miró con curiosidad. Mateo sintió un poco de miedo, pero también mucha emoción. ¿Sería un marciano?
La criatura emitió un pequeño sonido, como un pitido. Mateo se dio cuenta de que no era un marciano, sino un pequeño robot explorador, seguramente enviado por alguna misión anterior.
"Hola," dijo Mateo tímidamente.
El robot explorador parpadeó y extendió una pequeña mano metálica. Mateo le estrechó la mano y sintió una corriente de electricidad estática.
Pasaron el resto del día explorando Marte juntos. Mateo le mostró al robot sus dibujos de la Estrella Fugaz y el robot le enseñó a Mateo los secretos del planeta rojo. Descubrieron un cañón subterráneo lleno de cristales brillantes y una cueva con pinturas rupestres marcianas.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Mateo supo que era hora de regresar a la Tierra. Se despidió del robot explorador, prometiendo volver algún día.
De vuelta en la Estrella Fugaz, Mateo sintió una mezcla de alegría y tristeza. Estaba feliz de haber cumplido su sueño, pero también triste de dejar atrás Marte y a su nuevo amigo.
El viaje de regreso fue tranquilo. Mateo miró por la ventana, observando las estrellas y los planetas. Pensó en todas las cosas que había visto y aprendido. Supo que este viaje a Marte había sido el principio de una gran aventura.
Cuando la Estrella Fugaz aterrizó de nuevo en su habitación, Mateo abrió los ojos y se estiró. Chispa parpadeó con entusiasmo.
"¡Misión cumplida!" exclamó Mateo.
Aunque sabía que todo había sido un sueño, Mateo se sintió diferente. Había viajado a Marte, había explorado un planeta desconocido y había hecho un nuevo amigo. Ahora sabía que cualquier cosa era posible, siempre y cuando tuviera un sueño y la determinación de hacerlo realidad.
Apagó a Chispa, guardó su casco de cartón y se metió en la cama. Mientras se dormía, soñó con la próxima aventura de la Estrella Fugaz. Tal vez la próxima vez viajaría a Júpiter, o incluso a una galaxia lejana. Porque para Mateo, el cielo no era el límite, ¡sino el principio!
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