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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita pintada de colores pastel, una familia muy feliz. Estaba Papá Oso, que siempre contaba cuentos divertidos; Mamá Osa, que preparaba las galletas más ricas del mundo; Sofía, una niña de tres años con coletas rubias y ojos brillantes; y Mateo, un bebé de un año con una sonrisa que iluminaba toda la casa.
Sofía amaba a Mateo con todo su corazón. ¡Era su hermanito estrella! Desde que Mateo era muy chiquitito, Sofía se sentía una protectora. Cuando lloraba, ella corría a buscar a Mamá Osa. Cuando dormía, ella lo vigilaba para que nadie lo despertara.
Un día soleado, Sofía estaba jugando con sus bloques de colores. Construyó una torre altísima, ¡casi hasta el techo! Mateo, gateando a toda velocidad, se acercó a la torre. Sofía sonrió. “¡Mira, Mateo! ¡Una torre!” Mateo extendió su manita y tocó un bloque. ¡Pum! La torre se vino abajo.
En lugar de enojarse, como a veces pasaba cuando alguien interrumpía sus juegos, Sofía soltó una risita. “¡Oh, no! ¡Se cayó la torre! Pero no pasa nada, Mateo. ¡Podemos construir otra juntos!” Sofía recogió un bloque y se lo dio a Mateo. Mateo lo agarró con sus manitas gorditas y lo miró con curiosidad. Sofía le enseñó cómo ponerlo encima de otro bloque. “¡Así, Mateo! ¡Muy bien!”
Juntos, construyeron una torre aún más grande. Mateo balbuceaba y reía, y Sofía le hablaba con voz suave. “Este bloque es azul, Mateo. ¡Azul como el cielo!” Le señalaba cada color, cada forma. Mateo la miraba con admiración, como si Sofía fuera la persona más sabia del mundo. Y para él, ¡seguro que lo era!
Otro día, Sofía estaba dibujando con sus crayones. Hacía soles amarillos y nubes blancas. Mateo se arrastró hasta ella y trató de agarrar un crayón rojo. Sofía le ofreció uno. “Toma, Mateo. Puedes dibujar conmigo.” Pero Mateo, como aún era muy pequeño, se llevó el crayón a la boca.
Sofía rápidamente le quitó el crayón. “No, Mateo. Los crayones no se comen. ¡Sirven para dibujar!” En lugar de regañarlo, le buscó un libro de cartón con animales. “¡Mira, Mateo! ¡Un león! ¡Hace roar!” Sofía imitó el rugido del león, y Mateo se echó a reír a carcajadas.
A Sofía le encantaba enseñarle cosas nuevas a Mateo. Le enseñaba los nombres de los animales, los colores, las formas. Le cantaba canciones de cuna y le contaba cuentos antes de dormir. Cada día, Sofía descubría algo nuevo que le gustaba de su hermanito. Le gustaba su sonrisa, su risa, sus manitas gorditas, su forma de mirarla con tanto cariño.
Cuando iban al parque, Sofía siempre cuidaba de Mateo. Lo empujaba en el columpio, asegurándose de que no se cayera. Lo ayudaba a subir por el tobogán, sosteniéndolo con cuidado. Compartía su merienda con él, aunque a veces Mateo terminara más manchado de puré de manzana que comido.
Una tarde, Mamá Osa estaba ocupada preparando la cena. Sofía estaba jugando con Mateo en la alfombra. Mateo tenía su osito de peluche favorito, pero lo lanzó lejos. El osito cayó debajo del sofá. Mateo empezó a llorar.
Sofía, al ver a su hermanito triste, corrió a buscar el osito. Se agachó, estiró su bracito y logró alcanzarlo. Se lo devolvió a Mateo, quien lo abrazó con fuerza y dejó de llorar al instante. Sofía lo abrazó también. "Ya está, Mateo. Ya tienes a tu osito. Te quiero mucho."
Esa noche, antes de dormir, Sofía le dijo a Mamá Osa: “Mamá, Mateo es el mejor hermanito del mundo. Me gusta mucho jugar con él, enseñarle cosas y cuidarlo.” Mamá Osa le sonrió y le dio un beso en la frente. “Yo también creo que Mateo es muy afortunado de tener una hermana como tú, Sofía. Eres muy buena con él.”
Sofía se durmió pensando en todas las cosas divertidas que haría con Mateo al día siguiente. Sabía que ser hermana mayor era una gran responsabilidad, pero también era la aventura más maravillosa del mundo. Y ella, con su amor y cuidado, haría que la vida de su hermanito estrella fuera aún más brillante.
Desde ese día, el amor de Sofía por Mateo creció aún más. Siempre estaba atenta a sus necesidades, compartía sus juguetes con él y lo trataba con mucha paciencia y cariño. Sabía que, aunque a veces fuera un poco travieso, Mateo era el tesoro más grande que tenía. Y Sofía, su hermana mayor, siempre estaría ahí para protegerlo y amarlo con todo su corazón.
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