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Gratis · elige una vozHabía una vez, en un mundo prehistórico lleno de aromas de helechos gigantes y el eco de rugidos distantes, un pequeño dinosaurio llamado Dino, quien era famoso en el bosque de los Tiranosaurios por ser el más travieso de todos.
Dino vivía con su familia en una cueva al pie de una montaña, donde las paredes estaban cubiertas de dibujos que contaban historias de dinosaurios ancestrales. Aunque la cueva era un lugar seguro y confortable, Dino amaba explorar, y también amaba hacer travesuras.
Una noche, cuando la luna brillaba llena en el cielo y todas las criaturas del bosque estaban listas para dormir, Dino susurró a su amiga Rita, una pterodáctilo que colgaba boca abajo del árbol más alto. “¿Rita, querés ir a dar una vuelta? Tengo una idea espectacular.”
Rita, quien nunca podía resistirse a las aventuras de Dino, abrió un ojo mientras bostezaba. “Dino, ¿no es un poco tarde para andar de travesuras?”
“¡Pero es perfecto! Nadie va a esperar que hagamos algo tan tarde, así que todo saldrá bien. Vamos, va a ser divertido.”
Rita, con un aleteo decidido pero un tanto perezoso, se unió a Dino, quien ya había comenzado a planear su última ocurrencia.
Dino y Rita habían escuchado historias de un árbol en el centro del bosque que tenía hojas que brillaban como estrellas. Se decía que este árbol guardaba una magia especial, y Dino tenía la teoría de que, con la luz de la luna, las hojas podrían hacer que volaran todos los dinosaurios, no solo los que nacieron para hacerlo.
“¡Imagináte, Rita! –dijo Dino–, todos volando, incluso los braquiosaurios. ¡Sería un despelote hermoso!”
Se adentraron en el bosque, caminando con cuidado para no despertar a las criaturas durmientes. Finalmente, llegaron al claro donde se alzaba majestuoso el árbol de hojas estrelladas. Las hojas titilaban bajo la luz de la luna, como si susurrasen secretos al viento.
“Bueno, ahí está –dijo Dino, señalando con una sonrisa satisfecha–. Ahora solo tenemos que juntar unas cuantas hojas.”
Rita se posó en una de las ramas y comenzó a recoger con delicadeza las hojas. Justo cuando habían reunido un buen puñado, Dino miró hacia arriba y vio al guardián del árbol, un viejo dinosaurio con plumas grises que dormitaba en una rama alta.
“¿Vos creés que va a enojarse si se entera?” preguntó Rita, un poco nerviosa.
“¡Nah! No nos va a descubrir, además, solo queremos compartir un poco de su magia, no le vamos a hacer daño.”
Con las hojas recogidas, volvieron a la cueva. Allí, reunieron a sus amigos dinosaurios, contándoles sobre el plan. Todos se rieron y bromearon sobre las posibilidades de volar como los pterodáctilos. Dino dirigió la operación como un verdadero maestro del caos.
“Bueno, es simple. Todos agarramos una hoja y, cuando cuente hasta tres, firmemente en la boca, ¡saltamos!”
Uno por uno, los dinosauritos se alinearon, sosteniendo cada uno su hoja brillante. Hasta los más grandes y mastodónticos se unieron al juego.
“¡Uno, dos, tres!” gritó Dino, y juntos, como una colorida avalancha, saltaron desde una pequeña colina.
El aire se llenó de risas, chillidos y, ¡oh asombro!, dinosaurios que volaban torpemente, o al menos, con mucha imaginación e ilusión. Por unos instantes, todos disfrutaron de su propio desfile aéreo, un espectáculo que solo ellos podrían entender y disfrutar con el corazón latiendo fuerte y libre.
Pronto, las hojas perdieron su brillo y los dinosaurios comenzaron a aterrizar uno a uno en la suave hierba, entre carcajadas y aleteos accidentales.
“¡Fue increíble!” exclamó Rita, mientras un pequeño triceratops aún giraba tratando de recuperar el equilibrio.
“¡Lo hicimos! Aunque sea por un ratito, todos volamos” dijo Dino, bastante satisfecho.
Al regresar a su cueva, Dino se acomodó en su rincón preferido. Su mamá le dio un beso en la frente, sonriendo al ver la felicidad en los ojos de su hijo.
“Y ahora, pequeño travieso, es hora de dormir y soñar. Tal vez, mañana tengamos nuevas aventuras por vivir.”
Dino cerró los ojos, recordando la sensación del viento en su cara y el eco de las risas flotando en el aire. Sabía que sus travesuras podrían esperar hasta el nuevo amanecer, pero en sus sueños, todos los dinosaurios continuarían volando entre las estrellas.
Y así, entre sueños de aventuras estrelladas, Dino se durmió, mientras la luna escudriñaba con ternura el bosque de los Tiranosaurios, prometiéndole más noches de magia y diversión.
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