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Gratis · elige una vozEn una ciudad bulliciosa, donde los coches cantaban canciones estridentes y la gente caminaba con prisa, apareció un perrito llamado Orejitas. Orejitas era pequeño, de pelaje revuelto y orejas grandes que parecían antenas siempre listas para captar una nueva aventura. Un día, Orejitas llegó a una calle tranquila, entre una casa pintada de colores alegres y otra con un jardín lleno de flores. Comenzó a ladrar con fuerza, esperando que alguien notara su presencia.
De la casa colorida salió un señor con un mandil a cuadros y un gorro de cocina blanco. En sus manos llevaba un plato humeante. El señor, con una sonrisa amable, le ofreció un pedacito de comida a Orejitas. El perrito lo olisqueó con curiosidad, pero en lugar de comer, siguió ladrando y acercándose al señor. En su entusiasmo, Orejitas tropezó y el plato del señor cayó al suelo, esparciendo la comida. El señor, un poco sorprendido, suspiró y decidió regresar a su casa. Orejitas, sintiéndose culpable, jaló al señor del pantalón con suavidad. El señor, ya un poco enojado, cerró la puerta de golpe.
Orejitas, con el rabo entre las patas, continuó su camino. Siguió ladrando a la gente que pasaba por la calle, esperando una caricia o una palabra amable. Pero la mayoría de las personas lo ignoraban, absortas en sus propios pensamientos. Algunos incluso se enojaban y lo espantaban con un puntapié suave. Orejitas, asustado y triste, corrió a refugiarse en un callejón oscuro.
A lo lejos, Orejitas vio a una pareja. La señora tosía sin parar y el señor, con gesto preocupado, se quitó su bufanda de lana y se la ofreció a su esposa. Orejitas observó la bufanda con curiosidad. Ladro tímidamente y se acercó a la pareja. La señora, con una sonrisa dulce, comenzó a acariciar a Orejitas. El perrito, sintiéndose un poco más seguro, se acercó al señor y le ladró. El señor, en lugar de enojarse, aplaudió al perrito. Orejitas, confundido, intentó quitarle la bufanda a la señora, jugando. El señor, protegiendo a su esposa, lo alejó. En el forcejeo, la bufanda se rompió. El señor, muy enojado, persiguió a Orejitas.
Orejitas corrió lo más rápido que pudo, sintiéndose incomprendido. Pasó por un parque lleno de árboles altos y frondosos. Seguía ladrando, mirando a su alrededor con nerviosismo. Se detuvo a observar a un señor que dormía plácidamente en una banca. Le ladró con fuerza, despertándolo de golpe. El señor, asustado, lo miró con reprobación. Orejitas, sintiéndose culpable, continuó su camino.
De repente, escuchó el silbido potente de un barco y vio a lo lejos que la gente se apresuraba a subir a bordo. Orejitas, impulsado por la curiosidad, corrió hacia el muelle. En su prisa, tropezó y cayó al agua. Observando cómo el barco se alejaba, se vio reflejado en el agua, con una expresión triste en su rostro. En ese momento, el cielo se oscureció y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Orejitas salió del agua temblando y corrió a refugiarse en la calle.
La gente corría buscando refugio y Orejitas seguía ladrando, sintiéndose solo y perdido. Vio a un señor en bicicleta y decidió seguirlo, ladrándole con entusiasmo. Pero pronto se cansó y el señor de la bicicleta desapareció a lo lejos. Entonces vio a una persona sentada en una parada de autobús que se levantaba y abría su paraguas. Orejitas ladró y se acercó a él. El señor sacó algo de su bolsillo y se lo ofreció a Orejitas, pero el perrito solo lo olisqueó y le ladró. De repente, una ráfaga de viento le arrebató el paraguas al señor. El paraguas salió volando y cayó cerca de Orejitas. Sin pensarlo dos veces, el perrito corrió tras él, lo agarró con la boca y miró al señor. El señor le sonrió, pero Orejitas, confuso, se llevó el paraguas corriendo.
Llegó de nuevo a la ciudad, donde la gente se protegía de la lluvia con sus paraguas y los coches tocaban sus bocinas. Orejitas corría por la carretera, ladrando a los coches que pasaban, pero solo conseguía enfadar a los conductores. Al pasar por un restaurante, se quedó observando a través del cristal a un niño que lloraba desconsoladamente. Su mamá le dio un osito de peluche. El niño lo abrazó y sonrió. Orejitas, impulsado por un sentimiento desconocido, decidió entrar al restaurante. Al instante, se escucharon ladridos, platos rotos y gritos. Orejitas salió corriendo, llevando en su boca el osito de peluche.
El dueño del restaurante salió furioso persiguiéndolo. Orejitas cruzó la calle corriendo y los coches le pitaron. Se detuvo en medio de la calle y casi fue atropellado, pero el conductor frenó bruscamente y chocó contra un poste de luz. La gente se agolpó alrededor del coche accidentado. Orejitas seguía ladrando, pero la gente estaba molesta. Alguien le arrojó una piedra y lo golpeó. Orejitas soltó un gruñido de dolor, pero volvió a agarrar el osito de peluche y corrió a refugiarse en un callejón.
Ya era de noche. Orejitas seguía ladrando. Un señor se despertó en su casa y le gritó que se callara, arrojándole cosas. Enfadado, el señor llamó a alguien por teléfono. Orejitas observó la luna brillante en el cielo. De repente, vio a una persona en las sombras que le ofreció un pedacito de carne. Orejitas lo comió. Después, el hombre intentó agarrarlo, pero Orejitas se zafó y huyó. El hombre, enfurecido, sacó una pistola y le disparó. Orejitas cayó al suelo, quejándose de dolor. Una lágrima rodó por su mejilla y cayó a una alcantarilla. El hombre le disparó de nuevo. Orejitas murió.
La lágrima de Orejitas, al caer en la alcantarilla, hizo llorar a un bebé que se encontraba allí. En un recuerdo fugaz, Orejitas recordó haber escuchado unos pasos mientras dormía. Vio a una mujer llorando y a un bebé que también lloraba. Orejitas se acercó a la alcantarilla y le ladró a la señora. Una persona encendió la luz de su casa y la señora huyó. El señor se asomó por la ventana y le gritó a Orejitas que se callara. La bufanda y el osito de peluche se los llevó al bebé.
El hombre que mató a Orejitas sacó al bebé de la alcantarilla. El señor que había llamado para que mataran a Orejitas se acercó al cuerpo sin vida del perrito y comenzó a llorar.
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