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Don Pepe era camarero en el restaurante "El Sol Brillante". ¡Le encantaba su trabajo! Servía platos deliciosos, contaba chistes a los clientes y siempre tenía una sonrisa para todos. Pero los viernes… ¡ay, los viernes! Los viernes eran días de mucho trabajo. El restaurante se llenaba de familias, amigos y parejas que querían disfrutar de una rica cena. Y Don Pepe, ¡no paraba ni un segundo!
Desde la mañana, Don Pepe estaba de pie. Preparaba las mesas, limpiaba los cubiertos y revisaba que todo estuviera perfecto para la avalancha de clientes. Cuando llegaba la hora de la cena, ¡empezaba la verdadera acción! Don Pepe corría de un lado a otro, llevando platos humeantes, bandejas llenas de bebidas y escuchando atentamente los pedidos. "¡Una paella para la mesa número cinco!", gritaba la cocinera. "¡Dos gazpachos para la mesa ocho!", pedía otro camarero. Y Don Pepe, ¡allá iba, con su bandeja en alto y una sonrisa en el rostro!
Pero con tanto trabajo, la espalda de Don Pepe empezaba a resentirse. Al principio, era solo una pequeña molestia, como un cosquilleo. Pero a medida que avanzaba la noche, el cosquilleo se convertía en un dolor más intenso. "¡Ay, mi espalda!", pensaba Don Pepe mientras servía una ensalada a una niña pequeña. Intentaba ignorar el dolor, pero cada vez era más difícil. Cada paso que daba, cada plato que levantaba, le dolía más y más.
Los viernes, Don Pepe llegaba a casa rendido. Se sentaba en su sillón favorito, cerraba los ojos y suspiraba. "¡Qué día!", decía para sí mismo. Su espalda le dolía tanto que apenas podía moverse. Pero sabía que al día siguiente, sábado, podría descansar y recuperarse. Los sábados, Don Pepe dormía hasta tarde, paseaba por el parque y se tomaba un café con sus amigos. ¡Y el domingo, a preparar todo para una nueva semana en "El Sol Brillante"!
Un viernes, el dolor de espalda de Don Pepe fue peor que nunca. No podía ni siquiera enderezarse. "¡Ay, ay, ay!", se quejaba mientras intentaba servir un plato de pescado. Los clientes lo miraban con preocupación. Incluso la cocinera, Doña Rosa, salió de la cocina para ver qué le pasaba.
"¡Pepe, estás pálido! ¿Qué te ocurre?", preguntó Doña Rosa, acercándose a él.
"Es mi espalda, Doña Rosa. Me duele muchísimo", respondió Don Pepe, con voz débil.
Doña Rosa lo miró con ternura. "¡Pepe, no puedes seguir así! Tienes que cuidarte. ¡La salud es lo primero!", exclamó.
Entonces, Doña Rosa tuvo una idea brillante. "¡Hoy no vas a trabajar más! Ve a casa y descansa. Nosotros nos encargaremos de todo", dijo con firmeza.
Don Pepe se sintió aliviado. "¿De verdad, Doña Rosa? ¿Están seguros?", preguntó.
"¡Por supuesto! ¡Ve, ve y cuídate!", respondió Doña Rosa, empujándolo suavemente hacia la puerta.
Don Pepe agradeció a todos sus compañeros y se fue a casa. Al llegar, se puso una bolsa de agua caliente en la espalda y se acostó en su cama. ¡Qué alivio! Poco a poco, el dolor fue disminuyendo y Don Pepe se quedó dormido.
Al día siguiente, Don Pepe se despertó sintiéndose mucho mejor. El dolor de espalda había disminuido considerablemente. Decidió ir a visitar a un médico. El médico le recomendó hacer ejercicios de estiramiento y tomarse las cosas con más calma. También le sugirió usar un soporte para la espalda mientras trabajaba.
Don Pepe siguió los consejos del médico al pie de la letra. Empezó a hacer ejercicios de estiramiento todas las mañanas y compró un soporte para la espalda. Además, habló con el dueño del restaurante y le pidió ayuda para organizar mejor el trabajo los viernes.
El dueño del restaurante, Don Antonio, entendió la situación y contrató a un camarero extra para los viernes. Ahora, Don Pepe podía compartir el trabajo y no tenía que correr tanto. ¡Y su espalda se lo agradeció!
Desde entonces, los viernes ya no eran un problema para Don Pepe. Seguía disfrutando de su trabajo, servía platos deliciosos y contaba chistes a los clientes. Pero ahora, también se cuidaba a sí mismo. Sabía que la salud era lo más importante y que debía escuchar a su cuerpo. ¡Y así, Don Pepe siguió siendo el camarero más feliz de "El Sol Brillante"! ¡Y sus viernes volvieron a ser soleados!
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