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Había una vez, por allá en los rincones más profundos de Soacha, en un barrio donde el viento sopla fuerte y levanta el polvo de las calles sin pavimentar, una familia que estaba pasando las duras y las maduras. El taita, un don muy camellador que se ganaba la vida como cotero en la plaza de Abastos, ya no sabía qué más hacer. La situación estaba tan paila que no tenían ni pa' la changua del desayuno. La madrastra, una mujer con un genio de los mil demonios y más mala que un dolor de muela, le vivía susurrando al oído: 'Oiga, cucho, entienda que aquí no hay cama pa' tanta gente. Si seguimos así, nos vamos a chupar el cable todos. Mañana mismo agarramos a esos chinitos, nos metemos al Transmilenio y los dejamos por allá bien perdidos en el centro, por la localidad de Santa Fe, a ver si alguien se hace cargo'.
Hansel y Gretel, que estaban despiertos porque el hambre no los dejaba pegar el ojo, escucharon todo el visaje. Gretel empezó a chillar: '¡Ay, no, Hansel! ¡Nos van a dejar botados como un par de trapos viejos!'. Pero Hansel, que era más avispa'o que un gato en carnicería, le dijo: 'Relájese, mija, no se me azare. Yo ya tengo el plan para que volvamos a la casa sanos y salvos'. El peladito se salió a la calle a escondidas y recogió un pocotón de tapas de Vive100 que estaban tiradas por ahí en el barro. 'Con esto marco el camino y coronamos la vuelta', pensó.

Al día siguiente, bien tempranito, la madrastra los levantó a punta de gritos: '¡Arriba, par de zánganos! Nos vamos pal centro a ver si conseguimos algo de camello'. Se subieron a un Transmilenio que iba hasta las tetas de gente, empujando y pidiendo permiso como podían. Hansel, cada tanto, soltaba una tapita de Vive100 por la puerta del bus cuando se abría en las estaciones. Llegaron a la Jiménez, caminaron por toda la Séptima y se metieron por allá en los callejones de Santa Fe. El taita, con el corazón arrugado, les dijo que se quedaran quietos en una esquina mientras él iba a buscar un tinto, pero la verdad es que se fue con la mujer y los dejaron solitos.
Cuando cayó la noche y el frío de la capital empezó a calar los huesos, Gretel se puso a llorar. Hansel buscó las tapas, pero ¡paila, socio! Los recicladores habían pasado y se habían llevado todas las tapitas para vender el plástico. Estaban más perdidos que un embolador en una convención de tenis. Caminaron y caminaron, esquivando el mugre y el frío, hasta que de repente, en un rincón donde la neblina se ponía espesa, vieron algo que les hizo brillar los ojos. No era una casa normal, ¡era el paraíso del mecato! Las paredes eran de pan de bono gigante, las ventanas de bocadillo veleño, el techo de chocoramo y la puerta era una galleta de esas de festival.

'¡Ufff, qué elegancia!', dijo Hansel mientras le pegaba un mordisco a una baranda de merengón. En esas, salió una cucha toda encorvada, con unas gafas de botella y una sonrisa que no inspiraba mucha confianza. 'Sigan, mis chinitos, sigan que aquí hay de todo. No se queden ahí afuera que el sereno les hace daño', les dijo con una voz fingida. Los peladitos, que tenían el estómago pegado al espinazo, se metieron sin pensarlo dos veces. Adentro, la vieja les dio una bandeja paisa completa, con huevo, chorizo y aguacate. 'Coman, coman, que necesitan estar bien papis', decía la cucha.
Pero la realidad era otra. La vieja era una bruja de esas que se la pasan haciendo maleficios en el centro. Apenas Hansel se descuidó, lo metió en una jaula de hierro que tenía en el patio. 'A usted me lo voy a comer bien gordito', gritó la vieja, que ya no parecía tan querida. A Gretel la puso a camellar como una loca, trapeando y cocinando todo el día. Cada mañana, la bruja le decía a Hansel: 'Saque un dedo a ver si ya está carnudo'. Pero el Hansel, que no era ningún caído del zarzo, sacaba era un huesito de pollo que había encontrado por ahí. Como la vieja estaba más ciega que un topo, pensaba que el pelado seguía flaco.
Pasaron los días y la vieja se cansó de esperar. '¡Me importa un bledo si está flaco o gordo, hoy me lo como!', gritó. Mandó a Gretel a calentar una olla express gigante donde pensaba meter al chino. 'Venga, mija, asómese a ver si el agua ya está hirviendo', le dijo la vieja a Gretel, con la intención de empujarla a ella también. Pero Gretel, que ya se las sabía todas, le respondió: 'Ay, doña, es que yo no sé cómo se mira eso, ¿por qué no me muestra su mercé?'. La vieja, refunfuñando, se asomó a la olla y, en un abrir y cerrar de ojos, ¡pum!, Gretel le metió un empujón tan berraco que la vieja cayó de jeta en el agua hirviendo. Gretel tapó la olla y ahí quedó la bruja, hecha un caldo.
La niña soltó a Hansel y se abrazaron más fuerte que nunca. Antes de irse, se dieron cuenta de que la vieja tenía una caleta llena de billetes de cincuenta lucas y joyas de las que venden por allá en el centro. Llenaron unos costales con todo ese botín y salieron corriendo. Caminaron hasta la estación de Transmilenio más cercana, pagaron el pasaje y se devolvieron para Soacha. Cuando llegaron a la casa, se enteraron de que la madrastra se había largado con otro y el taita estaba solo y arrepentido. Con toda esa plata, se compraron una casa bien melosa, nunca volvieron a aguantar hambre y, para celebrar, se fueron todos de paseo a Melgar, donde el sol sí calienta y la vida es pura sabrosura. Y colorín colorado, este cuento de barrio se ha acabado.
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