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El sol de junio se filtraba por las ventanas del salón 4-B, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como pequeñas hadas curiosas. La maestra Elena observaba los pupitres, que durante diez meses habían sido el hogar de veinticinco universos diferentes. Había un silencio inusual, ese tipo de silencio que precede a las grandes despedidas, cargado de recuerdos y de una pizca de nostalgia.
—¿Se acuerdan del primer día? —preguntó Elena con una sonrisa, rompiendo el hechizo del silencio. Los niños se miraron entre sí. Parecía que habían pasado siglos desde que entraron por esa puerta con mochilas que parecían más grandes que ellos mismos, con los ojos llenos de preguntas y los lápices perfectamente afilados.
Mateo, siempre el más valiente, levantó la mano. —Yo me acuerdo de la montaña de matemáticas. Pensé que nunca llegaríamos a la cima de las divisiones de dos cifras.
—Y lo lograste, Mateo —respondió Elena—. Todos lo hicieron. No solo escalaron esa montaña, sino que construyeron puentes sobre el río de la ortografía y plantaron un bosque entero en sus cuadernos de ciencias naturales.

La maestra caminó hacia la pizarra, pero esta vez no escribió fórmulas ni reglas gramaticales. En su lugar, sacó una caja de madera vieja y desgastada. Dentro, no había libros, sino pequeños ovillos de hilo de colores y retazos de tela brillante.
—Durante este año, cada uno de ustedes ha sido como una cometa en construcción —explicó Elena mientras repartía los materiales—. Algunos llegaron con varillas un poco frágiles, otros con telas que necesitaban un poco de color. Pero juntos, fuimos reforzando cada estructura. Aprendimos que si una cometa se enreda en un árbol, hay veinticuatro amigos dispuestos a ayudar a bajarla. Aprendimos que el viento en contra no es un obstáculo, sino la fuerza que nos permite subir más alto.
Lucía, una niña de trenzas largas y ojos vivaces, acarició el hilo azul que le había tocado. —Maestra, ¿y ahora qué pasa? En quinto grado el viento soplará más fuerte.
Elena se agachó para quedar a la altura de sus ojos. —Ese es el secreto, Lucía. En cuarto grado aprendieron a equilibrar la cola de sus cometas. Aprendieron que la paciencia es el pegamento más fuerte y que la curiosidad es el papel que mejor atrapa las corrientes de aire. Están listos. No necesitan que yo sostenga el hilo por ustedes; ya saben cuándo soltar y cuándo tirar.

La clase pasó la última hora decorando cometas imaginarias, que en realidad eran sus propios sueños. Recordaron la excursión al museo donde casi se pierden en la sala de los dinosaurios, las risas durante el ensayo de la obra de teatro donde el lobo olvidó sus líneas, y las tardes de lluvia en las que el salón se convertía en un refugio de cuentos y chocolate caliente.
Elena sentía un nudo en la garganta, pero era un nudo de orgullo. Había visto a estos niños crecer no solo en centímetros, sino en bondad. Había visto a Sofía compartir su merienda con quien no tenía, a Diego defender al más pequeño en el recreo, y a todo el grupo unirse para cuidar el pequeño huerto que ahora florecía en el patio.
—Ustedes son mi mejor lección —dijo Elena con la voz un poco quebrada—. Me enseñaron que cada error es solo un borrón que se puede limpiar, y que la alegría de un compañero es la alegría de todos. Mañana, cuando crucen ese umbral, no solo se llevarán sus libretas. Se llevan una parte de este salón en sus corazones.
Al sonar el timbre final, no hubo el habitual estallido de gritos y carreras. Hubo abrazos largos, promesas de escribirse y algunas lágrimas que brillaban como diamantes bajo el sol del mediodía. Uno a uno, los alumnos de cuarto grado salieron al pasillo. Elena los observó desde la puerta.
Ya no eran los niños pequeños del primer día. Caminaban con paso firme, con las espaldas erguidas y la mirada puesta en el horizonte. Ella sabía que, aunque el próximo año otros niños ocuparían esos pupitres, el eco de las risas de este grupo se quedaría guardado en las paredes del salón 4-B para siempre. Las cometas finalmente habían despegado, y el cielo nunca se había visto tan despejado y lleno de posibilidades.
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