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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un reino muy, muy lejano, un zapatero llamado Tomás. Tomás era un hombre bueno, pero pobre. Su taller era pequeño y acogedor, lleno del olor a cuero y la dulce melodía del martillo golpeando. Aunque su vida era sencilla, Tomás tenía un secreto: estaba perdidamente enamorado de la Princesa Isabella, conocida en todo el reino por su gracia y su pasión por el baile.
La Princesa Isabella era como un rayo de sol. Siempre sonreía y sus ojos brillaban como estrellas. A menudo, Tomás la veía pasar frente a su taller en su carruaje, y su corazón latía con fuerza. Sabía que era un sueño imposible. ¿Cómo un humilde zapatero podría siquiera acercarse a una princesa?
Un día, se anunció un gran baile en el palacio. Todas las jóvenes del reino estaban invitadas, y el príncipe de un reino vecino asistiría. Tomás, aunque sabía que no tenía ninguna posibilidad, no podía evitar soñar con bailar con Isabella, aunque fuera por un instante.
La noche del baile, Tomás se quedó en su taller, trabajando hasta tarde. Estaba haciendo unos zapatos especiales, los más hermosos que jamás había creado. Eran de un cuero suave como la seda, adornados con pequeñas perlas que brillaban como la luna. No eran para la princesa, por supuesto. Eran para una campesina que los había encargado para su boda. Pero mientras los hacía, no podía evitar imaginarlos en los pies de Isabella.
Cuando terminó, ya era muy tarde. Tomás se sentó, cansado, y miró los zapatos. Una idea loca le cruzó la mente. ¿Y si...? No, era ridículo. Pero la idea persistía.
Al día siguiente, Tomás se levantó temprano y fue al mercado. Compró una tela de seda azul brillante, del mismo color de los ojos de Isabella. Con mucho cuidado, cosió un traje sencillo pero elegante. No era un traje de gala, por supuesto, pero era lo mejor que podía hacer.
Esa noche, Tomás se puso su traje nuevo y se dirigió al palacio. Sabía que lo más probable era que lo echaran a patadas, pero no podía evitarlo. Tenía que intentarlo.
Cuando llegó a las puertas del palacio, los guardias lo miraron con desconfianza. "¿Quién eres tú y qué quieres?", preguntaron.
Tomás respiró hondo. "Soy Tomás, el zapatero", dijo. "Solo quiero ver a la princesa."
Los guardias se rieron. "¿Un zapatero? ¿Quieres ver a la princesa? ¡Vuelve a tu taller!"
Pero Tomás no se movió. "Por favor", dijo. "Solo un momento. He hecho algo para ella."
Uno de los guardias, un hombre de buen corazón, sintió lástima por Tomás. Suspiró y dijo: "Está bien. Espera aquí. Veré si puedo hacer algo."
El guardia entró al palacio y regresó unos minutos después con una sonrisa. "La princesa te recibirá", dijo. "Pero compórtate."
Tomás no podía creerlo. Entró al palacio, con el corazón latiendo a mil por hora. Lo llevaron a un salón donde la Princesa Isabella estaba sentada, rodeada de damas y caballeros.
Cuando Isabella vio a Tomás, se sorprendió. Nunca lo había visto de cerca antes. Lo miró con curiosidad.
Tomás se inclinó torpemente. "Princesa Isabella", dijo. "He venido a... a ofrecerle algo."
Tomás sacó la caja con los zapatos de cuero. Los abrió y se los mostró a Isabella.
Isabella se quedó sin aliento. Los zapatos eran hermosos, los más hermosos que jamás había visto. "¿Tú los hiciste?", preguntó.
Tomás asintió. "Sí, princesa. No son para usted, pero... quería que los viera."
Isabella sonrió. "Son maravillosos", dijo. "Gracias, Tomás el zapatero."
Entonces, Isabella hizo algo inesperado. Se levantó y le ofreció la mano a Tomás. "¿Bailarías conmigo?", preguntó.
Tomás se quedó sin palabras. No podía creerlo. ¡La Princesa Isabella quería bailar con él!
Tomás tomó la mano de Isabella y la guio a la pista de baile. Bailaron toda la noche, riendo y hablando. Tomás se dio cuenta de que Isabella era aún más hermosa por dentro que por fuera. Ella era amable, inteligente y divertida.
Al final de la noche, Isabella le dio las gracias a Tomás por haber venido. "Nunca olvidaré esta noche", dijo. "Gracias por los hermosos zapatos, y gracias por el baile."
Tomás regresó a su taller con el corazón lleno de alegría. Sabía que nunca podría casarse con Isabella, pero había tenido la oportunidad de bailar con ella, y eso era suficiente.
Pero la historia no termina ahí. Unos días después, Isabella visitó a Tomás en su taller. Le dijo que había quedado impresionada con su talento y su bondad. Le ofreció un puesto como zapatero real.
Tomás aceptó con gratitud. Se convirtió en el zapatero real, y su taller se hizo famoso en todo el reino. Pero lo más importante es que siguió siendo amigo de la Princesa Isabella, y su amor platónico se transformó en una amistad verdadera y duradera. Y aunque no se casaron, ambos vivieron felices, cada uno a su manera, recordando siempre la noche mágica en la que un humilde zapatero bailó con una princesa.
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