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Gratis · elige una vozEla adoraba Sanmaín. Más que los caramelos, más que los disfraces, le encantaba la magia que flotaba en el aire la noche del 31 de octubre. Este año, Sanmaín era aún más especial. El abuelo Xoán, el mejor tallador de calabazas del pueblo, había prometido crear una calabaza gigante, ¡la más grande jamás vista! La calabaza, llamada "A Estrela de Sanmaín" (La Estrella de Sanmaín), iba a iluminar toda la plaza.
Pero la mañana de Sanmaín, ¡la calabaza había desaparecido! Ela se despertó con el alboroto. Los niños corrían de un lado a otro, preguntando por la calabaza. El abuelo Xoán, normalmente risueño, tenía el rostro pálido y preocupado.
"¡Ela, necesito tu ayuda!" exclamó el abuelo, sujetando las manos de Ela. "Eres la detective más astuta que conozco. ¡Debes encontrar A Estrela de Sanmaín antes de que caiga la noche!"
Ela, con su disfraz de pequeña meiga (brujita), se puso manos a la obra. Primero, inspeccionó el lugar donde había estado la calabaza. No había rastros de forcejeo, ni pisadas sospechosas. Solo un pequeño botón brillante, azul como el cielo de verano, tirado en el suelo. Ela lo guardó en el bolsillo de su delantal.
Su primera pista la llevó a la panadería de Dona Lola. Dona Lola siempre sabía todo lo que pasaba en el pueblo. "¿Has visto algo inusual esta mañana, Dona Lola?" preguntó Ela, mostrando su mejor sonrisa de detective.
Dona Lola, amasando pan, se rascó la barbilla. "Pues, ahora que lo dices, vi pasar al gato de Don Ramón, Micho, corriendo más rápido de lo normal. Parecía asustado."
Micho, el gato de Don Ramón, era un gato muy miedoso. ¿Qué lo habría asustado tanto? Ela siguió las huellas de Micho hasta el huerto de Don Ramón. Allí, encontró una pequeña pluma roja, similar a las que adornaban el sombrero de la marioneta del titiritero, Tío Manolo.
Ela fue a buscar a Tío Manolo, que estaba montando su teatrillo en la plaza. "Tío Manolo, ¿has perdido una pluma de tu marioneta?" preguntó Ela.
Tío Manolo revisó su sombrero. "¡Vaya, sí, falta una! Debió caerse cuando fui a buscar agua al pozo."
El pozo... Ela corrió hacia el pozo del pueblo. Al asomarse, vio algo brillante en el fondo. ¡Era el sombrero de Don Ramón! ¿Qué hacía el sombrero de Don Ramón en el pozo? Y, más importante, ¿dónde estaba Don Ramón?
Ela encontró a Don Ramón sentado en un banco, con la cabeza entre las manos. "¿Qué te pasa, Don Ramón?" preguntó Ela con dulzura.
Don Ramón levantó la vista, con los ojos rojos. "Perdí mi sombrero en el pozo. Intenté sacarlo, pero resbalé y me torcí el tobillo. ¡Y ahora no puedo disfrutar de Sanmaín!"
Ela ayudó a Don Ramón a levantarse y lo llevó a su casa. Mientras lo acompañaba, vio algo asomando por detrás de su cobertizo: ¡una rueda de carro! Recordó que el carretero, Don Pepe, había estado buscando una rueda de repuesto.
Fue a buscar a Don Pepe. "Don Pepe, ¿encontraste la rueda que necesitabas?" preguntó Ela.
Don Pepe suspiró. "Sí, la encontré, pero es demasiado grande. ¡No cabe en mi carro!"
Ela tuvo una idea. "¿Podrías llevarme al lugar donde encontraste la rueda, Don Pepe?"
Don Pepe la llevó a un pequeño claro en el bosque, cerca de la plaza. Y allí, ¡estaba! A Estrela de Sanmaín, camuflada entre los árboles, sostenida por la rueda de carro. Alguien la había rodado hasta allí para esconderla.
Pero, ¿quién? Ela vio algo brillante en la calabaza: ¡otro botón azul! ¡El mismo botón que había encontrado en la plaza! De repente, lo entendió todo.
Corrió a la casa del abuelo Xoán. "¡Abuelo, ya sé quién se llevó A Estrela de Sanmaín!" exclamó Ela, jadeando por el esfuerzo. "Fue... ¡el perro de la alcaldesa, Max! Siempre está celoso de tu calabaza. ¡Le gusta ser el centro de atención!"
Fueron juntos al claro en el bosque. Allí estaba Max, ladrando alegremente a la calabaza. Había estado jugando con ella, rodándola por el bosque. Al parecer, el botón azul se le había caído del collar mientras jugaba.
El abuelo Xoán sonrió. "Max solo quería jugar. No sabía que estaba haciendo algo malo."
Con la ayuda de Don Pepe y su carro, llevaron A Estrela de Sanmaín de vuelta a la plaza. El abuelo Xoán la iluminó, y la plaza se llenó de una luz cálida y mágica. Ela, la pequeña meiga detective, había salvado Sanmaín. Y Max, el perro travieso, recibió un montón de abrazos y, por supuesto, ¡un premio especial: un delicioso hueso con forma de calabaza!
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