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Había una vez una niña llamada Elizabeth. Elizabeth era muy curiosa. Ella vivía en una ciudad con mucha gente. En su ciudad, se escuchaban muchos sonidos. Se escuchaban los coches. Se escuchaban los pájaros. Pero sobre todo, se escuchaban las voces de las personas.
Un día, Elizabeth fue a la plaza. Vio a un niño con una pelota roja. El niño gritó algo que Elizabeth no entendió. El niño hablaba un idioma diferente. Elizabeth se sintió un poco triste. Ella quería jugar, pero no sabía qué decir. Elizabeth corrió a su casa. Fue a buscar a su abuela Sofía. La abuela Sofía era muy sabia. Ella siempre tenía cuentos mágicos para contar.
—Abuela, ¿por qué no todos hablamos igual? —preguntó Elizabeth.
La abuela Sofía sonrió. Ella sentó a Elizabeth en sus rodillas.
—Hace mucho tiempo —dijo la abuela—, el mundo era muy silencioso. Las personas no tenían palabras. Pero las personas sí sentían cosas en su corazón.
Elizabeth abrió mucho sus ojos.
—¿Cómo se entendían entonces? —preguntó ella.
—Usaban los colores de sus emociones —explicó la abuela—. Cada persona tenía un jardín dentro del pecho. Cuando alguien estaba muy feliz, nacía una flor amarilla. Cuando alguien estaba triste, caía una lluvia de color azul. Si alguien tenía miedo, crecían sombras de color gris. Y si alguien estaba enojado, saltaban chispas de color rojo.
Elizabeth se tocó el pecho. Imaginó su propio jardín de colores.
—Un día —siguió la abuela—, una niña quiso compartir su alegría. Ella vio a un amigo y sintió un color amarillo brillante. Para que su amigo supiera qué sentía, ella hizo un sonido: “¡A-la-la!”. Su amigo sonrió. Él también se sintió de color amarillo. Él repitió el sonido: “¡A-la-la!”. Ese fue el primer idioma de la felicidad.
Elizabeth se rió. El sonido “A-la-la” le pareció muy divertido.
—Pero en otros lugares del mundo —dijo la abuela—, otras personas eligieron sonidos distintos. Un grupo de personas en la montaña usó el sonido “Sun-sun” para el color amarillo. Otro grupo en el mar usó el sonido “Bi-bi”. Todos sentían la misma alegría amarilla, pero usaban palabras diferentes para llamarla.
Elizabeth pensó en el niño de la pelota roja.
—¿Entonces el niño también tiene colores? —preguntó Elizabeth.
—¡Claro que sí! —dijo la abuela—. Sus palabras son diferentes, pero sus colores son iguales a los tuyos. Si él se ríe, su corazón es amarillo. Si él llora, su corazón es azul. No importa el sonido que salga de su boca. Lo que importa es el color del corazón.
Elizabeth se sintió muy feliz. Al día siguiente, volvió a la plaza. Buscó al niño de la pelota roja. El niño estaba sentado solo. Elizabeth se acercó despacio. Ella recordó lo que dijo su abuela. Ella no sabía sus palabras, pero conocía sus colores.
Elizabeth le dio una sonrisa muy grande. Su sonrisa era brillante y amarilla. El niño la miró y también sonrió. Elizabeth señaló la pelota. Ella dijo una palabra en su idioma: “¡Jugar!”. El niño asintió con la cabeza. Él dijo una palabra extraña: “¡Play!”.
Elizabeth se dio cuenta de algo maravilloso. “Play” y “Jugar” eran del mismo color. Eran palabras amarillas de diversión. Los dos niños corrieron por todo el parque. Saltaron y gritaron de alegría. A veces Elizabeth decía cosas en su idioma. A veces el niño decía cosas en el suyo. Pero los dos entendían la risa. Los dos entendían el juego.
Más tarde, Elizabeth vio a una niña pequeña. La niña se había caído al suelo. Su corazón se veía de color azul. Estaba muy triste. Elizabeth se acercó y le dio un abrazo muy fuerte. No necesitó decir ninguna palabra. El abrazo fue una palabra de amor. La niña dejó de llorar. Su color azul se volvió un poco más claro.
Elizabeth regresó a casa muy contenta. Le contó todo a su abuela Sofía.
—Aprendí que las emociones son el idioma de todos —dijo Elizabeth con orgullo.
La abuela la abrazó.
—Así es, pequeña —dijo la abuela—. Las palabras son como puentes. Nos ayudan a ir de un corazón a otro. Es muy lindo aprender muchas palabras. Pero nunca olvides mirar los colores de los demás. Allí es donde viven los sentimientos de verdad.
Desde ese día, Elizabeth quiso aprender muchas palabras nuevas. Quería saber cómo se dice “amigo” en todos los idiomas del mundo. Pero sobre todo, Elizabeth se volvió una experta en colores. Ella podía ver la alegría y el amor en cualquier persona. No importaba de qué país vinieran.
Elizabeth creció y viajó por muchos sitios. Siempre llevaba su sonrisa amarilla. Y en cada lugar, dejaba un rastro de colores hermosos. Porque Elizabeth sabía el secreto más grande. Las palabras pueden ser diferentes, pero el corazón siempre habla el mismo idioma.
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