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En un rincón muy colorido de la Ciudad de los Monstruos, vivía Elmo, un pequeño monstruo de pelaje rojo y ojos muy curiosos. Elmo era muy bueno saltando charcos de lodo y haciendo burbujas de jabón gigantes, pero había algo que le causaba una pequeña punzada de tristeza en su corazón de lana: Elmo no sabía escribir su nombre. Cada vez que iba a la biblioteca del Sabio Búho o quería firmar un dibujo para su mamá, solo podía hacer una mancha roja con su dedo. Un nombre es como una llave, le decía siempre su abuela, abre las puertas de quién eres.
Una mañana soleada, Elmo decidió que ya era hora de aprender. Se puso su mochila azul y caminó hasta el Jardín de las Letras, un lugar donde los árboles no daban frutas, sino abecedarios brillantes. Allí se encontró con la Maestra Osa, una osa muy elegante que usaba gafas de media luna y siempre llevaba una tiza mágica tras la oreja. Maestra Osa, dijo Elmo con voz pequeñita, quiero aprender a escribir quién soy. Quiero escribir mi nombre. La Maestra Osa sonrió y le dijo: Para escribir tu nombre, Elmo, primero debemos conocer a las cinco hermanas que dan música a las palabras: las Vocales.
La Maestra Osa llevó a Elmo frente a un gran arenero mágico. La primera es la A, dijo ella, dibujando una montaña con un cinturón. La A de Amistad y de Avión. Elmo lo intentó, pero sus dedos se enredaban. No te preocupes, dijo la maestra, cada letra tiene su ritmo. Luego pasaron a la E. La E es como un peine sin mango, Elmo. Es la letra de Estrella y de... ¡tu propio nombre!. Elmo abrió mucho los ojos. La E era su letra inicial, la que abría la puerta de su identidad. Con mucho cuidado, trazó una línea hacia abajo y tres rayitas hacia el lado. ¡Parecía una escalerita!
Después conocieron a la I, que era tan delgadita como un fideo y llevaba un sombrero de punto. I de Imaginación, susurró Elmo. Siguieron con la O, que era redonda como una galleta y siempre parecía estar sorprendida: ¡Oh!. Finalmente, llegaron a la U, que parecía una cuerda de saltar colgada entre dos árboles. U de Unicornio y de Unión, explicó la Maestra Osa. Elmo practicó y practicó. Al principio, las letras parecían garabatos de espagueti, pero poco a poco, empezaron a verse derechitas y fuertes.
Ahora, Elmo, vamos a unir las piezas del rompecabezas, dijo la Maestra Osa. Tu nombre tiene cuatro letras. Empieza con la E valiente, sigue con la L elegante, luego la M de montaña y termina con la O redonda. Elmo tomó un palo de madera y se acercó a la arena. Respiró profundo. Recordó que su nombre era importante porque era el regalo que sus padres le dieron al nacer. Era su marca en el mundo. Con mano firme, dibujó la E grande y orgullosa. Luego la L, larga y estirada. Después la M, que subía y bajaba como las colinas donde jugaba. Y finalmente, la O, cerrando su nombre con un círculo perfecto.
¡ELMO!, gritó el pequeño monstruo saltando de alegría. Al pronunciar su nombre mientras lo veía escrito, sintió una chispa de magia. De repente, las letras en la arena empezaron a brillar con una luz dorada. La Maestra Osa aplaudió con sus grandes patas. Lo has logrado, Elmo. Ahora el mundo sabe quién eres. Pero la lección no terminó ahí. La maestra le explicó que escribir su nombre no era solo hacer dibujos en la arena. Tu nombre es tu promesa. Cuando firmas algo, estás diciendo: Yo estuve aquí, esto es mío, esto es lo que pienso.
Elmo pasó toda la tarde practicando en diferentes lugares. Escribió ELMO con tiza en la acera, lo escribió con pétalos de flores en el césped y hasta intentó formarlo con nubes imaginarias en el cielo. Se dio cuenta de que las vocales estaban en todas partes. La A estaba en su amiga Ana, la E en el elefante del zoológico, la I en la iglesia del pueblo, la O en el oso de peluche y la U en las uvas que merendaba. Se sintió como si hubiera descubierto un código secreto que antes era invisible para él.
Al regresar a casa, Elmo no podía esperar para mostrarle a su mamá su nuevo superpoder. Tomó un papel blanco y sus crayones favoritos. Con el color verde esperanza, escribió su nombre en el centro de la hoja. Alrededor, dibujó corazones y estrellas. Cuando su mamá entró en la habitación y vio el papel, sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad. Oh, Elmo, dijo dándole un abrazo gigante, has escrito la palabra más hermosa del universo. Elmo entendió en ese momento que saber escribir su nombre le daba independencia. Ya no necesitaba que nadie más lo identificara; él podía presentarse solito ante el mundo.
Esa noche, antes de dormir, Elmo miró las estrellas por su ventana. Pensó en cómo las letras eran como pequeños ladrillos que construían historias. Se prometió a sí mismo que aprendería todas las letras del abecedario, no solo las de su nombre, para poder escribir cuentos sobre monstruos valientes y viajes espaciales. Se durmió con una sonrisa, soñando con letras que bailaban y vocales que cantaban canciones de cuna. El pequeño monstruo rojo ya no solo era Elmo por fuera; ahora, gracias a la magia de la escritura, era Elmo por dentro y por fuera, dueño de su propia historia y de su hermoso nombre.
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