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En el soleado pueblo de Villa Verde, vivía un escorpión llamado Eustaquio. Eustaquio no era un escorpión cualquiera; ¡era el abogado de la municipalidad! Vestía un diminuto traje gris, llevaba unas gafas redondas que siempre se le resbalaban por su aguijón, y caminaba con un andar pomposo que hacía reír a los caracoles.
Eustaquio era famoso (o infame, según a quién le preguntaras) por su estricta aplicación de la Ley 501. Esta ley, un tanto enrevesada, permitía despedir a los trabajadores municipales que faltaran más de tres días al trabajo sin justificación, que robaran algo, o que cometieran accidentes de tráfico sin una causa clara. Eustaquio, con la aprobación de los jefes, se tomaba muy en serio la Ley 501.
Cada vez que un trabajador cometía una infracción, los jefes municipales solicitaban una "comisión bipartita". Era Eustaquio quien enviaba las notificaciones para la convocatoria a dicha comisión. La comisión bipartita era una reunión donde se decidía el destino del trabajador: una sanción pecuniaria (una multa), un despido, o una semana sin paga. Eustaquio, después de escuchar los argumentos, siempre aprobaba lo que los jefes decidían, y enviaba las temidas notificaciones.
Un día, la ardilla Aurora, que trabajaba como jardinera, tuvo un pequeño accidente con su carrito de flores. Intentando evitar un grupo de tortugas que cruzaban la calle, chocó contra un poste de luz. El poste quedó torcido, y Aurora, muy asustada, no supo qué hacer. Los jefes municipales solicitaron la comisión bipartita.
Aurora, temblorosa, recibió la notificación de Eustaquio. "¡Ay, no! ¡La Ley 501! ¡Me van a despedir!" exclamó, con lágrimas en los ojos. Sus amigos, el oso Benito, que era basurero, y la coneja Carlota, que trabajaba en la biblioteca, se preocuparon mucho.
"No te preocupes, Aurora," dijo Benito con su voz grave. "Buscaremos la manera de ayudarte." Carlota, siempre ingeniosa, añadió: "Tal vez podamos hablar con Eustaquio. Seguro que entiende que fue un accidente sin mala intención."
Benito y Carlota fueron a ver a Eustaquio a su oficina. La oficina era pequeña y estaba llena de papeles y libros de leyes. Eustaquio, sentado en su escritorio, los recibió con una mirada severa.
"¿Qué desean?" preguntó Eustaquio, ajustándose sus gafas.
"Señor Eustaquio," comenzó Benito, "queremos hablarle sobre el caso de Aurora. Sabemos que cometió un error, pero fue un accidente. Ella es una buena trabajadora y ama su trabajo."
"La Ley es la Ley," respondió Eustaquio con frialdad. "La Ley 501 es muy clara. Accidente de tráfico sin justificación, despido."
Carlota, con suavidad, dijo: "Pero señor Eustaquio, las tortugas siempre cruzan la calle por ahí. Es peligroso. Quizás la municipalidad debería poner una señal de advertencia."
Eustaquio se quedó pensativo. Nunca había pensado en eso. Siempre se había limitado a aplicar la Ley, sin considerar las circunstancias.
"Hmm," murmuró Eustaquio. "Una señal de advertencia... es una idea interesante."
Al día siguiente, en la comisión bipartita, Eustaquio sorprendió a todos. Después de escuchar los argumentos de los jefes, se puso de pie y dijo: "Después de considerar cuidadosamente el caso de la señorita Aurora, y tras escuchar a sus compañeros, he llegado a la conclusión de que el accidente se debió a la falta de señalización en la zona. Por lo tanto, propongo que en lugar de despedir a la señorita Aurora, se le imponga una sanción pecuniaria leve y que se coloque una señal de advertencia en la calle."
Los jefes municipales, sorprendidos, aceptaron la propuesta de Eustaquio. Aurora se salvó del despido, y Villa Verde tuvo una nueva señal de advertencia para las tortugas.
Eustaquio, a partir de ese día, empezó a aplicar la Ley 501 con más criterio. Ya no se limitaba a seguir las órdenes de los jefes, sino que consideraba las circunstancias y buscaba soluciones justas para todos. Se dio cuenta de que la Ley no era solo un conjunto de reglas, sino una herramienta para hacer justicia y mejorar la vida de las personas. Y aunque seguía siendo el escorpión abogado, ahora era conocido como el "Escorpión Justo" de Villa Verde. Los caracoles, ahora, reían con él, no de él.
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