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Fátima tenía dos años y una energía que parecía no acabarse nunca. Su cabello negro, largo y medio liso, ondeaba al viento mientras corría por el campo. Sus ojos color miel brillaban con cada nueva aventura que descubría. Su piel blanca contrastaba con el verde intenso de la hierba y el azul profundo del cielo. A Fátima le encantaban los animales, grandes y pequeños: las vacas que mugían suavemente, los conejos que saltaban entre los matorrales, y las mariposas que revoloteaban a su alrededor. Le gustaba el campo, sentir la tierra bajo sus pies descalzos y oler el aroma dulce de las flores silvestres. Y, por encima de todo, a Fátima le encantaba bailar y los deportes… ¡bueno, lo que una niña de dos años considera deportes extremos!
Un día soleado, Fátima estaba jugando cerca del río Sonriente. Este río no era muy profundo, pero sí tenía algunas piedras grandes y resbaladizas. Fátima había visto a su hermano mayor, Santiago, saltar de una piedra a otra, como si fuera un acróbata. Ella quería hacer lo mismo, ¡pero las piedras parecían muy altas desde su perspectiva!
"¡Yo quiero, yo quiero!" exclamó Fátima, señalando las piedras con su dedito.
Su abuela, Elena, que la estaba cuidando, sonrió. "Esas piedras son un poco grandes para ti, mi amor. Podrías caerte."
Pero Fátima era muy persistente. Empezó a bailar alrededor de su abuela, moviendo sus bracitos y cantando una canción inventada. Luego, volvió a señalar las piedras.
Abuela Elena suspiró con cariño. Sabía que Fátima no se rendiría fácilmente. "Está bien, Fátima. Pero solo puedes saltar con mi ayuda, ¿de acuerdo?"
Los ojos de Fátima brillaron aún más. "¡Sí! ¡Sí!"
Abuela Elena tomó la mano de Fátima y la acompañó hasta la primera piedra. Era una piedra grande y plana, pero un poco resbaladiza. Fátima miró a su abuela con un poco de miedo.
"No te preocupes, yo te sostengo fuerte," dijo Abuela Elena con voz tranquilizadora.
Fátima respiró hondo y, con la ayuda de su abuela, saltó a la primera piedra. ¡Lo había hecho! Se rió con alegría y aplaudió con sus manitas.
Luego, miró hacia la siguiente piedra. Era un poco más lejos y un poco más alta. Dudó por un momento, pero luego recordó lo divertido que era bailar y sintió el espíritu aventurero que siempre la acompañaba.
"¡Otra vez, abuela! ¡Otra vez!"
Abuela Elena la sostuvo con fuerza y Fátima saltó de nuevo. Esta vez, fue un poco más difícil, pero logró aterrizar en la siguiente piedra. ¡Estaba tan orgullosa de sí misma!
Continuaron saltando de piedra en piedra, con Fátima riendo y gritando de alegría. Abuela Elena la animaba y la felicitaba por su valentía. A medida que avanzaban, Fátima se sentía más confiada y segura de sí misma. Ya no tenía tanto miedo y empezaba a disfrutar de la emoción del salto.
De repente, vieron algo que las sorprendió. En la última piedra, la más grande de todas, había un pequeño patito atrapado. El patito piaba con tristeza y parecía muy asustado.
Fátima, al ver al patito en apuros, sintió una gran compasión. Se soltó de la mano de su abuela y corrió hacia el patito.
"¡Pato, pato! ¡No llores!" dijo Fátima con voz suave.
Con cuidado, tomó al patito en sus manos y lo abrazó con cariño. El patito dejó de piar y se acurrucó en sus brazos.
Abuela Elena se acercó y sonrió. "Qué niña tan buena eres, Fátima. Siempre pensando en los demás."
Juntas, volvieron a la orilla del río con el patito en brazos. Lo dejaron suavemente en la hierba y observaron cómo corría hacia su mamá pata, que lo esperaba ansiosamente.
Fátima sintió una gran alegría al ver al patito reunido con su familia. Había superado su miedo, había saltado las piedras del río Sonriente y, lo más importante, había ayudado a un animal que lo necesitaba. Ese día, Fátima aprendió que la valentía no solo se trata de hacer cosas difíciles, sino también de ayudar a los demás y ser amable con los animales. Y, por supuesto, que bailar y los deportes (¡incluso los extremos para una niña de dos años!) son siempre una buena idea.
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