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Gratis · elige una vozFaustina tenía cinco años y una capa imaginaria, aunque ella no lo supiera. Su barriga era un poco redondita, como una pequeña sandía, y sus coletas castañas saltaban cuando corría. Pero hoy, Faustina no corría. Estaba sentada en el sofá, muy quieta, con un ceño fruncido que le hacía parecer una pequeña y preocupada detective.
"Mamá," dijo Faustina, su voz un susurro, "¿qué significa hermana mayor?"
Mamá, que estaba tejiendo una mantita azul cielo, sonrió. "Significa que vas a tener un hermanito o una hermanita, Faustina. Un bebé que vas a amar mucho y cuidar."
Faustina no parecía muy convencida. "¿Cuidar? ¿Como a mi oso Teddy? ¿Tengo que darle mi jugo de naranja?"
Mamá rió. "Algo así, pero un poquito diferente. Le darás mucho amor, lo ayudarás a aprender cosas nuevas, y jugarás con él o ella. Serás una súper hermana mayor."
"¿Súper?", los ojos de Faustina se iluminaron. De repente, la capa imaginaria se hizo más real. "¿Como Súper Mujer? ¿Tendré poderes? ¿Podré volar?"
"Bueno," dijo Mamá, guiñando un ojo, "tendrás el poder de hacer sonreír a un bebé, y eso es un poder muy grande."
Los días siguientes fueron una mezcla de emoción y confusión para Faustina. Mamá estaba más cansada de lo normal, y Papá cocinaba cosas extrañas que olían a ajo y brócoli. La casa se llenó de cajas con cosas pequeñas: calcetines diminutos, gorritos suaves, y un montón de pañales. Faustina intentó usar uno de los pañales como sombrero, pero Mamá la detuvo con una sonrisa.
Un día, Mamá y Papá fueron al hospital. Faustina se quedó con la Abuela Rosa, una señora con arrugas amables y un delantal lleno de manchas de colores. La Abuela Rosa le preparó galletas de chocolate y le contó historias de cuando Mamá era pequeña y le encantaba esconderse dentro de las ollas vacías.
Después de lo que pareció una eternidad, Papá volvió con una sonrisa enorme y una canasta pequeña envuelta en una manta blanca. "¡Faustina, ven a conocer a tu hermanita!", dijo Papá con voz suave.
Faustina se acercó con cautela. Dentro de la canasta, dormía un bebé diminuto con una nariz pequeña y un mechón de pelo oscuro. Era mucho más pequeña y arrugada de lo que Faustina había imaginado. No se parecía en nada a Súper Mujer.
"Se llama Lucía," dijo Papá. "¿Quieres tocar su manita?"
Faustina extendió un dedo tembloroso y tocó la manita de Lucía. Era suave y cálida. Lucía se movió un poco y abrió los ojos. Eran ojos grandes y azules que miraron a Faustina con curiosidad.
De repente, Lucía sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Faustina la vio. Y sintió algo extraño y maravilloso en su corazón. No era exactamente como volar, pero era algo parecido.
En los días siguientes, Faustina aprendió muchas cosas sobre ser una súper hermana mayor. Aprendió a cantarle canciones de cuna a Lucía (aunque a veces cantaba las canciones al revés). Aprendió a ayudar a Mamá a cambiar los pañales (aunque al principio le parecía un poco asqueroso). Aprendió a compartir sus juguetes (aunque a veces le costaba mucho).
Pero lo más importante que aprendió Faustina es que ser una súper hermana mayor no se trataba de tener poderes mágicos, sino de dar amor y cuidado. Se trataba de hacer sonreír a Lucía, de protegerla y de jugar con ella. Se trataba de ser la mejor hermana mayor que podía ser.
Un día, Faustina estaba jugando con Lucía en el suelo. Lucía estaba boca abajo, intentando levantar la cabeza. Faustina se sentó a su lado y le animó. "¡Vamos, Lucía! ¡Tú puedes! ¡Eres una súper bebé!"
Lucía hizo un esfuerzo y logró levantar la cabeza por un segundo. Luego, se cayó hacia delante, pero no lloró. En cambio, soltó una risita. Faustina rió también.
En ese momento, Faustina supo que no necesitaba una capa imaginaria para ser una súper hermana mayor. Ya lo era. Y tenía el poder más grande de todos: el poder del amor.
Por la noche, antes de dormir, Faustina le contó a Lucía un cuento. Le habló de una niña llamada Faustina que se convertía en una súper hermana mayor y salvaba el mundo con su amor. Lucía la escuchó con atención, moviendo sus pequeñas manos y pies. Y Faustina supo que juntas, ella y Lucía, podrían conquistar cualquier cosa. Porque ahora, eran un equipo. Un equipo de súper hermanas.
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