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Gratis · elegí una vozEn lo alto de la Montaña Nublada, vivía un dragón llamado Ferdinando. Ferdinando era diferente a todos los demás dragones. Mientras que sus hermanos y hermanas rugían y escupían fuego con facilidad, Ferdinando… bueno, Ferdinando solo podía estornudar. Y no estornudos de fuego, ¡sino estornudos de hielo!
"¡Achís!" estornudaba Ferdinando, y una pequeña nube de escarcha se formaba en el aire. Sus padres, Dragón Papá y Dragón Mamá, estaban preocupados. Todos los dragones debían aprender a controlar su fuego. Era una parte importante de ser un dragón.
"Ferdinando," decía Dragón Papá con un rugido suave, "debes concentrarte. Piensa en el sol, en las llamas, en el calor abrasador."
Ferdinando lo intentaba con todas sus fuerzas. Cerraba los ojos, apretaba los puños y pensaba en el sol más brillante que jamás había visto. Pero en lugar de fuego, solo sentía… frío.
"¡Achís!" estornudaba de nuevo, y una pequeña estatua de hielo de un conejito se formaba en el suelo.
Dragón Mamá suspiraba. "Quizás necesites un poco de práctica adicional, cariño," decía, intentando sonar optimista.
Así que Ferdinando practicaba. Practicaba todos los días. Intentaba rugir más fuerte, respirar más profundamente, y concentrarse con más intensidad. Pero nada funcionaba. En lugar de fuego, solo salían estornudos helados. Había llenado su cueva con esculturas de hielo: osos, ardillas, incluso un retrato bastante decente de Dragón Papá (aunque un poco escarchado).
Los otros dragones se burlaban de él. "¡Mira a Ferdinando, el Dragón Frío!" gritaban. "¡En lugar de quemar, congela!"
Ferdinando se sentía muy triste. Quería ser como los demás dragones. Quería rugir y escupir fuego y asustar a las ovejas (aunque secretamente pensaba que las ovejas eran bastante lindas). Un día, mientras estaba sentado solo en la cima de la Montaña Nublada, llorando lágrimas que se congelaban al instante, escuchó un grito.
"¡Ayuda! ¡Ayuda!" era una vocecita. Ferdinando se levantó de un salto (bueno, un salto torpe y resbaladizo debido a toda la escarcha) y siguió el sonido.
Encontró a una pequeña hada atrapada en una telaraña gigante. La telaraña estaba hecha de un material pegajoso y brillante, y la hada no podía liberarse.
"¡Por favor, ayúdame!" lloriqueaba la hada. "Esta telaraña es muy fuerte, y el sol se está poniendo. Si me quedo aquí toda la noche, me congelaré!"
Ferdinando lo intentó todo para liberarla. Intentó tirar de la telaraña, pero era demasiado pegajosa. Intentó morderla, pero sus dientes se quedaban atascados. Estaba a punto de rendirse cuando tuvo una idea.
Cerró los ojos, respiró hondo y pensó en lo fría que se sentiría la hada si se quedaba atrapada toda la noche. Pensó en la escarcha, en el hielo, en el viento helado.
"¡Achís!" estornudó Ferdinando. Pero esta vez, no fue un simple estornudo de hielo. Fue un estornudo gigante, un estornudo de escarcha que congeló la telaraña al instante. La telaraña se hizo añicos, y la hada cayó al suelo, sana y salva.
"¡Lo hiciste!" exclamó la hada, volando alrededor de la cabeza de Ferdinando. "¡Me salvaste! ¡Eres un héroe!"
Ferdinando se sonrojó (bueno, sus escamas se volvieron un poco más rosadas). Nunca antes lo habían llamado héroe.
"Gracias," dijo tímidamente. "Pero… solo estornudé."
"¡Pero fue un estornudo de hielo mágico!" dijo la hada. "¡Y fue justo lo que se necesitaba! ¡Sin tu estornudo, me habría congelado!"
La hada voló a su aldea y les contó a todos sobre Ferdinando, el Dragón Frío que la había salvado. Pronto, la noticia se extendió por toda la Montaña Nublada. Los otros dragones, los que antes se burlaban de él, ahora lo miraban con admiración.
Dragón Papá y Dragón Mamá estaban muy orgullosos. "Ferdinando," dijo Dragón Papá, "quizás no puedas escupir fuego, pero tienes un don especial. Tu estornudo de hielo puede salvar vidas."
Desde ese día, Ferdinando ya no intentó ser como los demás dragones. Aceptó su don y lo usó para ayudar a los demás. Congelaba arroyos para que los animales pudieran cruzar, creaba esculturas de hielo para decorar la aldea de las hadas y, por supuesto, rescataba a cualquiera que quedara atrapado en telarañas pegajosas.
Ferdinando, el Dragón Frío, se convirtió en el dragón más querido de la Montaña Nublada. Y aunque todavía estornudaba mucho, ya no le importaba. Sabía que su estornudo helado lo hacía especial, y que incluso un dragón que no podía escupir fuego podía ser un héroe.
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