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Érase una vez una mujer que se llamaba Flor. Flor era como un rayo de sol, siempre contenta y con una sonrisa que iluminaba el mundo. Su risa era contagiosa como un estornudo, pero mucho más agradable. En cambio, existía un hombre llamado Roberto. Roberto, pobre hombre, parecía haber nacido con el ceño fruncido. Estaba casi siempre enfadado, o al menos, seriamente gruñón. Si el sol brillaba demasiado, se enfadaba. Si llovía, también. Si hacía viento, ¡ni te cuento!
Lo más sorprendente es que, a pesar de sus diferencias, Flor y Roberto eran amigos. No los mejores amigos del mundo, quizás, pero sí amigos. Y tenían una actividad que ambos disfrutaban, aunque Roberto lo negara rotundamente: construir castillos de arena en la playa.
Un día, como tantos otros, Flor y Roberto fueron a la playa. Flor, con su cesta llena de palas, cubos y adornos brillantes. Roberto, con su cara de pocos amigos y una pala enorme que parecía sacada de una excavación arqueológica.
"¡Buenos días, Roberto! ¡Qué día tan maravilloso!" exclamó Flor, con su voz melodiosa.
Roberto gruñó en respuesta. "Demasiado sol. Me va a dar dolor de cabeza."
Flor soltó una risita. "¡Tonterías! El sol es vitamina D. ¡Y hoy vamos a construir el castillo más grande y bonito del mundo!"
Roberto resopló. "Lo dudo mucho. Siempre se derrumban."
Pero, a pesar de su pesimismo, Roberto clavó su enorme pala en la arena y comenzó a excavar. Flor, mientras tanto, recogía conchas y piedras de colores para decorar el castillo.
Flor era la arquitecta de la alegría. Imaginaba torres altísimas, murallas robustas y puentes levadizos adornados con algas marinas. Roberto, por su parte, era el ingeniero gruñón. Se encargaba de la estructura, asegurándose de que cada pared fuera lo suficientemente sólida para resistir las embestidas de las olas.
"¡Roberto, necesito más arena aquí!" gritó Flor, señalando una torre que amenazaba con derrumbarse.
Roberto, con un gruñido, se puso manos a la obra. Con cada palada de arena, parecía descargar parte de su frustración. Flor, con paciencia, moldeaba la arena, creando ventanas y balcones.
"¡Mira, Roberto! ¡He encontrado una concha perfecta para la puerta principal!" Flor le mostró una concha nacarada, brillante bajo el sol.
Roberto la miró de reojo. "Podría servir." Pero en el fondo, le pareció bonita.
Trabajaron durante horas, en silencio, cada uno concentrado en su tarea. Flor canturreaba melodías alegres, mientras que Roberto emitía gruñidos ocasionales cuando la arena no se comportaba como él quería.
Poco a poco, el castillo fue tomando forma. Era una obra maestra de arena, con torres que se alzaban hacia el cielo, murallas que protegían el interior y un foso lleno de agua de mar. Flor había decorado el castillo con conchas, piedras de colores y algas, dándole un toque mágico y divertido.
Cuando terminaron, se sentaron juntos frente al castillo, contemplando su obra. Incluso Roberto parecía un poco menos enfadado. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de colores naranjas y rosados.
"Es… impresionante," admitió Roberto, con un tono de voz casi amable.
Flor sonrió. "¡Lo sabía! ¡Somos un gran equipo!"
De repente, una ola gigante se acercó rugiendo hacia la orilla. Flor gritó: "¡La ola!" Se levantaron rápidamente y retrocedieron, observando cómo la ola impactaba contra el castillo, derrumbando torres y desmoronando murallas.
En cuestión de segundos, el castillo había desaparecido, reducido a un montón de arena mojada. Flor se quedó mirando el lugar donde antes se alzaba su obra maestra, con una expresión de tristeza en el rostro.
Roberto, sorprendentemente, puso una mano en su hombro. "No te preocupes, Flor. Construiremos otro mañana."
Flor lo miró, sorprendida. Por primera vez, vio una pequeña sonrisa asomando en la comisura de los labios de Roberto.
"¿De verdad?" preguntó Flor.
Roberto asintió. "Sí. Pero mañana, lo haremos más fuerte. Y más alto. Y con más… cosas raras tuyas."
Flor sonrió de nuevo, radiante. Comprendió que, aunque Roberto nunca fuera tan alegre como ella, había encontrado una forma de conectar con él. Y que, a veces, la felicidad se encuentra en construir juntos, incluso si el castillo se derrumba al final. Porque lo importante no es el castillo en sí, sino la amistad y la alegría de construirlo juntos. Y aunque Roberto no lo admitiera, él también lo sabía. Y quizás, sólo quizás, la próxima vez pondría una concha brillante en la puerta principal sin gruñir. Quizás.
Desde ese día, Flor y Roberto siguieron yendo a la playa a construir castillos de arena. Aunque Roberto seguía siendo gruñón, algo había cambiado. De vez en cuando, se le escapaba una sonrisa. Y Flor, con su alegría contagiosa, siempre estaba ahí para recordarle que incluso los días más grises pueden tener un toque de color. Y que hasta el hombre más enfadado puede encontrar un poco de felicidad construyendo castillos de arena con una amiga que siempre sonríe.
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