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Fran era una ovejita muy especial. No le gustaba tanto pastar en el campo como a las demás ovejas. A Fran le encantaba el jardín. No un jardín cualquiera, ¡sino el jardín de la guardería! Cada mañana, cuando el sol apenas se asomaba por las montañas, Fran corría, dando saltitos alegres, hacia la guardería "Los Pequeños Girasoles".
La guardería estaba llena de niños y niñas de cuatro y cinco años, todos amigos de Fran. La querían mucho porque era muy obediente y juguetona. La Señorita Margarita, la maestra, siempre decía: "Fran es la oveja más educada que conozco".
El jardín de la guardería era un lugar mágico. Tenía flores de todos los colores: rojas como la fresa, amarillas como el sol y azules como el cielo. Había un columpio que chillaba alegremente con cada balanceo, un tobogán que hacía cosquillas en la barriga al bajar y un arenero lleno de tesoros escondidos.
Fran tenía muchos amigos en la guardería. Estaba Sofía, a quien le encantaba pintar con los dedos y siempre terminaba con la cara llena de colores. Estaba Mateo, el constructor, que hacía castillos de arena enormes y complejos. Y estaba Lucía, la cuentacuentos, que inventaba historias fantásticas sobre dragones y princesas.
Un día, la Señorita Margarita les propuso una idea maravillosa: "¡Vamos a plantar un huerto en el jardín!" Todos los niños y Fran saltaron de alegría. La Señorita Margarita les explicó cómo debían preparar la tierra, sembrar las semillas y regar las plantas. Fran escuchaba con atención, moviendo su colita con entusiasmo.
Sofía se encargó de hacer agujeros en la tierra con sus deditos. Mateo transportó la tierra en su carretilla de juguete. Lucía cantaba canciones a las semillas para que crecieran fuertes y sanas. Y Fran... Fran ayudó a la Señorita Margarita a regar las plantas con una regadera pequeñita. Lo hacía con mucho cuidado para no ahogar a las pequeñas plantitas.
Plantaron semillas de tomate, lechuga, zanahoria y pepino. Todos los días, después de jugar, iban al huerto a ver cómo crecían las plantas. Fran era la más impaciente. Le encantaba ver cómo las pequeñas hojas verdes asomaban tímidamente de la tierra.
Un día, mientras regaban el huerto, Mateo gritó: "¡Mirad, mirad! ¡Un tomate!" Todos corrieron a ver. Era un tomate pequeño, verde y brillante. Estaban muy emocionados. Semanas después, el tomate se puso rojo y jugoso. Lo recogieron con cuidado y lo compartieron entre todos. ¡Nunca habían probado un tomate tan delicioso!
El huerto se convirtió en el lugar favorito de Fran y sus amigos. Aprendieron mucho sobre la naturaleza, sobre el cuidado de las plantas y sobre el trabajo en equipo. Fran se sentía muy feliz de poder ayudar y de compartir momentos especiales con sus amigos.
Pero un día, una tormenta muy fuerte azotó la guardería. El viento soplaba con fuerza y la lluvia caía a cántaros. Fran y sus amigos estaban muy preocupados por el huerto. Al día siguiente, cuando salió el sol, corrieron al jardín. ¡El huerto estaba destrozado! Las plantas estaban caídas, la tierra estaba embarrada y las flores estaban marchitas.
Fran se puso muy triste. Le dolía ver el huerto en ese estado. Pero la Señorita Margarita les dijo: "No os preocupéis, niños. Podemos arreglarlo. Trabajaremos juntos y volveremos a plantar el huerto".
Todos se pusieron manos a la obra. Recogieron las plantas caídas, limpiaron la tierra y volvieron a sembrar las semillas. Fran animaba a sus amigos con balidos alegres. Trabajaron duro durante toda la semana y, poco a poco, el huerto volvió a florecer.
Aprendieron que, aunque a veces las cosas no salgan como uno quiere, siempre se puede volver a empezar. Y que, trabajando juntos, se pueden superar todas las dificultades.
Desde entonces, Fran la oveja jardinera, siguió yendo a la guardería todos los días. Jugaba con sus amigos, cuidaba el huerto y aprendía cosas nuevas. Y siempre recordaba la lección que aprendieron después de la tormenta: que la amistad y el trabajo en equipo son las mejores herramientas para superar cualquier obstáculo. Fran era feliz siendo una oveja diferente, una oveja jardinera, una oveja amiga.
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