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Gratis · elige una vozFranz y Anthony eran los mejores amigos, ¡y los más valientes! O eso creían ellos. Una noche de octubre, con la luna llena brillando como un queso gigante en el cielo, decidieron explorar la vieja mansión de la colina. Todos en el pueblo decían que estaba embrujada, llena de fantasmas que contaban chistes malos y esqueletos que bailaban salsa. A Franz y Anthony, ¡eso les sonaba a pura diversión!
"¿Listo para una noche de terror y chistes, Anthony?" preguntó Franz, ajustándose su capa de superhéroe (que, por supuesto, era para protegerse de los fantasmas, ¡no por otra cosa!).
Anthony, que llevaba un sombrero de explorador y una linterna que parpadeaba más que una luciérnaga nerviosa, asintió con entusiasmo. "¡Más que listo, Franz! Pero... ¿estás seguro de que llevamos suficientes galletas para sobornar a los fantasmas?"
Franz sacó una bolsa enorme llena de galletas de chocolate. "¡Nunca se tienen demasiadas galletas, Anthony! Son nuestro amuleto contra el aburrimiento... y contra los fantasmas hambrientos."
Se acercaron a la mansión. La puerta crujió al abrirse, como si un anciano fantasma se estuviera quejando de dolor de espalda. Dentro, la oscuridad era espesa como chocolate derretido. Franz encendió su linterna, revelando telarañas colgando como cortinas de seda vieja y polvo acumulado por siglos.
De repente, un ruido los sobresaltó. ¡BUUUUU! Un fantasma, flotando en el aire, se les acercó. Anthony gritó, pero Franz, recordando su capa de superhéroe y las galletas, se mantuvo firme.
"¡Hola, señor fantasma!" dijo Franz con una sonrisa temblorosa. "Le ofrecemos estas deliciosas galletas a cambio de un buen chiste."
El fantasma, sorprendido, detuvo su "buuuu". Tomó una galleta y la mordisqueó. "Hmm, bastante buenas. Bien, aquí va mi chiste: ¿Qué le dice un fantasma a otro fantasma? ¡No te espantes!"
Franz y Anthony se rieron a carcajadas. El fantasma parecía complacido. "¿Quieren oír otro? ¿Por qué los esqueletos no van a la escuela? ¡Porque no tienen cuerpo!"
La noche continuó así. Encontraron esqueletos que bailaban al ritmo de música invisible (aunque Anthony juraba haber escuchado algo parecido a salsa), brujas que preparaban pociones con ingredientes extraños (¡y deliciosos!), y más fantasmas que contaban chistes aún más malos. Franz y Anthony se reían a cada momento, compartiendo galletas y contando sus propios chistes, que eran aún peores que los de los fantasmas.
En un momento dado, se encontraron con un monstruo peludo con un solo ojo gigante. El monstruo parecía triste.
"¿Qué te pasa, monstruo?" preguntó Anthony con suavidad.
El monstruo suspiró. "Nadie quiere jugar conmigo. Todos me tienen miedo."
Franz y Anthony se miraron. "¡Nosotros jugaremos contigo!" exclamó Franz. "¿Sabes jugar al escondite?"
El monstruo asintió con entusiasmo. Y así, Franz, Anthony y el monstruo jugaron al escondite entre las sombras de la mansión embrujada. El monstruo era muy bueno escondiéndose, ¡pero Franz y Anthony eran mejores encontrándolo!
Cuando el sol comenzó a salir, tiñendo el cielo de rosa y naranja, Franz y Anthony se despidieron de sus nuevos amigos. Los fantasmas les dieron una bolsa llena de caramelos de telaraña (que sabían a frambuesa), los esqueletos les enseñaron algunos pasos de salsa, y el monstruo les regaló una flor gigante que había cultivado en su jardín secreto.
"¡Esa fue la noche más divertida y espeluznante de mi vida!" exclamó Anthony, mientras caminaban de regreso a casa.
Franz asintió. "¡Y demostramos que hasta los fantasmas más aterradores necesitan un buen amigo y un buen chiste!"
Llegaron a casa justo cuando sus padres se despertaban. Nadie creyó su historia, por supuesto. Pero Franz y Anthony sabían la verdad. La mansión de la colina no era un lugar de terror, sino un lugar de risas, amistad y... ¡galletas!
Y ahora, cada Halloween, Franz y Anthony regresan a la mansión, no con miedo, sino con una bolsa llena de galletas y una sonrisa en el rostro, listos para otra noche de risas espeluznantes.
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