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Gabriel bostezó. Un bostezo enorme, que le estiró la boca hasta las orejas. "¡Tengo sueño!", dijo, arrastrando las palabras. Mamá sonrió. "Sí, pequeño. Ya es hora de dormir." Gabriel frunció el ceño. No siempre le gustaba la hora de dormir. Prefería seguir jugando con sus bloques de construcción, imaginando que era un valiente caballero defendiendo su castillo de dragones de peluche.
Pero Mamá ya lo estaba guiando hacia su habitación. Su habitación era un lugar mágico, llena de colores suaves y animales de peluche sonrientes. Tenía un mural en la pared de un bosque encantado, con árboles altos y flores brillantes. Hoy, el bosque parecía especialmente tranquilo, como si también estuviera preparándose para dormir.
Mamá encendió la lámpara de noche. La lámpara proyectaba una luz suave y amarilla, que hacía que las sombras bailaran en las paredes. Gabriel se sentó en su cama, un poco a regañadientes. Mamá le trajo a su oso de peluche favorito, Bruno. Bruno tenía un parche en el ojo y una sonrisa cosida un poco torcida, pero Gabriel lo quería más que a nada en el mundo.
"Ahora, a lavarse los dientes", dijo Mamá. Gabriel hizo una mueca, pero obedeció. El sabor a menta de la pasta de dientes lo despertó un poco. Después de lavarse los dientes, se puso su pijama azul con estrellas. Le encantaba su pijama. Sentía que estaba vestido como un astronauta, listo para explorar el universo en sus sueños.
De vuelta en la cama, Mamá le arropó con la manta. La manta era suave y cálida, como un abrazo gigante. "¿Qué cuento quieres que te lea hoy?", preguntó Mamá. Gabriel pensó por un momento. "El de la Luna Dormilona", dijo finalmente.
Mamá sonrió. Ese era uno de sus cuentos favoritos. Abrió el libro y comenzó a leer. "Érase una vez, en un cielo muy, muy lejano, una Luna que estaba muy cansada..." La voz de Mamá era suave y melodiosa, como una canción de cuna. A medida que Mamá leía, Gabriel imaginaba a la Luna, grande y redonda, bostezando detrás de las nubes. Se imaginaba a las estrellas, pequeñas y brillantes, arropando a la Luna con sus rayos plateados.
En el cuento, la Luna no podía dormir porque los grillos cantaban demasiado fuerte. Entonces, los animales del bosque se unieron para cantar una canción de cuna suave y tranquila. Los grillos dejaron de cantar y escucharon la hermosa melodía. Poco a poco, la Luna se fue quedando dormida, hasta que finalmente cerró sus ojos brillantes y se quedó profundamente dormida.
Mientras Mamá leía, Gabriel sintió que sus propios párpados se volvían pesados. La voz suave de Mamá, la luz cálida de la lámpara, el abrazo suave de la manta, todo le invitaba a dormir. Cerró los ojos y se imaginó que él también estaba en el cielo, arropando a la Luna junto a las estrellas.
De repente, escuchó un pequeño rasguño en la ventana. Abrió los ojos un poco. "¿Qué fue eso?", murmuró. Mamá sonrió. "Probablemente solo sea una ramita que golpea la ventana", dijo. Pero Gabriel no estaba seguro. Le pareció escuchar una vocecita suave que decía: "¡Gabriel!"
Se sentó en la cama y miró hacia la ventana. Allí, flotando en el cielo nocturno, vio a la Luna. Pero no era la Luna grande y redonda del cuento. Era una Luna pequeña, con una carita sonriente y dos bracitos pequeños. La Luna le hizo una señal con la mano. "¡Gabriel!", dijo otra vez, su voz suave como el susurro del viento. "Necesito tu ayuda."
Gabriel se frotó los ojos. ¿Estaba soñando? Pero la Luna seguía allí, flotando en el cielo y mirándole con ojos brillantes. "¿Qué pasa, Luna?", preguntó Gabriel, con la voz llena de asombro. "No puedo dormir", dijo la Luna. "Hay demasiadas luces en la ciudad. Me impiden ver las estrellas."
Gabriel pensó por un momento. Sabía que tenía que ayudar a la Luna. Se levantó de la cama y corrió hacia la ventana. "¡Espera aquí, Luna!", dijo. Salió de su habitación y fue corriendo hacia el salón. Mamá estaba sentada en el sofá, leyendo un libro.
"¡Mamá, Mamá!", dijo Gabriel, agitado. "La Luna no puede dormir. Dice que hay demasiadas luces en la ciudad." Mamá sonrió. "¿La Luna te ha dicho eso?", preguntó. Gabriel asintió con la cabeza. "Sí, Mamá. ¡Tienes que apagar las luces!"
Mamá lo miró con ternura. Sabía que Gabriel tenía una imaginación muy viva. Pero también sabía que era importante tomar en serio sus preocupaciones. "Está bien, Gabriel", dijo. "Apagaremos las luces." Se levantó del sofá y apagó todas las luces del salón. Luego, fueron juntos a la cocina y apagaron también las luces de allí.
De vuelta en la habitación de Gabriel, la Luna seguía flotando en el cielo. "¿Apagaste las luces?", preguntó. Gabriel asintió con la cabeza. "Sí, Luna. Ya puedes dormir." La Luna sonrió. "¡Gracias, Gabriel!", dijo. "Ahora puedo ver las estrellas." Poco a poco, la Luna comenzó a cerrar sus ojos. Su luz se fue atenuando, hasta que finalmente se quedó dormida.
Gabriel observó a la Luna dormir. Se sentía muy feliz de haberla ayudado. Regresó a su cama y se arropó con la manta. Cerró los ojos y se imaginó que él también era una estrella, brillando en el cielo nocturno. Pronto, se quedó profundamente dormido, soñando con la Luna y las estrellas. A la mañana siguiente, cuando se despertó, el sol brillaba intensamente por la ventana. Se acordó de la Luna Dormilona y sonrió. Sabía que, aunque la Luna ya no estuviera allí, siempre estaría cuidándole desde el cielo. Y él, a su vez, siempre estaría ahí para ayudarla, si alguna vez lo necesitara.
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