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Había una vez una niña llamada Guadalupe. Tenía 4 años y era muy especial. Sus ojos eran bonitos como dos luceros, su sonrisa tierna como un amanecer y su corazón estaba lleno de amor, ¡más grande que una sandía gigante! Vivía con su mamá Yenny y su hermanita Amelia, que todavía era muy pequeñita, ¡más pequeña que un gatito recién nacido! Amelia pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y Guadalupe adoraba cantarle canciones de cuna.
Todas las mañanas, Guadalupe iba al jardín de infancia, un lugar mágico donde aprendía muchas cosas y jugaba con otros niños. Aprendía sobre los colores del arcoíris, las formas de las nubes y los nombres de los animales. También practicaba patinaje en el parque, un lugar donde se esforzaba mucho para no caerse. Era valiente, curiosa y muy cariñosa. Le encantaba abrazar a su mamá y a su hermanita, y siempre tenía una sonrisa para sus amigos.
Hace un tiempo, cuando Amelia nació y la familia se cambió de casa a una con un jardín enorme, Guadalupe sintió muchas cosas al mismo tiempo. Era como si dentro de su barriguita tuviera una fiesta de mariposas revueltas, algunas alegres y otras un poco tristes. A veces estaba triste o tenía ganas de llorar sin saber por qué. Y eso no estaba mal, porque cuando muchas cosas cambian, el corazón necesita tiempo para entenderlo y acomodarse. Era como si estuviera aprendiendo un nuevo idioma, el idioma de las emociones.
Guadalupe amaba mucho a su papá y a su mamá. Ellos también la amaban con todo su corazón, ¡más que a las galletas con chispas de chocolate! Pero papá y mamá ya no vivían juntos. Habían tomado esa decisión porque cada uno pensaba diferente y a veces las cosas se complican. Los adultos, a veces, necesitan vivir en casas separadas para sentirse mejor y más tranquilos. Y eso no era culpa de Guadalupe, ni de Amelia, ni de nadie. Era como si dos piezas de un rompecabezas ya no encajaran juntas, pero seguían siendo piezas valiosas.
Aunque el papá de Guadalupe no estaba siempre cerca, nunca se había olvidado de ella. La quería muchísimo y, aunque no podía verla todos los días como antes, su amor seguía viviendo en su corazón, ¡brillando como una estrella fugaz! Le llamaba por teléfono, le enviaba cartas con dibujos y planeaban visitas especiales los fines de semana. A veces iban al zoológico, otras al cine y otras simplemente se sentaban en el parque a comer helado.
Cuando papá estaba, Guadalupe se sentía tranquila y feliz, como un pajarito en su nido. Cuando no estaba, a veces se sentía sola o con miedo, como si una tormenta se acercara. Y eso también estaba bien, porque todos los sentimientos son importantes, como los colores del arcoíris, y ella podía contarlos cuando quisiera. Su mamá siempre la escuchaba con paciencia y le daba un fuerte abrazo. Le explicaba que era normal sentirse así y que el amor de su papá seguía ahí, aunque no lo viera.
Un día, Guadalupe le preguntó a su mamá: "¿Por qué papá y tú ya no se quieren?". Su mamá la abrazó fuerte y le dijo: "Cariño, papá y yo siempre te vamos a querer a ti y a Amelia. A veces, los adultos dejamos de querernos de la misma manera que antes, pero eso no significa que dejemos de querer a nuestros hijos. Es como si un árbol tuviera dos ramas diferentes; las dos ramas crecen hacia direcciones distintas, pero siguen siendo parte del mismo árbol".
Guadalupe era muy valiente. Aunque a veces extrañara a su papá o llorara porque lo echaba de menos, seguía aprendiendo, jugando, amando y creciendo. Tenía una mamá que la cuidaba con todo el amor del mundo, una hermanita que la acompañaba en sus aventuras y muchas personas que la querían, como sus abuelos, sus tíos y sus amigos del jardín.
Papá y mamá siempre serían sus papás. Aunque vivieran en lugares distintos, el amor por ella no cambiaba. Estaba en los abrazos cálidos, en las palabras lindas, en los dibujos coloridos y en los recuerdos bonitos que compartían. Era como si el amor fuera un hilo invisible que los unía para siempre.
Y lo más lindo era que Guadalupe estaba aprendiendo poco a poco a entender lo que sentía. Cada día aprendía a calmar su corazón cuando estaba triste, a hablar de sus emociones cuando tenía miedo y a sentirse más fuerte cuando las cosas se ponían difíciles. Todo esto la ayudaba a crecer con mucho amor, por dentro y por fuera, convirtiéndose en una niña aún más especial y valiente. Guadalupe había descubierto el secreto de su corazón valiente: ¡el amor siempre está presente, incluso cuando las cosas cambian!
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