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Había una vez un niño de siete años llamado Guillermo, cuya habitación no se parecía a la de ningún otro niño de su ciudad. Mientras otros niños coleccionaban coches de carreras o cromos de fútbol, Guillermo coleccionaba formas. En sus estanterías había cubos de madera perfectos, esferas de cristal que reflejaban la luz y pirámides de colores que encajaban unas con otras. Para Guillermo, el mundo era un rompecabezas gigante esperando a ser resuelto.
Una noche, mientras observaba el cielo con su telescopio, notó algo extraño. Las estrellas no parpadeaban como siempre; parecían estar formando un patrón. Guillermo sacó su cuaderno y empezó a unir los puntos. ¡Era un hexágono perfecto! De repente, un brillo intenso iluminó su jardín. Allí, aterrizando suavemente sobre el césped, apareció una nave espacial que parecía un gran cilindro plateado con una cúpula de cristal en la parte superior.
Sin pensarlo dos veces, Guillermo se puso su traje espacial naranja brillante, el que sus padres le habían regalado por su cumpleaños, y salió al encuentro del visitante. La puerta de la nave se abrió con un siseo, y una voz melodiosa resonó en su mente: «Buscamos al Maestro de las Formas. El Gran Prisma del sector Gamma se ha desalineado y solo alguien que entienda la geometría del universo puede ayudarnos».
Guillermo, asombrado pero valiente, subió a la nave. En un abrir y cerrar de ojos, la Tierra se convirtió en un pequeño círculo azul a lo lejos. El viaje fue maravilloso. Pasaron junto a Saturno, cuyos anillos Guillermo identificó de inmediato como una serie de discos concéntricos asombrosos. Pero lo mejor estaba por llegar. Al salir de nuestra galaxia, entraron en un sistema solar donde los planetas no eran redondos.

—¡Mira eso! —exclamó Guillermo—. ¡Un planeta con forma de cubo!
—Ese es Exaedro —explicó el piloto de la nave, un ser hecho de luz que cambiaba de forma constantemente—. Y aquel de allí, con veinte caras triangulares, es Icosaedria. Pero nuestro destino es el centro de todo: la Estrella Dodecaedro.
Cuando llegaron, Guillermo vio que la gran estrella, que normalmente brillaba con doce caras pentagonales perfectas, estaba vibrando de forma irregular. Una de sus caras se había hundido, y el equilibrio del sistema se estaba rompiendo. Los habitantes del lugar, pequeños seres con forma de triángulos y cuadrados, corrían de un lado a otro preocupados.
Guillermo bajó de la nave y caminó sobre una superficie de baldosas hexagonales que brillaban bajo sus pies. Se acercó a la base de la gran estrella. Se dio cuenta de que el problema era una cuestión de ángulos. El Gran Prisma, una estructura de cristal que mantenía la estrella en su lugar, se había movido porque un meteorito en forma de rombo se había quedado atascado en su base.

—Necesito una palanca —dijo Guillermo—. Pero no cualquier palanca. Necesito algo que tenga un ángulo de noventa grados para hacer fuerza en el punto exacto.
Utilizando sus conocimientos, Guillermo encontró una pieza metálica en forma de 'L' entre los restos de la nave. Con cuidado, la colocó bajo el meteorito romboide. Calculó el punto de apoyo y, con un empujón decidido, el meteorito saltó por los aires. El Gran Prisma volvió a su posición original con un sonido cristalino y la Estrella Dodecaedro recuperó su brillo dorado y su forma perfecta.
Todo el sistema solar se iluminó con una luz cálida. Los seres geométricos celebraron con un baile de simetría perfecta. Como agradecimiento, el líder de los habitantes, un elegante Octoedro, le entregó a Guillermo un pequeño cristal que cambiaba de forma según lo que él estuviera pensando.
—Has salvado nuestro hogar, Guillermo —dijo el Octoedro—. Tu amor por las formas ha devuelto la armonía al espacio.
De regreso en su habitación, Guillermo se despertó cuando los primeros rayos del sol entraban por la ventana. ¿Había sido todo un sueño? Entonces, miró su mesa de noche. Allí, junto a su cubo de Rubik, brillaba un pequeño cristal que, en ese momento, tenía la forma de un pequeño corazón con aristas perfectas. Guillermo sonrió, sabiendo que en algún lugar del espacio, sus amigos geométricos seguían girando en perfecta armonía, y que las matemáticas eran, en realidad, el lenguaje de la magia.
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