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Gratis · elige una vozIrma era una iguana pequeña, verde brillante y… ¡muy impaciente! Vivía en un árbol de mango enorme, lleno de frutos jugosos y dulces. Pero Irma nunca podía esperar a que los mangos maduraran por completo. Siempre quería el más grande, el más rojo, ¡el más perfecto!, aunque todavía estuviera un poco verde.
Un día, Irma vio el mango más hermoso que jamás había visto. Era grande, regordete y tenía un color rojo y amarillo tan brillante que parecía un pequeño sol colgando del árbol. "¡Ese es mío! ¡Lo quiero ahora!", gritó Irma, moviendo su pequeña cola con entusiasmo.
Su mamá, una iguana sabia y con arrugas alrededor de los ojos, sonrió. "Irma, cariño, ese mango aún no está listo. Necesita unos días más de sol para estar realmente dulce. Si lo comes ahora, estará agrio y duro."
Pero Irma no escuchó. La impaciencia la consumía. Se trepó al árbol con la agilidad de un acróbata y estiró su pequeña pata hacia el mango. Justo cuando estaba a punto de agarrarlo… ¡zas! El mango se desprendió de la rama y cayó al suelo.
Irma bajó corriendo, con el corazón latiendo rápido. Pero cuando llegó al pie del árbol, ¡el mango no estaba allí! "¡Oh, no! ¿Dónde está mi mango perfecto?", exclamó, con lágrimas en los ojos.
Comenzó a buscar por todas partes. Buscó entre las raíces del árbol, debajo de las hojas caídas y detrás de las rocas. Nada. El mango había desaparecido.
De repente, escuchó una risita. Era Tito, el tucán travieso, sentado en una rama cercana. "¿Buscando algo, Irma?", preguntó Tito, con un brillo en los ojos.
"¡Mi mango! ¡Se cayó y desapareció! ¿Lo has visto, Tito?", suplicó Irma.
Tito se rió de nuevo. "Quizás… pero tendrás que ayudarme a encontrar mis plumas perdidas si quieres que te diga dónde está tu mango."
Irma suspiró. Sabía que Tito era un poco tramposo, pero estaba desesperada. "Está bien, Tito. Te ayudaré a encontrar tus plumas."
Así que Irma y Tito comenzaron la búsqueda de las plumas perdidas de Tito. Buscaron en el pasto alto, entre las flores y hasta en el estanque. Después de un rato, encontraron tres plumas brillantes, una azul, una amarilla y una roja.
"¡Gracias, Irma! ¡Eres una gran amiga!", dijo Tito, colocando las plumas en su ala. "Ahora, sobre tu mango… Una familia de hormigas lo encontró y lo está llevando a su hormiguero. ¡Parece que les gustó mucho!"
Irma sintió un vuelco en el estómago. ¡Las hormigas se comerían su mango! Corrió hacia el hormiguero, que era un pequeño montículo de tierra cerca de un gran tronco de árbol.
Allí estaban, cientos de hormigas trabajando juntas, arrastrando el mango hacia su hogar. Irma se sintió culpable. Sabía que no debía haber sido tan impaciente.
Se acercó al hormiguero y dijo con voz suave: "Hola, hormigas. Ese mango era para mí, pero entiendo que ustedes también tienen hambre. ¿Podríamos compartirlo?"
Las hormigas se detuvieron y se miraron entre ellas. Una hormiga grande, que parecía ser la líder, se acercó a Irma. "¿Compartir? ¿De verdad?", preguntó la hormiga.
"Sí", respondió Irma. "He aprendido que la paciencia es importante y que es mejor compartir con los demás. Además, tal vez el mango esté un poco agrio para mí de todos modos… ¡todavía no estaba completamente maduro!"
La hormiga sonrió. "¡Qué generosa eres, Irma! Compartiremos el mango contigo."
Así que Irma y las hormigas compartieron el mango. Aunque estaba un poco agrio, Irma disfrutó cada bocado. Había aprendido una lección importante sobre la paciencia y la generosidad. Y lo más importante, ¡había hecho nuevos amigos!
Desde ese día, Irma aprendió a esperar a que los mangos maduraran por completo. Y cada vez que veía un mango rojo y jugoso, recordaba la aventura del mango perdido y a sus amigas las hormigas. Y aunque a veces todavía sentía un poco de impaciencia, siempre recordaba que las mejores cosas de la vida valen la pena esperar.
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