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Gratis · elige una vozJavier, con sus ocho años y una sonrisa traviesa, tiró de la mano de Isaías, su hermano menor, de cinco años. "¡Vamos, Isaías, al parque! ¡Hoy vamos a jugar a la pelota y a elevar nuestros volantines!" Isaías, con sus ojos brillantes como canicas, asintió emocionado. Había estado esperando toda la semana para este día.
Empaquetaron su pelota de fútbol, dos volantines coloridos (uno rojo con estrellas doradas para Javier y uno azul con nubes blancas para Isaías), y una botella de agua. La mañana era perfecta: el sol brillaba con fuerza y una brisa suave prometía un vuelo espectacular para los volantines.
Al llegar al parque, el aire olía a hierba recién cortada y a las flores que adornaban el camino. Otros niños ya estaban allí, corriendo y jugando, sus risas llenando el aire. Javier e Isaías corrieron hacia el campo abierto, el lugar perfecto para su aventura.
Primero, sacaron la pelota. Javier, el hermano mayor, era un experto en regates y pases. Le enseñaba a Isaías a patear la pelota con fuerza y precisión. Isaías, aunque más pequeño, se esforzaba mucho y reía cada vez que lograba darle a la pelota con el pie. Jugaron un rato, corriendo de un lado a otro, hasta que sus mejillas se pusieron rosadas y sintieron una ligera sed.
Después, llegó el momento más esperado: ¡elevar los volantines! Javier ayudó a Isaías a desenredar el hilo de su volantín azul. "Recuerda, Isaías, tienes que correr con el volantín mientras suelto el hilo, ¿vale?" Isaías asintió con seriedad, concentrado en la tarea.
Javier le dio un pequeño empujón a Isaías, quien comenzó a correr con todas sus fuerzas. Javier soltó el hilo poco a poco, y el volantín azul comenzó a elevarse lentamente. Al principio, parecía tambalearse un poco, pero pronto, con la ayuda de la brisa, se elevó más y más alto, hasta convertirse en un pequeño punto azul en el cielo.
Javier también lanzó su volantín rojo con estrellas doradas. Su volantín, con su experiencia en el arte de elevar volantines, se elevó rápidamente, superando al de Isaías. Los dos hermanos observaban con admiración cómo sus volantines danzaban en el cielo, moviéndose al ritmo del viento.
De repente, una ráfaga de viento más fuerte de lo normal sacudió los volantines. El volantín de Isaías se movió bruscamente de un lado a otro, y el hilo se tensó con fuerza. "¡Javier, ayuda! ¡Creo que mi volantín se va a romper!" gritó Isaías, preocupado.
Javier corrió hacia Isaías y le dijo: "¡No te preocupes, Isaías! Solo tienes que soltar un poco de hilo para que el viento no lo tire tanto." Isaías siguió las instrucciones de su hermano y, poco a poco, el volantín se estabilizó. Resopló aliviado.
Pero la aventura no terminó ahí. Justo cuando los volantines parecían volar en perfecta armonía, el volantín de Javier comenzó a hacer movimientos extraños. Parecía que algo lo jalaba desde abajo. Miraron hacia abajo y se dieron cuenta de que el hilo del volantín de Javier se había enredado con el de otro niño que también estaba elevando su volantín.
"¡Oh, no!" exclamó Javier. "¡Mi volantín se va a caer!" Los dos hermanos corrieron hacia el niño con el que se había enredado el hilo. El niño, llamado Tomás, también parecía preocupado.
"¡Lo siento mucho!" dijo Tomás. "No quería que nuestros volantines se enredaran." Javier sonrió. "No te preocupes, Tomás. Podemos intentar desenredarlos juntos." Los tres niños trabajaron en equipo, con cuidado y paciencia, para desenredar los hilos. Fue una tarea difícil, pero finalmente, después de mucho esfuerzo, lograron separar los volantines.
Los tres niños, ahora amigos, continuaron elevando sus volantines juntos. El cielo se llenó de colores, con los volantines rojo, azul y verde bailando al son del viento. Javier, Isaías y Tomás rieron y compartieron historias, disfrutando de la compañía mutua y la alegría de volar sus volantines.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de colores anaranjados y rosados, los hermanos Javier e Isaías supieron que era hora de volver a casa. Recogieron sus volantines, la pelota y la botella de agua, y se despidieron de Tomás.
De camino a casa, Isaías le dijo a Javier: "¡Hoy fue el mejor día de mi vida! Me encantó jugar a la pelota y elevar los volantines contigo. ¡Y también me gustó conocer a Tomás!" Javier le sonrió a su hermano. "A mí también me encantó, Isaías. ¡Somos un gran equipo! Y volar el volantín bailarín es lo mejor!"
Esa noche, mientras Isaías dormía profundamente, soñó con volantines de todos los colores danzando en el cielo, y con la alegría de compartir ese momento especial con su hermano Javier y su nuevo amigo Tomás.
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