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Gratis · elige una vozJehudiel, con sus seis años y una imaginación más grande que un Brachiosaurus, amaba los dinosaurios. Tenía dinosaurios de plástico, libros de dinosaurios, ¡hasta calcetines de dinosaurios! Su dinosaurio favorito era Tito, un pequeño Triceratops de peluche que lo acompañaba a todas partes. Una tarde soleada, mientras jugaba en el jardín, Jehudiel encontró algo extraño enterrado bajo el manzano. Era una roca enorme, mucho más grande que él.
"¡Tito, mira!" exclamó Jehudiel, "¡Creo que he encontrado un huevo de dinosaurio!"
Tito, el Triceratops, parecía asentir con su pequeña cabeza rellena. Jehudiel, con mucho cuidado, comenzó a cavar alrededor de la roca. El trabajo era duro, pero la emoción de encontrar un verdadero huevo de dinosaurio lo mantenía motivado. Después de un buen rato, logró desenterrar la roca por completo. No era un huevo. Era un… ¡dinosaurio! Pero no era un dinosaurio normal. Era un dinosaurio pequeño, redondo y cubierto de musgo, ¡y estaba durmiendo! Era un Anquilosaurio, pero mucho más pequeño y achaparrado de lo que Jehudiel había visto en sus libros.
"¡Está vivo!" susurró Jehudiel, asombrado. "Pero está durmiendo... ¿Qué deberíamos hacer, Tito?"
Tito, como siempre, no respondió, pero Jehudiel sintió que el pequeño Triceratops estaría de acuerdo con su plan. Decidió que lo mejor era despertar al dinosaurio con cuidado. Primero, intentó hacer cosquillas en su panza cubierta de musgo. El dinosaurio se movió un poco, pero siguió durmiendo. Luego, intentó cantarle una canción de cuna de dinosaurios que había inventado.
"Duerme, duerme, dinosaurio pequeño,
Sueña con hojas verdes y un estanque bello.
Duerme, duerme, Anquilosaurio gentil,
Cuando despiertes, serás muy feliz."
La canción no funcionó. El dinosaurio roncaba suavemente. Jehudiel estaba empezando a preocuparse. Quizás el dinosaurio estaba enfermo. Recordó que en uno de sus libros de dinosaurios, había leído que algunos dinosaurios hibernaban durante el invierno. Quizás este pequeño Anquilosaurio estaba hibernando fuera de temporada. Decidió que necesitaba ayuda. Corrió adentro y le contó a su mamá sobre el dinosaurio dormilón.
Al principio, su mamá pensó que estaba jugando, pero cuando vio la seriedad en los ojos de Jehudiel, decidió acompañarlo al jardín. Cuando vio al pequeño Anquilosaurio cubierto de musgo, se sorprendió. "¡Vaya, Jehudiel! ¡Tienes razón! Es un… un… ¡Anquilosaurio muy peculiar!" dijo su mamá.
Juntos, decidieron que lo mejor era llevar al dinosaurio a un lugar seguro y cómodo. Con mucho cuidado, lo levantaron y lo llevaron al cobertizo del jardín. Le prepararon una cama con hojas secas y una manta suave. Jehudiel le dejó a Tito junto al dinosaurio para que le hiciera compañía.
"Quizás necesita un poco de agua," sugirió Jehudiel. Su mamá llenó un pequeño plato con agua fresca y lo colocó cerca del dinosaurio. Pasaron los días y el Anquilosaurio siguió durmiendo. Jehudiel lo visitaba todos los días, le hablaba y le cantaba canciones. Le contaba sobre sus amigos, sobre sus juegos y sobre lo mucho que le gustaban los dinosaurios. Un día, mientras Jehudiel le contaba sobre su visita al museo de historia natural, el Anquilosaurio se movió. Abrió un ojo, luego el otro. Miró a Jehudiel con ojos pequeños y brillantes.
"¡Despertaste!" exclamó Jehudiel, emocionado. El Anquilosaurio emitió un pequeño gruñido, como si estuviera saludando. Jehudiel le ofreció el plato con agua. El dinosaurio bebió con ganas, luego miró a Jehudiel con curiosidad. Jehudiel le ofreció una hoja de lechuga de su sándwich. El Anquilosaurio la olió y luego la comió de un bocado. A partir de ese día, Jehudiel y el Anquilosaurio se hicieron grandes amigos. Jehudiel lo llamó "Roco" porque parecía una roca cubierta de musgo. Roco seguía siendo un poco dormilón, pero le encantaba pasar tiempo con Jehudiel. Jugaban en el jardín, exploraban el bosque cercano y compartían secretos. Jehudiel aprendió mucho sobre los dinosaurios gracias a Roco, y Roco aprendió mucho sobre el mundo moderno gracias a Jehudiel. Un día, Roco comenzó a sentirse inquieto. Caminaba de un lado a otro y miraba hacia el bosque. Jehudiel entendió. Roco extrañaba a su familia. Con el corazón un poco triste, Jehudiel supo que era hora de dejar que Roco volviera a su hogar. Llevó a Roco al borde del bosque y le dio un último abrazo. "Adiós, Roco," le dijo Jehudiel, con lágrimas en los ojos. "Siempre te recordaré." Roco le dio un pequeño gruñido de despedida y luego se adentró en el bosque. Jehudiel lo vio desaparecer entre los árboles. Aunque extrañaba a Roco, sabía que había hecho lo correcto. Sabía que Roco estaba feliz de estar de vuelta con su familia. Y aunque Roco se había ido, Jehudiel siempre tendría el recuerdo de su amigo, el dinosaurio dormilón que había encontrado en su jardín. Ahora, cada vez que Jehudiel jugaba en el jardín, siempre buscaba una nueva aventura, sabiendo que la magia podía estar escondida en el lugar más inesperado.
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