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Había una vez un niño de cinco años llamado Juan. Juan era un niño muy alegre, con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación y una curiosidad infinita por todo lo que le rodeaba. Tenía los ojos grandes y brillantes, pero esos ojos tenían un pequeño secreto: veían el mundo de una manera muy especial. Juan era daltónico.
Para Juan, el mundo no era como lo describían los libros de texto o como lo pintaban sus compañeros en el jardín de infancia. Para él, algunos colores jugaban a las escondidas o se disfrazaban de otros. El verde a veces parecía marrón, el rojo se confundía con el gris, y el amarillo brillaba con una intensidad que otros no comprendían. Pero, a su corta edad, Juan no sabía que los demás veían las cosas de otra forma. Él pensaba que su mundo era el mundo de todos.
Un martes por la mañana, en la clase de la señorita Clara, todos los niños recibieron una misión muy importante: pintar un árbol frondoso. Juan tomó su pincel con entusiasmo. En su mente, los árboles eran seres majestuosos de colores profundos. Buscó en su caja de pinturas y eligió lo que él estaba seguro que era un marrón oscuro para el tronco y un verde vibrante para las hojas. Sin embargo, cuando terminó, su dibujo era muy distinto al de los demás. El tronco de su árbol era de un color púrpura grisáceo y las hojas eran de un naranja terroso.
—¡Mira el árbol de Juan! —exclamó uno de sus compañeros—. ¡Es un árbol de otoño en pleno verano! ¿Por qué lo has pintado así?
Juan miró su dibujo y luego el de su amigo. Se sintió confundido. En su corazón, él creía haber usado los colores correctos. Bajó la mirada, sintiendo que un calorcito le subía por las mejillas. No sabía cómo explicar que, para él, esos eran los colores de la naturaleza. La señorita Clara, al notar su incomodidad, se acercó y le dio una palmadita en el hombro, pero Juan ya se sentía un poco triste.
Al día siguiente, Juan decidió que él mismo elegiría su ropa para ir al colegio. Quería sentirse valiente y alegre. Abrió su armario y seleccionó su pantalón favorito, que para él era de un color bosque tranquilo, y una camiseta que le recordaba al sol. Se puso unos calcetines de lunares que le parecían divertidísimos. Cuando bajó a desayunar, su mamá lo miró con una mezcla de ternura y sorpresa.

Juan llevaba un pantalón verde brillante, una camiseta amarilla chillón con lunares rojos enormes y calcetines de color azul eléctrico. Era una combinación que estallaba a la vista.
—Juan, cariño, ¿estás seguro de que quieres ir así? —preguntó su mamá con una sonrisa.
—¡Sí, mamá! ¡Hoy me siento colorido! —respondió él con orgullo.
Pero al llegar al colegio, las risitas no tardaron en aparecer. Algunos niños se señalaban la ropa y otros le preguntaban si se había vestido a oscuras. Juan, que solo quería expresar su alegría, empezó a sentirse pequeñito, como si su ropa fuera un disfraz que no encajaba en ninguna parte. Intentó explicar que los lunares rojos le parecían marrones suaves y que el pantalón verde le recordaba a la tierra, pero las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta. ¿Cómo explicar que su arcoíris era diferente al de ellos?
Durante el recreo, Juan se sentó solo en un banco. Se sentía avergonzado. Pensaba que sus ojos estaban estropeados o que no era lo suficientemente listo para aprenderse los nombres de los colores. Fue entonces cuando la señorita Clara se sentó a su lado.
—Juan, ¿sabes que los grandes artistas no siempre pintan las cosas como las vemos los demás? —le dijo suavemente.

Juan la miró con curiosidad.
—Tus ojos ven una magia que nosotros no siempre podemos percibir —continuó ella—. Ser daltónico no significa que no veas los colores, significa que tienes una paleta de colores única, solo para ti. Es como si tuvieras un superpoder secreto para ver un mundo que nadie más conoce.
Juan empezó a entender. No era que estuviera equivocado, era simplemente que su versión de la realidad era distinta. Esa tarde, con la ayuda de su mamá y la señorita Clara, Juan aprendió a ponerle etiquetas pequeñas a sus lápices de colores y a preguntar sin miedo cuando tenía dudas. Pero lo más importante fue que aprendió a no avergonzarse.
Unos días después, hubo otro proyecto de arte. Esta vez, Juan pintó un cielo de color violeta y un sol rosado. Cuando los niños se acercaron, él no bajó la cabeza.
—Este es mi mundo —dijo con una sonrisa valiente—. En mi mundo, el sol es de color fresa y el cielo es de lavanda. ¿Queréis que os cuente cómo se ve el resto?
Sus amigos, fascinados, se acercaron para escuchar sus historias. Juan ya no se sentía solo ni avergonzado. Comprendió que, aunque todos miremos el mismo jardín, cada uno lleva sus propios colores en el corazón, y eso es lo que hace que el mundo sea un lugar tan maravilloso y diverso.
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