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En el corazón de un pueblo muy trabajador, existía una ferretería tan grande que parecía un laberinto de tesoros metálicos. Se llamaba «La Gran Tuerca», y allí trabajaba Juancito, un muchacho alegre, de cabello alborotado y una sonrisa que siempre iluminaba los pasillos llenos de clavos y martillos. A Juancito le encantaba su trabajo; se sentía como un guardián de los materiales que la gente usaba para construir sus sueños.
Sin embargo, Juancito tenía un pequeño defecto: a veces pensaba que las reglas de seguridad eran solo sugerencias para los más miedosos. Su jefa, la señora Clara, siempre le decía: «Juancito, la seguridad es tu mejor herramienta. Sin tus guantes y tus botas, eres como un caballero sin armadura». El muchacho asentía con la cabeza, pero en el fondo creía que sus manos eran tan fuertes que nada podría dañarlas.
Una mañana de martes, el sol entraba por las claraboyas de la bodega, creando senderos de luz entre los estantes. Juancito se disponía a organizar el nuevo cargamento, pero cuando buscó sus guantes de cuero grueso en su casillero, no los encontró. Buscó debajo de su gorra, dentro de sus botas de repuesto y hasta detrás de la cafetera, pero los guantes se habían esfumado.
—¡Qué mala suerte! —exclamó Juancito rascándose la cabeza—. Seguro los dejé en el mostrador ayer.
Sabía perfectamente lo que debía hacer. El reglamento decía que, si perdía su equipo, debía caminar hasta la oficina de Salud Ocupacional, al otro extremo del enorme edificio, y pedirle un par nuevo a la enfermera Marta. Pero Juancito miró el reloj y luego miró la montaña de cajas que debía mover. La oficina estaba lejos, el pasillo estaba lleno de gente y, para ser sinceros, le dio una pereza enorme cruzar toda la ferretería solo por unos guantes.

—Bah, son solo unos fregaderos de acero —se dijo a sí mismo, tratando de convencerse—. El acero es liso y brillante, no tiene espinas como la madera. Lo haré rápido y nadie se dará cuenta.
En la esquina de la bodega reposaba un palé lleno de fregaderos de acero inoxidable. Eran hermosos, tan pulidos que Juancito podía ver su propio reflejo en ellos. Se acercó al primero, un modelo grande de doble tazón que brillaba como la plata bajo la luz del sol. Sin la protección de sus guantes, Juancito sintió el frío metal contra sus palmas. Era una sensación extraña, pero se sintió poderoso al levantarlo con sus propias manos.
—¿Ves? No pasa nada —susurró para sus adentros mientras caminaba hacia el estante de exhibición.
Pero el acero inoxidable, aunque parece inofensivo, tiene bordes que pueden ser tan afilados como la hoja de un cuchillo recién afilado. Al intentar acomodar el pesado fregadero en la repisa superior, el objeto se resbaló un poco debido al peso. Juancito, en un acto reflejo, apretó con fuerza los bordes para que no se le cayera al suelo. En ese preciso instante, sintió un pinchazo ardiente en la palma de su mano derecha.
—¡Ay! —gritó, soltando el fregadero con cuidado sobre la base de madera.

Al mirar su mano, vio una línea roja y profunda que cruzaba su palma. La sangre comenzó a brotar rápidamente. El dolor no era solo físico; era el dolor de saber que su accidente se pudo haber evitado. Juancito sintió que su rostro se ponía pálido. La pereza que había sentido minutos antes se transformó en un arrepentimiento profundo.
Con la mano envuelta en un pañuelo que pronto se tiñó de rojo, Juancito tuvo que hacer el camino que tanto había evitado. Cruzó toda la ferretería, pasando por el mostrador y los pasillos de pintura, hasta llegar a la oficina de Salud Ocupacional. Cuando la enfermera Marta lo vio entrar, no necesitó preguntar qué había pasado. Su mirada era una mezcla de ternura y severidad.
—Ay, Juancito —dijo Marta mientras limpiaba la herida con cuidado—. Los guantes no son para decorar el casillero, son para proteger el futuro de tus manos.
Marta le puso varios puntos de sutura y le vendó la mano con firmeza. Juancito tuvo que pasar el resto de la semana descansando, viendo desde lejos cómo sus compañeros trabajaban con seguridad, todos usando sus cascos, sus botas y, por supuesto, sus guantes.
Cuando finalmente regresó a sus labores, lo primero que hizo fue ir a la oficina de Marta. Pero esta vez no fue por pereza, sino por responsabilidad. Recogió un par de guantes nuevos, de un color naranja vibrante para que nunca se le perdieran de vista.
Desde aquel día, Juancito se convirtió en el mayor defensor de la seguridad en «La Gran Tuerca». Si veía a alguien levantando algo sin protección, se acercaba y le contaba la historia del fregadero que brillaba como un espejo pero cortaba como una espada. Juancito aprendió que un minuto de pereza puede costar semanas de dolor, y que cuidar de uno mismo es el trabajo más importante de todos.
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