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Juanfer era un niño curioso, con el pelo alborotado como un nido de pájaro y una sonrisa que, normalmente, iluminaba toda la casa. Pero Juanfer tenía una peculiaridad, una que a veces lo metía en problemas. Cada vez que su hermano mayor, Benjamín, tropezaba, se caía, o se golpeaba con algo, Juanfer… ¡se reía a carcajadas! No era una risa maliciosa, sino más bien una reacción involuntaria, un cosquilleo incontrolable que le recorría el cuerpo.
Benjamín, por supuesto, no lo encontraba divertido. Benjamín era un niño alto y delgado, propenso a los accidentes. Tropezaba con sus propios pies, chocaba contra las puertas (especialmente si estaba distraído pensando en dinosaurios), y a veces, incluso se caía de la silla mientras comía cereal. Cada uno de estos incidentes era recibido con una sonora carcajada por parte de Juanfer.
"¡Juanfer! ¡No te rías!", exclamaba Benjamín, frotándose la rodilla o la cabeza. "¡No es gracioso!"
"Lo siento, Benja… ¡jajaja! ¡Es que es… jajaja… tan… torpe!", respondía Juanfer, incapaz de contener la risa.
Su mamá y su papá le habían explicado a Juanfer una y otra vez que no era correcto reírse de los demás, especialmente cuando se hacían daño. Le habían dicho que debía ser empático y ponerse en el lugar de Benjamín. Pero, por alguna razón, Juanfer simplemente no podía evitarlo. Era como si un duendecillo travieso se apoderara de su cuerpo y lo obligara a reír.
Un día, Benjamín estaba construyendo una torre altísima con bloques de madera. Era la torre más impresionante que había construido jamás, y estaba a punto de colocar el bloque final en la cima. Juanfer observaba con atención, conteniendo la respiración. De repente, Benjamín se estiró demasiado, perdió el equilibrio y… ¡zas! La torre se derrumbó, esparciendo bloques por toda la habitación. Benjamín cayó de rodillas, con una expresión de frustración en el rostro.
Juanfer sintió la risa burbujeando en su interior. Estaba a punto de soltar una carcajada, cuando vio la cara de Benjamín. No era la cara de alguien que se había hecho daño, sino la cara de alguien profundamente decepcionado. En ese momento, algo cambió en Juanfer. Por primera vez, sintió lástima por Benjamín, no ganas de reírse.
Se acercó a Benjamín y le puso una mano en el hombro. "Lo siento, Benja", dijo Juanfer, con sinceridad. "Estabas construyendo una torre muy bonita".
Benjamín lo miró sorprendido. "¿No te vas a reír?", preguntó.
Juanfer negó con la cabeza. "No. Te ayudaré a reconstruirla".
Juntos, Juanfer y Benjamín empezaron a recoger los bloques. Esta vez, Juanfer tuvo cuidado de no estorbar ni reírse. Le pasó los bloques a Benjamín, lo animó cuando la torre se tambaleaba y lo felicitó cuando lograron colocar un nuevo bloque en la cima.
La nueva torre no era tan alta como la anterior, pero era mucho más especial. Había sido construida con la ayuda de dos hermanos, no solo uno. Y lo más importante, había sido construida sin risas hirientes, sino con comprensión y cariño.
Esa noche, antes de dormir, Benjamín le dijo a Juanfer: "Gracias por ayudarme con la torre, Juanfer. Y gracias por no reírte".
Juanfer sonrió. "De nada, Benja. Me di cuenta de que reírme no te hacía sentir mejor. Preferí ayudarte".
Desde ese día, Juanfer ya no se rió cuando Benjamín se golpeaba o se caía. En lugar de eso, le ofrecía ayuda, una palabra amable o, a veces, simplemente un abrazo. Descubrió que ser amable era mucho más divertido que reírse a expensas de los demás. Y Benjamín, a su vez, se volvió más paciente y comprensivo con Juanfer. Aprendieron a apoyarse mutuamente y a reírse juntos, pero de cosas que fueran realmente graciosas para ambos. Como cuando el gato intentaba cazar su propia cola, o cuando el papá intentaba bailar en la cocina.
Juanfer entendió que la risa, como todo, tiene su momento y su lugar. Y que la verdadera diversión está en compartirla con los demás, no en usándola para hacerlos sentir mal. Y Benjamín, bueno, Benjamín seguía tropezando de vez en cuando, pero ahora tenía a su hermano Juanfer para ayudarlo a levantarse, con una sonrisa genuina y un corazón lleno de cariño.
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