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Ayer mi papá tiró el cenicero contra la pared, así, de la nada, y se rompió todo menos la costumbre. Nadie dijo nada, ni mi mamá ni mi hermano ni yo. Solo se hizo un silencio raro, como si hubieran apagado el mundo por un rato, y después siguieron comiendo. Yo no tenía hambre, pero igual me acabé el arroz. Acá nadie pregunta si estás bien, solo te sirven y tú comes. La casa huele a cigarro viejo, sopa recalentada y ese ruido que hacen las palabras cuando no salen. A veces gritan, a veces no, pero yo ya me acostumbré a que no me hablen. Es como si viviera acá de paso, nomás, esperando a que alguien me diga que ya puedo irme.
Un día, salí a caminar lejos, bien lejos, para no escuchar los gritos ni ver la cara de mi papá. Llegué hasta la calle donde ya no hay casas bonitas, solo pedazos de cartón y perros flacos. Estaba sentado en una piedra, mirando el río sucio, cuando lo vi. Era un perro, más flaco que los otros, con el pelo lleno de barro y una mirada triste, igualita a la mía. Me acerqué despacito, pensando que me iba a morder, pero solo me miró y movió la cola un poquito.
Le dije "Hola" en voz baja, casi sin que se oyera. Él lamió mi mano, como si me entendiera. Lo llamé Kuska, no sé por qué, pero me gustó el nombre. Desde ese día, Kuska y yo fuimos amigos. Él me esperaba en la esquina después del colegio, y juntos caminábamos por las calles, inventando historias y compartiendo las sobras que a veces me guardaba de la comida.
No hablábamos mucho, pero no hacía falta. Con Kuska, el silencio era distinto, era un silencio que abrazaba, que entendía. Con él, podía ser yo mismo, sin tener que esconderme ni fingir que todo estaba bien. A veces jugábamos en el parque, tirándole palitos y riéndonos cuando se caía al intentar agarrarlos. Otras veces, nos sentábamos en la plaza a mirar a la gente pasar, imaginando a dónde iban y qué cosas pensaban.
Kuska era mi refugio, mi compañero, mi familia. En él, encontraba el cariño que no tenía en casa. Cuando llegaba a casa y mi papá gritaba, pensaba en Kuska y se me pasaba un poco el miedo. Sabía que él me esperaba, que él me necesitaba. Y eso me daba fuerzas para seguir.
Un día, Kuska desapareció. Lo busqué por todas partes, pregunté a los vecinos, pegué carteles con su foto. Pero nadie lo había visto. Ya no sabía si era de día o de noche. Sentía un vacío en el pecho, un dolor que me quemaba por dentro. La casa se sentía aún más vacía, más silenciosa, más triste.
Después de días de búsqueda, lo encontré. Estaba tirado en la calle, cerca del río, inmóvil. Alguien lo había atropellado y lo había dejado ahí, como si fuera basura. Lo abracé fuerte, llorando a gritos, sintiendo que se me rompía el corazón. Kuska estaba frío, duro, sin vida.
Lo enterré en el parque, debajo de un árbol grande, donde solíamos jugar. Le puse una cruz de madera y le dejé una de mis galletas favoritas. Me senté a su lado, sin poder dejar de llorar. Sentía que una parte de mí se había ido con él.
Antes de que se fuera, cuando todavía estaba con vida, le había escrito una carta a Kuska. La había escondido en mi cajón, pensando que algún día se la leería. Ahora, con él enterrado, sentía que era el momento.
Te escribí esta cartita por si un día ya no estabas.
No sé leer bonito, pero igual la voy a leer despacito, para que me escuches desde ahí, ¿sí, Kuska?
Solo quédate un rato más, aunque sea inmóvil.
Yo te leo.
Nadie me encontró. Pero es que nadie me estaba buscando.
Kuska me enseñó a seguir, incluso cuando nadie te espera.
Y yo seguí.
No sé a dónde.
Pero seguí.
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