Escucha este cuento
Gratis · elige una vozPedro Alfonso de Orellana estaba enamorado hasta las cejas de María Antúnez. María era como un rayo de sol, hermosa y brillante, pero también un poquito… caprichosa. Un día, mientras paseaban por Toledo, María comenzó a llorar. ¡Llorar sin ninguna razón aparente! Pedro, preocupado, le preguntó qué le pasaba.
"¡Oh, Pedro! ¡No puedo dejar de pensar en ella!" sollozó María, secándose las lágrimas con un pañuelo bordado con florecitas.
"¿En ella? ¿En quién, María?" preguntó Pedro, sintiendo un pinchazo de celos. ¿Acaso había otro admirador?
"En la Virgen del Sagrario, Pedro, en la Virgen de la Catedral. ¡Tenía una ajorca de oro tan brillante, tan hermosa! No puedo sacármela de la cabeza. ¡La quiero! ¡La necesito!" Y volvió a llorar, ahora con más fuerza.
Pedro se quedó helado. Una ajorca de oro de la Virgen… ¡Eso era impensable! Robar era malo, pero robar a la Virgen… ¡Era terrible! Pero al ver los ojos llorosos de María, su corazón dio un vuelco. Él haría cualquier cosa por ella, ¡cualquier cosa! Incluso… incluso… robar.
"No te preocupes, María," dijo Pedro con voz temblorosa. "Yo… yo haré algo al respecto."
Esa noche, cuando la luna era solo una fina sonrisa en el cielo oscuro, Pedro se acercó sigilosamente a la Catedral de Toledo. Las paredes altas y oscuras parecían observarlo, juzgándolo. El corazón le latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho.
Con una ganzúa que había conseguido prestada (y sin preguntar de dónde venía), abrió una pequeña puerta lateral. El interior de la catedral era aún más oscuro y misterioso. Las sombras bailaban en las paredes, y el aire estaba cargado de un silencio que daba escalofríos.
Pedro caminó con cuidado, guiándose por la tenue luz de la luna que entraba por los vitrales. Las estatuas de los santos parecían mirarlo con reprobación. Le pareció que una gárgola le guiñaba un ojo. ¡Estaba seguro de que la armadura de un caballero medieval había movido un brazo!
Llegó al altar de la Virgen del Sagrario. Allí estaba ella, con su manto azul y su corona brillante. Y en su brazo, ¡la ajorca dorada! Era aún más hermosa de lo que María la había descrito.
Pedro extendió la mano temblorosa. Al tocar la ajorca, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. De repente, la catedral cobró vida. Las estatuas comenzaron a moverse, los santos murmuraban entre ellos, y las vidrieras mostraban imágenes de ángeles furiosos. Pedro creyó ver demonios escondidos en las sombras.
Un grito silencioso escapó de sus labios. El miedo y la culpa lo invadieron por completo. Se sentía pequeño, insignificante, un ladrón miserable en un lugar sagrado. La ajorca pesaba una tonelada en su mano.
De pronto, todo se volvió negro. Pedro se desmayó, desplomándose al suelo frente al altar.
Al día siguiente, los sacristanes encontraron a Pedro Alfonso de Orellana tirado en el suelo de la catedral. Aún aferraba la ajorca dorada en su mano. Pero algo había cambiado en él. Sus ojos estaban desorbitados, y una sonrisa extraña curvaba sus labios.
"¡Suya, suya!" repetía Pedro una y otra vez, con una risita nerviosa. "¡Es para ella! ¡Suya, suya!"
Los sacristanes, asustados, llamaron al médico. Pedro estaba completamente loco. Nadie entendía lo que decía, excepto una cosa: estaba hablando de María. Había robado la ajorca por ella, por su capricho.
María, al enterarse de lo sucedido, se sintió terriblemente culpable. La hermosa ajorca dorada no valía la locura de Pedro. Lloró amargamente y prometió no volver a desear nada que no le perteneciera. Aprendió que el amor verdadero no exige sacrificios imposibles, y que la felicidad no se encuentra en los objetos brillantes, sino en el corazón.
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