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Gratis · elige una vozSofía era una niña muy obediente. Siempre hacía lo que su mamá le pedía, ¡siempre! Un día, su mamá, Doña Elena, estaba muy ocupada preparando la cena. Tenía las manos llenas de harina y el pelo un poco revuelto.
"Sofía, cariño," dijo Doña Elena, "¿podrías ir al jardín y cortar un poco de perejil? Necesito un buen puñado para la sopa."
"¡Sí, mamá!" respondió Sofía, con entusiasmo. Salió corriendo al jardín, que era un lugar mágico lleno de flores de colores y hierbas aromáticas. Buscó el perejil y, efectivamente, allí estaba: un pequeño grupo de hojas verdes y rizadas.
Sofía recordó las palabras exactas de su mamá: "Un buen puñado". Pensó y pensó. ¿Qué era exactamente un "buen puñado"? Para estar segura, Sofía decidió cortar *todo* el perejil. Lo arrancó de la tierra con cuidado, asegurándose de no dejar ni una sola hojita atrás. ¡Ahora sí que tenía un buen puñado! Era tan grande que apenas podía sostenerlo.
Regresó a la cocina, sonriendo orgullosa. "¡Aquí tienes, mamá! ¡Un buen puñado de perejil!", exclamó, extendiendo los brazos.
Doña Elena se giró y abrió los ojos como platos. "¡Sofía! ¡Pero si has cortado todo el perejil!", exclamó, un poco sorprendida y otro poco divertida.
"Pero, mamá," dijo Sofía, con voz inocente, "tú me pediste un buen puñado. Y este es un *muy* buen puñado."
Doña Elena soltó una carcajada. "Tienes razón, cariño. Fui yo quien no especificó. Pero normalmente, cuando pido un puñado, me refiero a una pequeña cantidad, suficiente para dar sabor a la sopa."
"Oh," dijo Sofía, un poco apenada. "Lo siento, mamá. No lo sabía."
"No te preocupes, Sofía," dijo Doña Elena, abrazándola. "Lo importante es que querías ayudar. Ahora, con tanto perejil, ¡podemos hacer muchas cosas! Podemos secar un poco para tenerlo durante el invierno, y el resto lo usaremos para hacer una deliciosa salsa."
Al día siguiente, Doña Elena le pidió a Sofía que fuera a la tienda a comprar huevos. "Necesito una docena de huevos marrones, Sofía. ¡Pero ten mucho cuidado al llevarlos!", le advirtió.
Sofía fue a la tienda y compró una docena de huevos marrones. Recordando la advertencia de su mamá, pensó: "Tengo que tener mucho, mucho cuidado". Y vaya que lo tuvo. Para proteger los huevos, Sofía decidió sentarse en el suelo de la tienda y cuidadosamente, envolvió cada huevo individualmente en papel higiénico. Luego, los metió uno por uno en su mochila, asegurándose de que no se tocaran entre sí.
La cajera la miraba con curiosidad, pero Sofía estaba demasiado concentrada en su tarea como para darse cuenta. Una vez que terminó, su mochila estaba abultada y pesada. Caminó de regreso a casa muy, muy despacio, dando pequeños pasos y prestando atención a cada piedra en el camino para no tropezar.
Cuando llegó a casa, sudando y cansada, le entregó la mochila a su mamá. "¡Aquí tienes, mamá! Una docena de huevos marrones. Los he protegido muy bien", dijo Sofía con orgullo.
Doña Elena abrió la mochila y, al ver los huevos envueltos en papel higiénico, no pudo evitar reírse. "Sofía, eres increíblemente cuidadosa. Pero no era necesario envolverlos uno por uno. La caja ya los protege bastante bien", le explicó.
"Pero tú dijiste que tuviera mucho cuidado", respondió Sofía.
"Sí, pero no tanto", dijo Doña Elena, sonriendo. "Gracias por ser tan obediente, cariño. Pero a veces, hay que usar un poco el sentido común".
Esa noche, mientras cenaban una deliciosa tortilla, Sofía le preguntó a su mamá: "¿Qué me pedirás que haga mañana?".
Doña Elena sonrió y pensó por un momento. "Mañana, Sofía, quiero que uses tu imaginación y pienses en algo divertido que podamos hacer juntas. Pero, por favor, ¡no seas tan literal!"
Sofía sonrió. ¡Eso sí que era un reto! Y estaba segura de que, con un poco de imaginación, podría encontrar algo muy, muy divertido para hacer con su mamá, sin ser demasiado literal. ¡Quizás podrían construir un castillo de almohadas, leer un libro de aventuras o simplemente reírse juntas! Lo importante era pasar tiempo juntas y aprender, poco a poco, a equilibrar la obediencia con la creatividad y el sentido común.
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