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El sol brillaba como un botón dorado en el cielo cuando anuncié: “¡Hoy vamos a visitar al Tío Lenin y su huerto de paltas!” Mis hermanas, Aldana y Thalia, saltaron de alegría. Y Doquifue, mi perro peludo y con orejas caídas, comenzó a ladrar y a dar vueltas emocionado.
Doquifue, cuyo nombre siempre provocaba risas porque nadie recordaba cómo se escribía correctamente, era un compañero inseparable. Siempre nos acompañaba en nuestras aventuras, moviendo la cola con entusiasmo.
El camino a la huerta del Tío Lenin era una aventura en sí mismo. Cruzamos un pequeño puente de madera que crujía bajo nuestros pies, y seguimos un sendero bordeado de flores silvestres de todos los colores imaginables. Las mariposas revoloteaban a nuestro alrededor, pintando el aire con sus alas delicadas.
“¡Miren!”, exclamó Aldana, señalando un grupo de mariquitas que caminaban sobre una hoja verde. “¡Son como pequeños semáforos!”
Thalia, la más curiosa de nosotras, se detuvo a observar una hormiga cargando una hoja mucho más grande que ella. “¡Es increíble lo fuerte que son!”, comentó asombrada.
Doquifue, por su parte, estaba más interesado en perseguir a los grillos que saltaban entre la hierba alta. Sus ladridos resonaban en el aire fresco de la mañana.
Finalmente, llegamos al huerto del Tío Lenin. Era un lugar mágico, lleno de árboles de paltas cargados de frutos verdes y brillantes. El Tío Lenin nos recibió con una gran sonrisa y un abrazo apretado.
“¡Mis sobrinas favoritas!”, exclamó con su vozarrón. “¡Y mi amigo Doquifue! ¡Bienvenidos a mi pequeño paraíso paltero!”
El Tío Lenin era un hombre alto y fuerte, con manos grandes y callosas, pero también con una mirada amable y un corazón generoso. Le encantaba cuidar sus árboles de paltas y compartía su amor por la naturaleza con todos nosotros.
Nos mostró cómo crecían las paltas, desde las pequeñas flores blancas hasta los frutos maduros. Nos explicó que cada árbol necesitaba cuidados especiales y mucho amor para dar buenas paltas.
“La paciencia es clave”, nos dijo. “Las paltas no crecen de la noche a la mañana. Requieren tiempo, dedicación y mucha agua”.
Luego, nos invitó a ayudarlo a cosechar algunas paltas maduras. Aldana y Thalia recogieron las paltas que habían caído al suelo, mientras yo ayudaba al Tío Lenin a bajar las paltas más altas con un gancho especial.
Doquifue, aunque no podía ayudarnos directamente, se encargaba de mantenernos entretenidos con sus travesuras. Corría alrededor de los árboles, ladrando a los pájaros y persiguiendo su propia cola.
Después de la cosecha, el Tío Lenin nos preparó un delicioso picnic a la sombra de un gran árbol de paltas. Comimos sándwiches de palta, ensalada de palta y hasta helado de palta. ¡Todo con palta, por supuesto!
“¿Sabían que la palta es una fruta muy nutritiva?”, nos preguntó el Tío Lenin. “Tiene muchas vitaminas y grasas buenas para el cuerpo”.
Después del picnic, el Tío Lenin nos enseñó a plantar un nuevo árbol de palta. Cavamos un hoyo en la tierra, colocamos el pequeño árbol con cuidado y lo cubrimos con tierra.
“Este árbol necesita mucha agua y sol para crecer fuerte y sano”, nos dijo el Tío Lenin. “Vendrán a visitarlo a menudo para ver cómo crece”.
Mientras plantábamos el árbol, Thalia preguntó: “Tío Lenin, ¿por qué le pusiste Doquifue a tu perro?”
El Tío Lenin se rió. “Es una larga historia”, respondió. “Lo encontré abandonado cuando era un cachorro. Estaba muy sucio y nadie sabía cómo se llamaba. Así que le pregunté: ¿Cómo te llamas, pequeñín?. Y él ladró como diciendo ¡Doquifue! Así que Doquifue se quedó”.
El día pasó volando. Cuando el sol comenzó a ponerse, nos despedimos del Tío Lenin y de su huerto de paltas. Prometimos volver pronto para ayudarlo con la cosecha y para ver crecer el nuevo árbol de palta.
De regreso a casa, caminamos en silencio, llenas de recuerdos felices. Aldana y Thalia iban tomadas de la mano, mientras Doquifue corría delante de nosotros, moviendo la cola con alegría.
“Fue un día perfecto”, dije. “Gracias por llevarnos, hermanas”.
“Gracias a ti”, respondieron Aldana y Thalia al unísono. “Fue la mejor aventura paltera de todas”.
Y mientras el sol se hundía en el horizonte, supimos que esta aventura con el Tío Lenin y Doquifue quedaría grabada en nuestros corazones para siempre.
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