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Gratis · elegí una vozDon Eusebio era un inventor un poco despistado, pero con un corazón enorme. Vivía en una casita llena de cacharros, cables y aparatos extraños. Un día, mientras buscaba sus calcetines (que, como siempre, estaban desaparecidos), tropezó con una caja de cartón enorme, olvidada en un rincón. ¡Estaba llena de polvo y telarañas!
"¡Ajá!" exclamó Don Eusebio. "¡Aquí está! ¡La Caja Teletransportadora! ¡Casi lo olvido!"
La Caja Teletransportadora no era muy bonita que digamos. Era de cartón marrón, con algunos parches de cinta adhesiva y un botón rojo enorme en la parte superior. Don Eusebio había intentado teletransportar su gato, Bigotes, a la cocina para que no le robara su queso, pero… bueno, digamos que Bigotes terminó con la cola azul por un tiempo.
Esa mañana, Sofía y Tomás, dos hermanos muy curiosos, estaban jugando en el jardín de Don Eusebio. Siempre les gustaba visitarlo porque sabían que encontrarían alguna aventura. Vieron a Don Eusebio sacar la caja polvorienta.
"¿Qué es eso, Don Eusebio?" preguntó Sofía, con los ojos brillantes.
"¡Es la Caja Teletransportadora!" respondió Don Eusebio, con orgullo. "¡Pero tengan mucho cuidado! La última vez que la usé... bueno, no salió como esperaba."
Tomás, que era un poco más atrevido que Sofía, se acercó a la caja con curiosidad. "¿Teletransporta de verdad? ¿A dónde nos puede llevar?"
Don Eusebio se rascó la cabeza. "En teoría, a cualquier lugar. Pero la verdad es que no estoy muy seguro de cómo funciona. La última vez intenté teletransportar un plátano a la nevera y terminó en el árbol."
Sofía y Tomás se miraron con una sonrisa traviesa. ¡Esto era mucho más emocionante que jugar a las escondidas!
"¿Podemos probarla, Don Eusebio?" suplicó Sofía.
Don Eusebio dudó un momento. "Bueno… está bien, pero con mucho cuidado. ¡Y nada de tocar el botón rojo sin mi permiso!"
Don Eusebio explicó que primero debían pensar en un lugar al que querían ir. Sofía pensó en la playa, con su arena dorada y el sonido relajante de las olas. Tomás, por su parte, soñaba con una montaña llena de nieve para poder hacer muñecos de nieve.
Después de mucho deliberar, decidieron intentar teletransportarse al parque, que estaba a unas pocas calles de distancia. Era un lugar seguro y divertido, con columpios y toboganes.
Don Eusebio ayudó a Sofía y a Tomás a entrar en la caja. Era un poco estrecha, pero cabían los tres. "¡Ahora, piensen muy fuerte en el parque! ¡Imaginen los columpios, los árboles y el estanque con los patos!" les dijo Don Eusebio.
Sofía y Tomás cerraron los ojos y se concentraron con todas sus fuerzas. Imaginaron el parque, los niños jugando, el olor a hierba recién cortada…
Don Eusebio, con mucho cuidado, presionó un botón verde pequeño que estaba al lado del botón rojo. La caja empezó a vibrar y a hacer un ruido extraño, como si un millón de abejas estuvieran zumbando dentro. Las luces de la casita parpadearon y un olor a palomitas de maíz llenó el aire.
De repente, todo se detuvo. Sofía y Tomás abrieron los ojos. ¡Ya no estaban en la casita de Don Eusebio! Estaban… en el parque. ¡Había funcionado!
Pero… algo no estaba bien. El parque no era como lo recordaban. Los columpios eran del revés, los árboles estaban llenos de plátanos y el estanque estaba lleno de… ¡gelatina de fresa!
"¡Don Eusebio!" gritaron Sofía y Tomás al unísono.
Don Eusebio, que había salido de la caja justo detrás de ellos, se rascó la cabeza con cara de preocupación. "¡Ay, ay, ay! ¡Creo que la Caja Teletransportadora tiene un pequeño problema con la realidad!"
Sofía y Tomás, en lugar de asustarse, empezaron a reír. ¡Un parque con columpios al revés y gelatina de fresa era mucho más divertido que el parque normal!
Pasaron la tarde jugando en el parque alocado, comiendo plátanos de los árboles y chapoteando en la gelatina de fresa. Don Eusebio, con su torpeza habitual, intentaba arreglar los columpios y evitar que los patos se comieran toda la gelatina.
Cuando se hizo tarde, Don Eusebio decidió que era hora de volver a casa. Esta vez, se aseguraría de que la Caja Teletransportadora los llevara de vuelta a su realidad.
Con mucho cuidado, Don Eusebio presionó otro botón (esta vez uno azul). La caja vibró de nuevo, las luces parpadearon y el parque volvió a la normalidad. Los columpios estaban derechos, los árboles tenían hojas verdes y el estanque estaba lleno de agua.
Sofía y Tomás regresaron a la casita de Don Eusebio, cansados pero felices. Habían vivido una aventura increíble gracias a la Caja Mágica de Don Eusebio.
"Gracias, Don Eusebio" dijo Sofía. "¡Ha sido el día más divertido de mi vida!"
"Sí, gracias" añadió Tomás. "¡Pero la próxima vez, tal vez podamos ir a la playa!"
Don Eusebio sonrió. "Veremos, veremos… ¡Pero primero tengo que encontrar mis calcetines!"
Y así, Sofía y Tomás aprendieron que incluso los inventos más extraños y las aventuras más alocadas pueden ser maravillosas, siempre y cuando se compartan con amigos y con un inventor un poco despistado, pero con un corazón enorme.
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