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Capibara se aburría cuando era de noche. Todos sus amigos, los monos, los tucanes, ¡hasta los perezosos!, dormían profundamente. Ella, en cambio, sentía que la noche era una gran aventura perdida. Le encantaba el sol, chapotear en el río durante el día y comer hierba fresca. Pero la noche… la noche era solo oscuridad y silencio.
Una noche, Capibara suspiró profundamente. "¡Ojalá pudiera ver algo interesante!", pensó. De repente, escuchó un pequeño clic. Era Luciérnaga, la luciérnaga más curiosa del bosque.
"¿Qué te pasa, Capibara?", preguntó Luciérnaga, su lucecita brillando con preocupación.
"No puedo dormir", respondió Capibara. "La noche es muy aburrida. Todos duermen, y no hay nada que ver."
Luciérnaga revoloteó alrededor de la cabeza de Capibara, dejando un rastro de luz en el aire. "¡Tonterías!", exclamó Luciérnaga. "La noche está llena de maravillas. Solo tienes que saber dónde mirar."
Capibara levantó una ceja, dudando. "¿Maravillas? ¿Cómo qué?"
"¡Las estrellas!", dijo Luciérnaga con entusiasmo. "¿Nunca has visto las estrellas?"
Capibara negó con la cabeza. "Solo veo oscuridad."
"Pues, ¡esta noche te mostraré las estrellas!", declaró Luciérnaga, emprendiendo el vuelo hacia lo alto de un árbol gigante.
Capibara, aunque un poco escéptica, decidió seguir a Luciérnaga. Caminaron juntas hasta el pie del árbol más alto del bosque. Era tan alto que parecía tocar el cielo.
"Sube", dijo Luciérnaga, señalando el tronco del árbol. "Yo te guiaré."
Capibara nunca había escalado un árbol antes. Era mucho más fácil nadar y comer hierba. Pero la curiosidad la venció al aburrimiento. Con cuidado, comenzó a trepar, ayudada por las fuertes raíces del árbol. Luciérnaga la iluminaba el camino con su lucecita.
Después de un rato, llegaron a la cima del árbol. Capibara jadeaba, pero cuando levantó la vista… ¡se quedó sin aliento!
El cielo nocturno estaba lleno de miles y miles de estrellas. Brillaban como pequeños diamantes sobre un terciopelo negro. Capibara nunca había visto algo tan hermoso. Era mucho más impresionante que cualquier cosa que hubiera imaginado.
"¡Oh!", exclamó Capibara, con los ojos muy abiertos. "¡Son… son preciosas!"
Luciérnaga revoloteó alrededor de Capibara, feliz de haberle mostrado la belleza de la noche. "¿Ves? La noche no es aburrida", dijo Luciérnaga. "Solo hay que saber dónde mirar."
Capibara y Luciérnaga se quedaron sentadas en la cima del árbol, observando las estrellas. Luciérnaga le contó a Capibara historias sobre las constelaciones, sobre Orión, la Osa Mayor y la Osa Menor. Capibara escuchaba con atención, maravillada con cada historia.
De repente, vieron una estrella fugaz cruzar el cielo. "¡Pide un deseo!", gritó Luciérnaga.
Capibara cerró los ojos y pidió un deseo: deseó poder ver las estrellas todas las noches y compartir esa belleza con sus amigos.
Después de un rato, Capibara comenzó a sentir sueño. La brisa fresca y la vista de las estrellas la habían relajado. Luciérnaga la ayudó a bajar del árbol, y juntas regresaron al río.
Antes de despedirse, Luciérnaga le dijo a Capibara: "No olvides mirar al cielo todas las noches. Siempre habrá algo nuevo que ver."
Capibara sonrió. "No lo olvidaré", dijo. "Gracias, Luciérnaga, por mostrarme las estrellas."
Esa noche, Capibara durmió profundamente, soñando con las estrellas. A la mañana siguiente, despertó con una sonrisa. Estaba ansiosa por contarles a sus amigos sobre las maravillas que había visto en el cielo nocturno.
Cuando sus amigos despertaron, Capibara les contó todo sobre las estrellas, las constelaciones y la estrella fugaz. Al principio, sus amigos se mostraron escépticos, pero la emoción de Capibara era contagiosa.
Esa noche, Capibara llevó a todos sus amigos al pie del árbol gigante. Luciérnaga también estaba allí, lista para mostrarles las estrellas. Uno por uno, los amigos de Capibara subieron al árbol, y cuando llegaron a la cima, se quedaron sin palabras.
El cielo nocturno estaba lleno de estrellas, brillando con toda su gloria. Los monos chillaron de alegría, los tucanes batieron sus alas con entusiasmo, e incluso los perezosos sonrieron con asombro.
Desde esa noche, la noche dejó de ser aburrida para Capibara y sus amigos. Todas las noches, se reunían en la cima del árbol gigante para observar las estrellas y contar historias. Y cada vez que veían una estrella fugaz, pedían un deseo, deseando que la belleza del cielo nocturno pudiera ser compartida con todos los animales del mundo.
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