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Gratis · elegí una vozLa familia Pérez estaba emocionada. ¡Por fin tenían una casa! Era grande, con un jardín enorme y un ático misterioso. La habían conseguido a muy buen precio, y aunque algunos vecinos murmuraban cosas raras sobre ella, a Sofía, de ocho años, y a Miguel, de seis, les encantaba. La llamaron "La Casa Cantarina", porque el viento silbaba entre sus tejas creando melodías extrañas.
El primer día, mientras desempacaban cajas, Sofía escuchó un susurro. "¡Qué bonita es tu muñeca!" Era una voz suave, casi un soplo. Miró a su alrededor, pero solo estaba Miguel jugando con sus coches. Pensó que había sido su imaginación.
Esa noche, Miguel no podía dormir. Decía que veía sombras bailar en las paredes. "Son solo las ramas del árbol, Miguelito," le tranquilizó su mamá. Pero Miguel insistía: "¡No, mamá! ¡Son personas! ¡Están bailando!"
Al día siguiente, Sofía encontró una vieja caja de música en el ático. Era de madera oscura, con incrustaciones de nácar. Al abrirla, una melodía triste llenó la habitación. De repente, sintió un frío intenso y vio una figura borrosa a su lado. Era una niña, vestida con un camisón blanco antiguo. La niña sonrió tristemente y desapareció.
Sofía corrió a contárselo a sus padres, pero ellos pensaron que estaba jugando. "¡No digas tonterías, Sofía! Las casas no tienen fantasmas," dijo su papá, riendo.
Pero los días siguientes, las cosas se pusieron más extrañas. Las luces parpadeaban, las puertas se abrían y cerraban solas, y a veces se oían risas y susurros en el jardín. Miguel ya no quería dormir solo y Sofía se sentía observada constantemente.
Una tarde, mientras jugaban en el jardín, Miguel encontró una vieja fotografía enterrada bajo un rosal. Era una foto en blanco y negro de una familia: un papá, una mamá y dos niñas. Las niñas se parecían mucho a las figuras que Miguel veía bailar en las paredes.
Sofía recordó la niña del ático. "Creo que sé quiénes son," dijo Sofía. "Los fantasmas de la Casa Cantarina eran la familia que vivía aquí antes. Murieron hace mucho tiempo en un incendio."
Decidieron investigar. Encontraron un viejo periódico en el ático que confirmaba la historia. La familia había muerto en un incendio accidental provocado por una vela olvidada encendida. La noticia hablaba de la tristeza del pueblo por la pérdida de la familia.
Sofía tuvo una idea. "Quizás están tristes y por eso no nos dejan en paz," dijo. "Debemos ayudarlos a descansar en paz."
Esa noche, Sofía y Miguel prepararon una pequeña ofrenda en el salón. Colocaron la foto de la familia, una vela (esta vez con mucho cuidado), flores frescas y la vieja caja de música. Encendieron la vela y Sofía puso la caja de música en marcha. La melodía triste llenó la casa.
"Lo sentimos mucho por lo que les pasó," dijo Sofía en voz alta. "Esperamos que puedan descansar en paz." Miguel, con su voz temblorosa, añadió: "Nosotros cuidaremos bien de su casa."
De repente, la casa se llenó de una luz cálida y suave. Las sombras dejaron de bailar y los susurros se convirtieron en un murmullo tranquilo. Sofía y Miguel sintieron una sensación de paz y bienestar.
A la mañana siguiente, la vela se había consumido por completo, pero la foto de la familia y la caja de música seguían en su lugar. Desde ese día, la Casa Cantarina dejó de ser una casa de terror. Las luces ya no parpadeaban, las puertas no se abrían solas y los susurros se habían ido. Solo quedaba el viento silbando entre las tejas, creando melodías alegres.
Sofía y Miguel sabían que los espíritus de la familia todavía estaban allí, pero ya no estaban tristes. Ahora eran parte de la Casa Cantarina, cuidando de sus nuevos habitantes. Y a veces, cuando el viento soplaba fuerte, Sofía y Miguel juraban oír una risa suave y feliz entre las melodías del viento. La Casa Cantarina ya no era una casa de suspiros, sino una casa llena de canciones y recuerdos.
Con el tiempo, la familia Pérez hizo de la Casa Cantarina un hogar lleno de alegría y amor, honrando la memoria de la familia que había vivido allí antes. Sabían que, aunque no podían verlos, los espíritus de la familia siempre estarían allí, velando por ellos y disfrutando de las melodías alegres del viento entre las tejas.
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