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Sofía y Mateo, dos hermanos con ojos llenos de recuerdos, regresaron a la vieja casa de la colina. Hacía muchos años que no la veían, desde que sus padres, como hojas en otoño, se habían ido para siempre. La casa, con su pintura descascarada y su jardín invadido por la maleza, parecía esperarlos, como un anciano contando historias silenciosas.
“¿Estás seguro, Mateo?”, preguntó Sofía, con la voz un poco temblorosa. “Siempre me dio un poco de miedo este lugar.”
Mateo, que era mayor y se sentía responsable, le sonrió con valentía. “No seas tonta, Sofi. Solo son recuerdos. Y necesitamos ordenar las cosas de papá y mamá.”
La llave, oxidada y pesada, giró con dificultad en la cerradura. Un crujido resonó en el silencio, como un suspiro de bienvenida y advertencia al mismo tiempo. Al entrar, un olor a polvo y a tiempo detenido los envolvió. Los muebles, cubiertos con sábanas blancas, parecían fantasmas congelados en el pasado.
“¡Qué silencio!”, exclamó Sofía, rompiendo la quietud. “Demasiado silencio…”
Mateo encendió la luz. Una bombilla parpadeante iluminó la sala, revelando sombras danzantes que jugaban en las paredes. Mientras exploraban la casa, encontraron fotos familiares, libros apilados, y juguetes olvidados. Cada objeto era una puerta a un recuerdo, una sonrisa, una lágrima.
En el comedor, Sofía encontró una vieja caja de música. Al abrirla, una melodía triste y dulce llenó la habitación. De repente, una ráfaga de viento helado sopló a través de la ventana, apagando la luz. Los hermanos se abrazaron, asustados.
“¿Qué fue eso?”, susurró Sofía.
“Debe ser una corriente de aire”, respondió Mateo, aunque su voz no sonaba muy convencida.
Encendieron la luz de nuevo, pero la sensación de incomodidad persistía. Subieron las escaleras, cada paso crujiendo bajo sus pies. En el pasillo del segundo piso, una puerta se abrió sola, revelando una habitación oscura.
“Voy a ver”, dijo Mateo, con determinación. Entró en la habitación, seguido de cerca por Sofía. Era el antiguo cuarto de juegos de los hermanos, lleno de muñecas de porcelana y soldados de plomo. Pero había algo extraño. En el centro de la habitación, un balancín se movía suavemente, como si alguien estuviera sentado en él.
“¿Lo ves?”, preguntó Sofía, señalando el balancín. “No hay nadie ahí…”
De pronto, una voz suave y ronca susurró desde la esquina de la habitación: “Quédense… jueguen conmigo…”
Los hermanos se quedaron petrificados. En la esquina, entre las sombras, vieron una figura pequeña y pálida, con ojos grandes y tristes. Era un niño, o al menos, parecía un niño. Llevaba ropa antigua y sucia, y sus manos eran huesudas y frías.
“¿Quién eres?”, preguntó Mateo, con voz temblorosa.
“Soy el guardián de esta casa”, respondió el niño. “Y no me gusta que extraños entren aquí.”
Sofía, más valiente de lo que creía, se adelantó. “Esta no es tu casa. Esta era nuestra casa. Vivíamos aquí con nuestros padres.”
El niño la miró con tristeza. “Tus padres… se fueron. Ahora esta casa es mía.”
Mateo entendió. El niño era un fantasma, atrapado en la casa, aferrado a los recuerdos del pasado. “Nosotros también perdimos a nuestros padres”, dijo Mateo. “Sabemos lo que es estar solo.”
Sofía sacó de su bolsillo una pequeña caja de bombones que había traído. Le ofreció uno al niño. “¿Quieres un bombón? A mi mamá le encantaban.”
El niño dudó, luego tomó el bombón con cuidado. Lo probó, y una pequeña sonrisa iluminó su rostro pálido. “Gracias”, susurró.
Los hermanos pasaron el resto de la tarde hablando con el niño fantasma. Le contaron historias de sus padres, de los juegos que jugaban en la casa, de los secretos que compartían. El niño escuchó atentamente, con los ojos brillantes de curiosidad y nostalgia.
Antes de irse, Mateo le prometió al niño que volverían a visitarlo. Le llevarían más bombones, y le contarían más historias. El niño sonrió, y el balancín dejó de moverse. La casa, de repente, se sintió menos aterradora, más acogedora.
Al salir, Sofía miró hacia atrás. La casa de la colina ya no parecía un lugar de miedo, sino un lugar de recuerdos compartidos, un lugar donde el pasado y el presente se encontraban en la sonrisa de un niño fantasma.
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