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Las vacaciones en casa de los abuelos eran lo mejor. Abuelos vivían en el campo, rodeados de árboles frutales y gallinas parlanchinas. Pero este año, la aventura tenía un ingrediente extra: ¡la casa maldita!
Según la leyenda del pueblo, cerca de la granja de los abuelos, entre el bosque espeso, existía una casa vieja, abandonada y llena de misterio. Se decía que en ella sucedían cosas extrañas: gritos en la noche, sombras que se movían solas y objetos que cambiaban de lugar sin explicación. Los abuelos siempre nos advertían que no nos acercáramos, pero la curiosidad de mis primos, Sofía y Tomás, y la mía, (me llamo Leo) era más fuerte que cualquier advertencia.
“¿De verdad crees que hay fantasmas?” preguntó Sofía, con los ojos brillantes de emoción, mientras comíamos pastel de manzana que la abuela había horneado.
Tomás, el mayor de los tres, infló el pecho. “¡Claro que no! Son solo cuentos para asustar a los niños. Pero… podríamos ir a echar un vistazo, ¿no?”
Sabía que Tomás solo se hacía el valiente. Él también tenía curiosidad. Yo, por mi parte, sentía un cosquilleo de miedo y emoción al mismo tiempo. La idea de ver un fantasma me asustaba, pero la aventura era demasiado tentadora.
Esa misma tarde, mientras los abuelos dormían la siesta, nos escapamos. Atravesamos el campo de maíz, saltamos una cerca de madera y nos adentramos en el bosque. El aire se volvió más fresco y el silencio, más profundo. Los árboles parecían observarnos con sus ramas nudosas.
Finalmente, la vimos. La casa se alzaba imponente y sombría, con las ventanas tapiadas y la puerta entreabierta. La madera estaba podrida y la hiedra trepaba por las paredes como si quisiera engullirla por completo.
Tomás empujó la puerta con cuidado. Un crujido espeluznante resonó en el silencio. Entramos con el corazón latiendo a mil por hora. El interior estaba oscuro y polvoriento. Telarañas colgaban del techo y un olor a humedad y abandono llenaba el aire.
“¡Uf! ¡Qué asco!” dijo Sofía, tapándose la nariz.
Exploramos la casa con cautela. Encontramos muebles rotos, libros viejos y retratos descoloridos. En una de las habitaciones, vimos un piano antiguo con las teclas amarillentas. Tomás se acercó y tocó una nota. El sonido fue discordante y triste.
De repente, escuchamos un ruido. Un golpe sordo que venía del piso de arriba. Nos quedamos paralizados, escuchando atentamente. Otro golpe, y luego otro. Parecía que alguien o algo caminaba por el ático.
El miedo nos invadió. Sin decir una palabra, salimos corriendo de la casa, tropezando y cayendo mientras intentábamos escapar. Regresamos a casa de los abuelos sin aliento y con el corazón todavía latiendo con fuerza.
Esa noche, Tomás no pudo dormir. Se quejaba y se movía en la cama. A la mañana siguiente, nos contó que había tenido una pesadilla horrible. Soñó que estaba atrapado en la casa maldita y que una sombra lo perseguía por los pasillos.
Las siguientes noches fueron iguales. Tomás tenía pesadillas cada vez más aterradoras. Estaba pálido y cansado, y tenía miedo de quedarse solo. Estábamos muy preocupados.
Le contamos todo a la abuela, esperando una reprimenda. Pero la abuela, en lugar de regañarnos, nos miró con ternura.
“La casa tiene una historia triste”, dijo la abuela. “Hace muchos años, una familia vivió allí. Pero una tragedia ocurrió y la casa quedó abandonada. A veces, las energías negativas se quedan atrapadas en los lugares donde suceden cosas tristes.”
La abuela nos contó que la única forma de calmar a los espíritus era ofrecerles algo. Algo que les recordara los buenos tiempos. Sugirió que lleváramos flores y las colocáramos en la entrada de la casa.
Al día siguiente, recogimos flores silvestres del jardín de la abuela y las llevamos a la casa maldita. Las colocamos con cuidado en la entrada, deseando que los espíritus encontraran la paz.
Esa noche, Tomás durmió plácidamente por primera vez en días. Las pesadillas habían desaparecido. Nunca más volvimos a entrar en la casa, pero aprendimos una valiosa lección: la curiosidad puede ser peligrosa, y a veces, es mejor dejar que los misterios permanezcan sin resolver. Y aunque no vimos fantasmas, aprendimos que el miedo puede ser tan real como cualquier aparición, especialmente cuando se alimenta de la imaginación. A partir de entonces, las vacaciones en casa de los abuelos siguieron siendo divertidas, pero con un poco más de respeto por las historias y leyendas del pueblo, y sobre todo, por las advertencias de los abuelos. La casa susurrante siguió allí, en el borde del bosque, pero ahora la mirábamos con una mezcla de respeto y un poquito de miedo.
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