Escucha este cuento
Gratis · elige una vozLa oscuridad se cernía sobre la pequeña casa de madera. Era la hora de dormir, la hora en que los sueños comenzaban a tejerse en la mente de los niños. Para Lucía, la oscuridad era a veces un poco… inquietante. No le gustaba la forma en que las sombras se alargaban en las paredes, convirtiendo objetos familiares en monstruos imaginarios.
"Mamá, tengo miedo," susurró Lucía, aferrándose a la mano de su madre. Sus ojos, grandes y redondos, brillaban con un toque de preocupación en la tenue luz de la lámpara de noche.
Sofía, la mamá de Lucía, sonrió con dulzura. "¿Miedo a qué, mi amor?", preguntó, sentándose en el borde de la cama de Lucía.
"A la oscuridad," respondió Lucía, señalando hacia la esquina más oscura de la habitación. "A que haya monstruos escondidos."
Sofía la abrazó con fuerza. "No hay monstruos, Lucía. Solo sombras juguetonas. ¿Sabes qué? La oscuridad no es algo para temer. Es como un gran lienzo negro donde las estrellas pintan sus brillantes cuadros."
Lucía la miró con curiosidad. "¿Un lienzo?"
"Sí," dijo Sofía. "Y esta noche, vamos a pintar nuestro propio cuadro en la oscuridad. ¿Qué te parece?"
Lucía asintió lentamente, un poco más animada. Sofía se levantó y apagó la lámpara. La habitación se sumió en una oscuridad casi total. Al principio, Lucía se tensó, pero luego sintió la mano cálida de su madre tomando la suya.
"Cierra los ojos, Lucía," le dijo Sofía en voz baja. "Y piensa en algo feliz. Piensa en algo que te haga sonreír."
Lucía cerró los ojos. Pensó en el día que había pasado jugando en el parque con su mejor amiga, Ana. Pensó en las risas, los columpios, y el helado de fresa que habían compartido. Una sonrisa tímida apareció en sus labios.
"¿Qué ves?", preguntó Sofía.
"Veo… el parque," respondió Lucía. "Veo a Ana y a mí balanceándonos en los columpios."
"Muy bien," dijo Sofía. "Ahora, imagina que pequeñas luciérnagas salen de tus manos y empiezan a bailar alrededor de ti. Son luciérnagas de la felicidad, Lucía. Cada una representa un momento feliz de tu vida."
Lucía se concentró. Imaginó pequeñas luces brillantes saliendo de sus manos. Al principio, eran solo unas pocas, pero luego empezaron a multiplicarse, llenando la habitación con una luz suave y parpadeante.
"¡Mamá, las veo!", exclamó Lucía, abriendo los ojos. Aunque la habitación seguía estando oscura, parecía menos amenazante. Las luciérnagas imaginarias de Lucía llenaban el espacio con una sensación de calidez y alegría.
Sofía se sentó de nuevo en la cama y comenzó a cantar una suave canción de cuna. Era una canción antigua que su propia abuela le había cantado cuando era niña. La melodía era simple pero reconfortante, y la voz de Sofía era suave como una pluma.
Lucía escuchó la canción, observando las luciérnagas imaginarias danzar a su alrededor. Las luces parpadeaban y se movían al ritmo de la música, creando un espectáculo mágico en la oscuridad.
"¿Puedo tocar una?", preguntó Lucía.
"Claro que sí," dijo Sofía. "Pero tienes que ser muy suave. Son muy delicadas."
Lucía extendió su mano y trató de tocar una de las luciérnagas. Sintió un ligero cosquilleo en la palma de su mano. Sonrió. Era una sensación maravillosa.
Sofía continuó cantando. La canción hablaba de estrellas brillantes, de sueños dulces y de un amor infinito. Lucía se sintió segura y protegida en los brazos de su madre. La oscuridad ya no le daba miedo.
De repente, Lucía sintió que el sueño la invadía. Sus ojos se volvieron pesados y sus párpados comenzaron a cerrarse. Las luciérnagas imaginarias empezaron a desvanecerse, convirtiéndose en pequeños puntos de luz que se perdían en la oscuridad.
"Buenas noches, mi amor," susurró Sofía, besando la frente de Lucía. "Que tengas dulces sueños."
"Buenas noches, mamá," respondió Lucía, con la voz adormilada. "Gracias por las luciérnagas."
Sofía apagó la lámpara de noche y salió de la habitación, dejando a Lucía dormir plácidamente en la oscuridad. La oscuridad ya no era un monstruo, sino un amigo. Era un lugar seguro y tranquilo donde los sueños podían florecer y las luciérnagas de la felicidad podían danzar libremente. Sabía que, incluso en la oscuridad, el amor de su mamá la protegería siempre.
Lucía se durmió profundamente, soñando con parques, columpios, helados de fresa y, por supuesto, con las brillantes luciérnagas de la felicidad que bailaban en la oscuridad.
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