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Gratis · elige una vozMaite era una niña brillante como el sol de la pradera y bondadosa como la brisa que mecía las espigas. Vivía en una casita de adobe con techo de paja, rodeada de un mar verde salpicado de flores silvestres. Sus mejores amigas, Juchi (Julieta Zipitría) y Juli (Julieta Curbelo), eran tan distintas como la luna y el sol, pero su amistad era tan fuerte como las raíces de los árboles más antiguos. Un día radiante, Maite las invitó a su casa para bailar y jugar. "¡Hoy tendremos la mejor tarde del mundo!", exclamó Maite, con sus ojos brillando de emoción.
Juchi, con su cabello rizado y su espíritu aventurero, llegó primero. Luego, Juli, más tímida y con una sonrisa dulce, se unió a la fiesta. Maite había preparado limonada fresca y galletas con forma de animales. Después de merendar, Maite propuso bailar. "Conozco una danza secreta de la pradera", susurró, "pero es un poco… especial".
Juli dudó un poco. "¿Especial cómo?" preguntó, con un tono de voz suave. "Es una danza que mi abuela me enseñó. Dice que llama a los espíritus de la pradera", respondió Maite, con un brillo travieso en los ojos. Juchi, siempre la más audaz, saltó de alegría. "¡Suena genial! ¡Vamos a probarla!"
Maite las guio a un claro en la pradera, donde la hierba era más alta y las flores más abundantes. Les explicó los pasos: un giro lento, un salto suave, un susurro al viento. La danza parecía inofensiva al principio, pero a medida que avanzaban, el ambiente se volvía más denso. El sol empezó a ocultarse detrás de las nubes, y un viento frío sopló a través de la pradera, agitando la hierba y haciendo gemir a los árboles.
Juli comenzó a sentir escalofríos. "Maite, no me gusta esto", dijo con voz temblorosa. "Creo que deberíamos parar". Pero Maite, absorta en la danza, no parecía escucharla. Sus ojos estaban vidriosos, y su voz, al susurrar las palabras de la danza, sonaba extrañamente diferente, más grave y profunda. Juchi, aunque inicialmente entusiasmada, también empezaba a sentir inquietud. El aire se había vuelto pesado, y sombras extrañas danzaban en los bordes de su visión.
De repente, un sonido gutural resonó en la pradera. No era el viento, ni el canto de un pájaro. Era algo más… algo siniestro. Del suelo, entre las flores silvestres, comenzaron a emerger figuras translúcidas. Eran siluetas vagas, con formas humanas pero sin rostros definidos. Se movían lentamente, girando alrededor de las niñas, como atraídas por la danza.
El terror se apoderó de Juli. Gritó y trató de detener a Maite, pero era como si estuviera en trance. Juchi, a pesar de su valentía, sintió un nudo en el estómago. Las figuras se acercaban cada vez más, y el aire se volvía más frío, más denso, más… muerto. "¡Maite, detente! ¡Nos están mirando!", gritó Juchi, con la voz quebrada por el miedo.
Finalmente, al escuchar el grito de Juchi, Maite pareció despertar de su trance. Sus ojos volvieron a enfocarse, y el terror se reflejó en su rostro al ver las figuras que las rodeaban. Con un grito ahogado, interrumpió la danza.
En ese instante, las figuras comenzaron a desvanecerse, lentamente, como humo en el viento. El sonido gutural se desvaneció, y el viento frío amainó. El sol volvió a brillar tímidamente entre las nubes, iluminando la pradera. Las tres niñas, temblando de miedo, se abrazaron fuertemente.
"¿Qué… qué era eso?", preguntó Juli, con la voz apenas audible. Maite, con lágrimas en los ojos, explicó que su abuela le había advertido sobre los peligros de la danza. Dijo que a veces, al llamar a los espíritus de la pradera, se podía atraer a entidades oscuras que se alimentaban del miedo y la energía vital. "Nunca más volveré a hacer esa danza", prometió Maite, con la voz temblorosa.
Corrieron de regreso a la casa de Maite, sin mirar atrás. Se encerraron en la habitación y se acurrucaron juntas, buscando consuelo en la compañía mutua. Esa noche, la pradera susurraba de manera diferente. No era el sonido alegre del viento entre las espigas, sino un murmullo inquietante, un recordatorio constante de la danza prohibida y las sombras que casi las habían atrapado. Desde ese día, las tres amigas nunca volvieron a bailar la danza secreta de la pradera, y aprendieron que algunos secretos es mejor dejarlos enterrados, para siempre, bajo la hierba alta y las flores silvestres.
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