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Era una mañana de martes aparentemente común en el colegio Luis Vives. Los alumnos de 4º de primaria se encontraban en la biblioteca, un lugar que olía a papel antiguo y a aventuras por vivir. La bibliotecaria, la señora Gertrudis, había sacado una caja de libros donados que aún no habían sido clasificados. Entre ejemplares de matemáticas y diccionarios polvorientos, un niño llamado Lucas encontró un tomo de tapas de cuero desgastado con letras doradas que apenas brillaban: Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.
—¡Mirad esto! —exclamó Lucas, atrayendo la atención de sus compañeros, Martina y Mateo. Al abrir el libro, no solo encontraron palabras, sino un mapa doblado que parecía haber sido dibujado a mano con una tinta azulada muy extraña. No era un mapa de España, ni siquiera de Europa; mostraba túneles, cavernas de cristales y un mar interior que parecía desafiar las leyes de la física.
De repente, las luces de la biblioteca parpadearon. El mapa comenzó a emitir un suave resplandor y, para sorpresa de los tres amigos, las letras del libro empezaron a flotar en el aire, formando una frase en la alfombra: El descenso comienza bajo el viejo roble. Los niños se miraron con los ojos como platos. El viejo roble era el árbol más antiguo del patio del colegio Luis Vives, aquel que los profesores siempre decían que tenía raíces que llegaban hasta los cimientos del mundo.
Aprovechando el recreo, Lucas, Martina y Mateo corrieron hacia el árbol. Al llegar, notaron que entre las raíces retorcidas había una trampilla de madera oculta por el musgo. Con un esfuerzo conjunto, levantaron la pesada tapa y descubrieron una escalera de caracol que se hundía en la oscuridad absoluta. Armados con la linterna del móvil de Martina y una bolsa de merienda, decidieron que un alumno del Luis Vives no retrocede ante un misterio de Julio Verne.
El descenso fue largo. A medida que bajaban, el aire se volvía más fresco y olía a tierra mojada y a minerales antiguos. De pronto, la escalera terminó y se encontraron en una galería de proporciones colosales. Las paredes no eran de piedra gris, sino de cuarzos gigantescos que reflejaban la luz de su linterna en mil colores. Habían entrado en el mundo que Verne había descrito, pero estaba justo debajo de su colegio.
—¡Es increíble! —susurró Martina—. Mirad esas formaciones, parecen edificios de cristal.
Continuaron caminando y llegaron a una selva de hongos gigantes. Setas de color violeta y naranja, tan altas como farolas, iluminaban el camino con una bioluminiscencia suave. Allí conocieron a un pequeño reptil de escamas brillantes, una especie de lagartija prehistórica que parecía no tener miedo de los humanos. Mateo la llamó Verne en honor al autor. El animalito parecía querer guiarlos hacia una dirección específica.
Siguiendo a Verne, los niños llegaron a la orilla de un mar subterráneo. El agua era de un azul eléctrico y no tenía olas, sino pequeñas ondulaciones que brillaban como si contuvieran estrellas. En la orilla, encontraron una balsa de madera de pino que parecía haber estado esperando allí durante siglos. Sin dudarlo, subieron a bordo. El viento, que soplaba desde las profundidades, los empujó suavemente hacia el centro del lago.
De repente, el agua empezó a agitarse. Dos cuellos largos y elegantes emergieron del fondo: eran plesiosaurios, criaturas que el libro de Verne mencionaba con detalle. Sin embargo, en lugar de ser feroces, los animales jugaban alrededor de la balsa, saltando y salpicando a los niños con agua tibia. Lucas sacó el mapa y se dio cuenta de que estaban en el punto exacto donde el libro decía que el tiempo se detenía.
—Chicos, tenemos que encontrar la salida antes de que termine el recreo —advirtió Mateo, mirando su reloj de pulsera, que ahora giraba en sentido contrario—. Si el tiempo aquí es distinto, podríamos quedarnos atrapados en el siglo XIX.
Siguiendo las instrucciones del mapa, encontraron una chimenea de ventilación natural que subía hacia arriba de forma vertical. Pero había un problema: estaba demasiado alta. Fue entonces cuando recordaron un experimento que habían hecho en clase de ciencias sobre la presión del aire. Utilizando sus mochilas y unas bolsas de plástico que traían, improvisaron un pequeño globo de aire caliente aprovechando un chorro de vapor que salía de una grieta térmica.
El ascenso fue vertigiginoso. El globo improvisado los elevó a través de un túnel estrecho lleno de fósiles de trilobites y helechos petrificados. El calor aumentaba, pero la emoción de la aventura los mantenía unidos. Justo cuando pensaban que no podrían subir más, una luz blanca y cegadora apareció sobre sus cabezas.
Con un golpe seco, aterrizaron sobre un montón de hojas secas. Al abrir los ojos, se dieron cuenta de que estaban de vuelta en el patio del colegio, justo detrás del roble. La trampilla ya no estaba, y el libro que Lucas sostenía en sus manos ahora tenía las páginas en blanco, a excepción de una dedicatoria final que apareció por arte de magia: Para los exploradores del Luis Vives, que saben que la realidad es solo el comienzo de la imaginación.
Sonó el timbre que anunciaba el fin del recreo. Los tres amigos se sacudieron el polvo de las rodillas y se miraron cómplices. Entraron en el aula justo a tiempo para la clase de Geografía. Cuando el profesor empezó a hablar sobre las capas de la Tierra (corteza, manto y núcleo), Martina levantó la mano con una sonrisa traviesa.
—Profesor —dijo ella—, se le ha olvidado mencionar la selva de hongos gigantes y el mar de los plesiosaurios.
Toda la clase se rió, pensando que era una broma, pero Lucas, Martina y Mateo intercambiaron una mirada de secreto compartido. En sus bolsillos, todavía guardaban pequeños fragmentos de cuarzo brillante que no pertenecían a este mundo, y en sus corazones, la certeza de que Julio Verne no escribió solo ficción, sino una guía de viaje para aquellos que se atreven a mirar más allá de lo evidente. Desde ese día, la biblioteca del colegio Luis Vives se convirtió en el lugar favorito de 4º de primaria, porque ahora sabían que cada libro es una puerta, y que bajo sus pies, el mundo es mucho más grande y maravilloso de lo que los mapas se atreven a dibujar.
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