Cuento corto para niños

La Estrella Guiñadora de Quetzally

Quetzally extraña mucho a su tío que ha fallecido y ahora vive en el cielo como una estrella. Ella encuentra consuelo hablando con una estrella que le guiña el ojo, creando una Caja de mi corazón llena de recuerdos para mantener vivo su amor y superar su tristeza.

A partir de: “La estrella que me guiña el ojo” Un cuento sobre recordar con amor Había una vez una niña llamada Quetzally, que tenía una sonrisa tan grande como el sol y unos ojitos que brillaban de curiosidad. Pero un día, su corazón se sintió triste, muy triste, porque su tío, el que le enseñaba canciones y la hacía reír con chistes raros, ya no estaba. “¿A dónde se fue mi tío?”, preguntaba Quetzally con lágrimas en los ojos. Mamá la abrazaba fuerte y le decía: —Se fue al cielo, mi amor… pero no al cielo de los aviones. Se fue a ese cielo donde viven las estrellas que más queremos. Quetzally, cada noche, se asomaba por la ventana y miraba al cielo lleno de puntitos brillantes. —¿Y si una de esas estrellas fuera mi tío? —pensó. Así que comenzó a hablarle a una estrellita que siempre parpadeaba un poquito más fuerte. —Hola, tío. Hoy me acordé de cuando jugábamos a las escondidas. Te extraño mucho. Y algo mágico pasaba: cada vez que hablaba con esa estrella, su corazón se sentía menos apretado. Una noche, le dijo a su mamá: —Cuando lloro, no es porque esté mal… es porque lo quiero mucho. —Y eso está bien, mi amor —respondió mamá acariciándole el cabello—. Llorar también es una forma de recordarlo. Entonces Quetzally tuvo una idea: hizo una caja con papel de colores, le puso dibujos, escribió cosas que amaba de su tío y guardó ahí sus recuerdos favoritos. La llamó “La caja de mi corazón”. Y aunque a veces aún lloraba en la escuela o mientras comía, también aprendió a respirar profundo, contar hasta cinco y mirar al cielo para ver si su estrella le guiñaba el ojo. Desde entonces, cada vez que la estrella parpadea, Quetzally sonríe y dice: —Te veo, tío. Y yo también te quiero mucho.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Había una vez una niña llamada Quetzally, que tenía una sonrisa tan grande como el sol y unos ojitos que brillaban de curiosidad. Pero un día, su corazón se sintió triste, muy triste, porque su tío, el que le enseñaba canciones y la hacía reír con chistes raros, ya no estaba.

“¿A dónde se fue mi tío?”, preguntaba Quetzally con lágrimas en los ojos.

Mamá la abrazaba fuerte y le decía:

—Se fue al cielo, mi amor… pero no al cielo de los aviones. Se fue a ese cielo donde viven las estrellas que más queremos.

Quetzally, cada noche, se asomaba por la ventana y miraba al cielo lleno de puntitos brillantes.

—¿Y si una de esas estrellas fuera mi tío? —pensó.

Así que comenzó a hablarle a una estrellita que siempre parpadeaba un poquito más fuerte.

—Hola, tío. Hoy me acordé de cuando jugábamos a las escondidas. Te extraño mucho.

Y algo mágico pasaba: cada vez que hablaba con esa estrella, su corazón se sentía menos apretado.

Una noche, le dijo a su mamá:

—Cuando lloro, no es porque esté mal… es porque lo quiero mucho.

—Y eso está bien, mi amor —respondió mamá acariciándole el cabello—. Llorar también es una forma de recordarlo.

Entonces Quetzally tuvo una idea: hizo una caja con papel de colores, le puso dibujos, escribió cosas que amaba de su tío y guardó ahí sus recuerdos favoritos. La llamó “La caja de mi corazón”.

Y aunque a veces aún lloraba en la escuela o mientras comía, también aprendió a respirar profundo, contar hasta cinco y mirar al cielo para ver si su estrella le guiñaba el ojo.

Desde entonces, cada vez que la estrella parpadea, Quetzally sonríe y dice:

—Te veo, tío. Y yo también te quiero mucho..

Quetzally vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas. Su casa era de colores brillantes, como su espíritu. Su tío, Tío Ramón, siempre la visitaba los fines de semana. Él le contaba historias de dragones y princesas, y le enseñaba a tocar la guitarra. Su partida dejó un vacío enorme en el corazón de Quetzally. Al principio, se sentía como si el sol hubiera dejado de brillar.

Después de la conversación con su mamá sobre las estrellas, Quetzally comenzó a sentir una conexión especial con el cielo nocturno. Cada estrella le parecía un posible mensaje de su tío. La estrella que le guiñaba el ojo se convirtió en su confidente. Le contaba sus secretos, sus alegrías y sus tristezas. A veces, le cantaba las canciones que su tío le había enseñado.

Un día, en la escuela, Quetzally estaba dibujando cuando sintió una gran tristeza. Recordó cuando su tío la ayudaba a hacer sus tareas. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Sus compañeros la miraron con curiosidad. Quetzally se sintió avergonzada y se escondió en el baño.

Recordó lo que su mamá le había dicho sobre respirar profundo. Cerró los ojos, respiró hondo cinco veces y pensó en su estrella. Imaginó que su tío le sonreía desde el cielo. Se secó las lágrimas, salió del baño y regresó a su clase. Decidió que, en lugar de llorar, dibujaría un retrato de su tío para ponerlo en su “Caja de mi corazón”.

La “Caja de mi corazón” se convirtió en un tesoro para Quetzally. Guardaba fotos de su tío, dibujos que habían hecho juntos, la púa de la guitarra de Tío Ramón y una pluma que habían encontrado en el parque. Cada vez que se sentía triste, abría la caja y recordaba los momentos felices que había compartido con su tío. Los recuerdos se convertían en un bálsamo para su corazón.

Con el tiempo, la tristeza de Quetzally se fue transformando en un sentimiento de amor y gratitud. Aprendió que, aunque su tío ya no estuviera físicamente presente, su recuerdo viviría para siempre en su corazón. La estrella que le guiñaba el ojo se convirtió en un símbolo de ese amor eterno.

Un día, Quetzally decidió compartir su “Caja de mi corazón” con sus amigos. Les contó historias sobre su tío y les mostró los tesoros que guardaba en la caja. Sus amigos escucharon con atención y compartieron sus propios recuerdos de personas queridas que ya no estaban. Quetzally se dio cuenta de que no estaba sola en su proceso de duelo. El amor y los recuerdos podían unir a las personas, incluso en los momentos más difíciles.

Quetzally siguió creciendo y aprendiendo. Siempre recordaba a su tío con una sonrisa en el rostro. La estrella que le guiñaba el ojo se convirtió en su guía, recordándole que el amor nunca muere y que los recuerdos son un regalo precioso. Y cada vez que miraba al cielo nocturno, sabía que su tío estaba ahí, cuidándola desde la distancia, guiñándole el ojo con amor.

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Publicado el 14/04/2026

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