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Gratis · elegí una vozEn el pintoresco pueblo de San Juan Susana, vivía una niña llamada Susana con su familia. Tenían un rebaño enorme de llamas, ¡nada menos que 154! Cada año, llegaba un día muy especial: el día del floreo de las llamas. Este no era un floreo cualquiera, sino uno lleno de color, música y alegría, donde se marcaba a las llamas con adornos hechos de lana de colores.
Susana adoraba las llamas. Les ponía nombres divertidos como Chispa, Copito de Nieve y Arcoíris. Le encantaba peinarlas y hablarles, aunque sabía que ellas solo balaban en respuesta. Pero el floreo era un trabajo grande, ¡imagínense adornar 154 llamas! Por eso, Susana y su familia pedían ayuda a todos los vecinos del pueblo.
"¡Vecinos, amigos!", gritó el papá de Susana desde la plaza del pueblo. "¡Los invitamos al floreo de nuestras llamas! Necesitamos manos amigas para que este día sea hermoso y colorido".
Y así fue. Al día siguiente, el pueblo entero se reunió en el corral de las llamas. Los hombres preparaban las lanas de colores: rojo brillante como el fuego, amarillo como el sol, verde como los campos y azul como el cielo. Las mujeres tejían cintas y borlas con las lanas. Los niños, como Susana, ayudaban a desenredar la lana y a mantener contentas a las llamas, dándoles hojas de coca para masticar.
Antes de empezar el floreo, el abuelo de Susana, el hombre más sabio del pueblo, preparó la k’uwa. La k’uwa era una ofrenda a la Pachamama, la Madre Tierra, para agradecerle por todo lo que les daba y pedirle permiso para realizar el floreo. Colocó hojas de coca, lanas de colores y un poco de chicha en un pequeño altar. Luego, todos se inclinaron en señal de respeto.
Luego llegó el momento más solemne. Escogieron una llama especial, la más fuerte y sana del rebaño, para ofrecerla a la Pachamama. Este era un acto de agradecimiento y una promesa de cuidar a todas las demás llamas. Con mucho respeto y cuidado, la llama fue sacrificada. Susana, aunque triste, entendía la importancia de este acto. Sabía que era una forma de honrar a la tierra y asegurar la prosperidad del rebaño.
Una vez terminada la ceremonia, la alegría regresó al corral. ¡Era hora de florear las llamas! Cada persona eligió una llama para adornar. Susana eligió a Copito de Nieve, su llama favorita. Le puso una cinta roja en el cuello y una borla amarilla en la oreja. Copito de Nieve parecía muy contenta con su nuevo adorno.
Las llamas, ahora adornadas con cintas y borlas de colores, parecían flores caminando. El corral se había transformado en un jardín mágico lleno de llamas florecidas. La gente reía, cantaba y compartía historias mientras adornaban a las llamas.
Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, el floreo llegó a su fin. Era hora de celebrar. Se preparó la kurpa, un plato delicioso hecho con carne de llama, papas y verduras. Todos comieron juntos, compartiendo la alegría del día.
Después de la comida, comenzó el baile. La música resonaba en todo el pueblo. La gente bailaba al ritmo de los tambores y las flautas, celebrando la vida, la comunidad y la abundancia del rebaño. Susana bailó con su familia y sus amigos, sintiéndose orgullosa de ser parte de esta hermosa tradición.
Al final de la noche, cuando las estrellas comenzaron a brillar en el cielo, se realizó la repartición de la kurpa. Cada familia del pueblo recibió una porción para llevar a casa y compartir con sus seres queridos. De esta manera, la alegría y la abundancia del floreo se extendían a todo el pueblo.
Susana, cansada pero feliz, se acurrucó en los brazos de su mamá. Miró hacia el corral lleno de llamas florecidas y sonrió. Sabía que el floreo era más que una simple tradición. Era una forma de conectar con la tierra, de agradecer por todo lo que tenían y de celebrar la vida en comunidad. Y ella, la pequeña Susana de San Juan Susana, estaba orgullosa de ser parte de esta hermosa historia. Cada año, esperaría con ansias el día en que las llamas florecieran de nuevo, llenando de color y alegría el corazón de su pueblo.
Esa noche, soñó con un jardín mágico lleno de llamas que bailaban al ritmo de la música, con cintas de colores ondeando al viento y con la alegría contagiosa de su pueblo. Soñó con el floreo, la fiesta de las llamas florecidas en San Juan Susana, una tradición que viviría para siempre en su corazón.
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