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El amanecer doraba los picos del Ausangate cuando Juancha, con apenas doce años, descendía entre ichus y piedras llevando una flauta de caña. Era hijo de pastores, nacido entre nevados, criado en el idioma quechua y las canciones del viento. Su madre le contaba que los **apus**, los espíritus de las montañas, cuidaban a los buenos, pero castigaban a los que olvidaban su raíz. Juancha admiraba a José María Arguedas y soñaba con escribir historias tan bellas como las suyas, donde la voz del pueblo indígena resonara con fuerza.
La comunidad de K’illikillay todavía guardaba las costumbres, aunque ahora una carretera mordía el cerro y traía camiones, turistas y mestizos con relojes y ojos fríos. El padre de Juancha repetía en voz baja:
—Riqsiyta saqiyku, churiy —nos están dejando sin alma, hijo.
Juancha amaba K’illikillay. Conocía cada piedra, cada arroyo, cada canción de los pájaros. Sabía que el alma de su pueblo estaba en la tierra, en el respeto a los apus, en la comunidad. Como Arguedas, sentía la profunda conexión entre el hombre andino y la naturaleza.
Un día llegaron hombres con trajes oscuros y cascos, hablando un español rápido. Dijeron que buscarían “riqueza” bajo el suelo, que traerían “progreso”. El alcalde, un mestizo gordo con acento limeño, les dio permiso. “¡El oro va a traer escuela, posta médica y trabajo!”, gritó.
Pero los mayores sabían que el **oro no se come**. Sabían que cuando se hieren los cerros, los ríos lloran con sangre. Recordaban las historias de Arguedas, donde la ambición de los forasteros siempre traía dolor a los pueblos andinos.
Juancha no entendía del todo, pero sentía que el viento hablaba distinto. Las alpacas bajaban menos al valle, los cantos de las abuelas se callaban. Su flauta también sonaba triste, como si la música se ahogara. Intentaba imitar los cantos que Arguedas describía en sus libros, pero no encontraba la alegría.
Su abuelo, Hatun Rumi, se opuso. Lo llamaron terco, lo encerraron. “Taita viejo, ya no entiendes el mundo”, le decían. Pero Juancha iba a visitarlo en secreto. “Hijito”, le decía el anciano, “si un día te quitan todo, canta. Canta con el corazón de los apus. La tierra escucha. Recuerda las palabras de Arguedas, él entendía nuestro dolor.”
Juancha le contó al abuelo de su sueño de ser como Arguedas, de escribir historias que defendieran a su pueblo. El abuelo sonrió. “No necesitas escribir como él, hijito. Necesitas sentir como él. Necesitas amar esta tierra con todo tu corazón.”
Una mañana, mientras los niños jugaban en la cancha de tierra, un estallido retumbó desde la mina. Polvo negro se levantó como cóndor furioso. El agua del riachuelo bajó con olor metálico. Los peces flotaban muertos. La contaminación se extendía, como una sombra sobre K’illikillay.
La comunidad se reunió. El alcalde dijo que era “un incidente menor”. Pero esa noche los comuneros salieron con antorchas. Juancha fue con ellos, con su flauta. Sentía la rabia y el dolor de su pueblo, como Arguedas los había sentido.
En la bocamina, los ingenieros escapaban en camionetas. Un hombre alto y joven gritó:
—¡Basta! ¡Nuestros hijos ya no tienen agua!
Los demás lo siguieron. Cantaban en quechua antiguos himnos de lucha:
—*Ñuqanchik kawsayta munayku, allin kawsayta!*
(¡Queremos vivir, vivir bien!)
En medio del tumulto, Juancha subió a una roca y empezó a tocar su flauta. Una melodía antigua, dulce, dolorosa, como el quejido del cerro. Todos callaron. Era como si el viento mismo hablara. Algunos lloraban. Era la voz de los apus, la voz de la tierra, la voz de Arguedas resonando en el alma de Juancha.
De pronto, una camioneta del ejército llegó. Dispararon al aire. El joven que había gritado cayó. Los soldados no miraban rostros. “Orden del gobierno”, decían. La violencia, la injusticia, la opresión que Arguedas denunciaba en sus libros se repetían ante los ojos de Juancha.
Juancha, con el corazón roto, siguió tocando. Su flauta era su arma, su voz, su resistencia. Tocaba para los apus, para su abuelo, para su pueblo, para Arguedas.
Juancha desapareció después de ese día. Dicen que lo vieron correr monte arriba, flauta en mano. Otros afirman que fue llevado con los otros rebeldes. Nadie supo. Su destino era incierto, como el de muchos personajes de Arguedas.
Pero cada vez que hay niebla sobre el río en las madrugadas, los pastores juran oír una flauta. El sonido baja entre los cerros, sube por los eucaliptos, y parece decir:
—*Ama llulla, ama quella, ama suwa…*
(No mientas, no seas flojo, no robes…)
El abuelo murió tiempo después, mirando las montañas con ojos tristes. Los comuneros lo enterraron con su poncho rojo y hojas de coca. El cerro volvió a estar en silencio. La comunidad quedó marcada por la pérdida y la injusticia.
Pero algunos niños nuevos aprenden a tocar la flauta. “Para que no se apague la voz del apu”, dicen. Y en cada nota, en cada soplo, vive aún Juancha, el que cantó cuando todos callaban. Su canto, como las historias de Arguedas, sigue resonando en el corazón de los Andes.
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