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Gratis · elegí una vozEn un rincón muy especial de la casa, dentro de una caja metálica que zumbaba suavemente como un gato ronroneando, existía un reino asombroso llamado Silicio. En el centro de este reino vivía Mamá Placa, la gran Placa Base. Ella era el corazón y el cimiento de todo. Mamá Placa era hermosa, con un vestido verde esmeralda decorado con intrincadas líneas de cobre que brillaban como hilos de oro puro. Estas líneas no eran solo adornos; eran los caminos mágicos por los que viajaban sus hijos, los circuitos e impulsos eléctricos.
Mamá Placa tenía muchos hijos, y cada uno tenía un talento especial. El mayor de todos era Procesín, el CPU. Procesín era pequeño pero increíblemente rápido. Llevaba puestas unas gafas diminutas y siempre estaba haciendo cálculos matemáticos a una velocidad que ningún humano podría imaginar. Él era el cerebro de la familia. Sin embargo, aunque Procesín era muy inteligente, necesitaba que Mamá Placa lo mantuviera conectado con sus hermanos para poder trabajar.
—¡Mamá! —exclamó Procesín una mañana—. El usuario ha hecho clic en un icono. ¡Necesito datos para procesar!
Mamá Placa sonrió y, a través de sus caminos de cobre, envió una señal vibrante hacia los otros rincones de su cuerpo.
—¡Ramino, despierta! —llamó Mamá Placa con voz firme pero dulce.
Ramino era el hijo encargado de la Memoria RAM. Era un niño muy ágil, capaz de correr de un lado a otro cargando cajas de información en un abrir y cerrar de ojos. Ramino siempre estaba listo para ayudar a Procesín, prestándole los datos que necesitaba en el momento exacto. Pero Ramino tenía una peculiaridad: era muy olvidadizo. En cuanto se iba a dormir por la noche, olvidaba todo lo que había hecho durante el día.
—¡Aquí voy, Mamá! —gritó Ramino, saltando por los buses de datos, que eran como las autopistas de la ciudad de Silicio.
Mientras Ramino y Procesín trabajaban juntos, había otro hermano que observaba desde una esquina más tranquila: el Gran Disco. Él era el hijo más paciente y ordenado. El Gran Disco guardaba todos los recuerdos familiares, los libros, las fotos y los juegos en enormes estanterías magnéticas. A diferencia de Ramino, el Gran Disco nunca olvidaba nada.
—Tranquilos, chicos —dijo el Gran Disco con su voz profunda—. Yo tengo el código del programa guardado aquí mismo. Solo denme un segundo para buscarlo en mi biblioteca.
El Gran Disco comenzó a girar y a buscar, y pronto envió la información necesaria a través de los puertos que Mamá Placa gestionaba con sabiduría.
Mamá Placa era la encargada de que nadie se peleara y de que todos tuvieran la energía necesaria para trabajar. Ella recibía la electricidad de la tía Fuente de Poder y la distribuía con cuidado a través de sus reguladores de voltaje. Sabía que si enviaba demasiada energía, sus hijos podrían calentarse demasiado, y si enviaba poca, se quedarían dormidos.
De repente, algo emocionante sucedió. ¡El usuario quería ver un dibujo animado en la pantalla! Esto requería un esfuerzo especial.
—¡Gaby, es tu turno! —anunció Mamá Placa.
Gaby, la Tarjeta Gráfica, era la artista de la familia. Tenía miles de manos pequeñitas y podía pintar millones de colores en una fracción de segundo. Gaby tomó los cálculos de Procesín y los convirtió en imágenes maravillosas.
—¡Miren qué hermosos colores! —dijo Gaby mientras enviaba la señal al monitor a través del cable que conectaba con el mundo exterior.
Todo en el reino de Silicio funcionaba gracias a la estructura que Mamá Placa proporcionaba. Sus ranuras de expansión eran como habitaciones extra donde nuevos amigos podían unirse a la familia, y sus puertos USB eran como manos extendidas para saludar a cámaras, teclados y ratones.
Mamá Placa observaba con orgullo cómo sus hijos colaboraban. Procesín pensaba, Ramino recordaba rápidamente, el Gran Disco guardaba los tesoros y Gaby pintaba la realidad. Todo esto sucedía a través de los pequeños pulsos eléctricos que corrían como hormiguitas de luz por los senderos de cobre.
—Recuerden, hijos —dijo Mamá Placa mientras el ventilador soplaba una brisa fresca para mantener a todos cómodos—, ninguno de nosotros es más importante que el otro. Si mis caminos se rompen, Procesín no puede hablar con Ramino. Si el Gran Disco se detiene, no tendríamos historias que contar. Somos una gran orquesta, y la computadora es nuestra sinfonía.
Esa noche, cuando el usuario apagó la computadora, el reino de Silicio se sumergió en un silencio tranquilo. Ramino se fue a dormir y olvidó sus tareas, Procesín dejó de calcular y el Gran Disco cerró sus estanterías. Pero Mamá Placa se quedó allí, firme y fuerte, esperando el primer pulso de energía del día siguiente para volver a guiar a sus hijos en la maravillosa tarea de hacer funcionar el mundo digital. Porque en el corazón de cada computadora, siempre hay una mamá cuidando que cada circuito llegue a su destino.
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